Argentina: cuando la pandemia se encontró con el kirchnerismo y llegó la debacle

2020: LA IBEROSFERA, BAJO ATAQUE

El cuarto gobierno kirchnerista cierra 2020, primer año de neokirchnerismo, en una olla a presión. Cuando la vicepresidente Cristina Kirchner pergeñó la fórmula presidencial, lo hizo uniendo las tres patas del aparato peronista. Su granito de arena, el kirchnerismo, era el más importante sin dudas; pero había aprendido en 2013 y en 2015 que con eso no alcanzaba. Debía convocar a los hijos pródigos: el peronismo del interior y sus caudillos, y al sector del peronismo líquido y aspiracional, el más peligroso y potencialmente más traicionero a sus intereses que representa Sergio Massa y su Frente Renovador. La prenda en garantía de la unión de estos tres ingredientes era Alberto Fernández, un viejo conocido de la política profesional, que no era ni cuarta línea del poder, sin votos y sin sueños. Una figura que no representaba un peligro para ninguno de los lados del triángulo. Esa jugada electoral quebró la inercia de la polarización con el macrismo, que tenía agotados a los votantes y que había gastado las muletillas de campaña. Pero, sobre todo, al haber sido Sergio Massa y Alberto Fernández feroces críticos de Cristina, generó expectativas de equilibrio y moderación, un auténtico cazabobos si se considera el historial de la oferta.

Como en todo el planeta, el COVID-19 trastocó los planes del recién estrenado gobierno y, como en todo el planeta, dejó a los reyes desnudos. En Argentina la pandemia embriagó al Presidente Fernández, en un primer momento, con cifras de aprobación al confinamiento impactantes para el hombre gris. Pero lo logrado dentro y fuera del peronismo se diluyó con la eterna cuarentena como única política de Estado. Sin resultados ni plazos la pandemia se convirtió en causa y excusa de la debacle. La resaca inquietó al kirchnerismo duro y movilizó su iniciativa. Así irrumpieron el intento de expropiación de Vicentín y la avalancha de usurpaciones gerenciadas por el terrorismo indigenista y los movimientos sociales, la herida aún supurante de la reforma judicial, la quita de fondos a la Ciudad de Buenos Aires en paralelo a las transferencias exorbitantes a la Provincia de Buenos Aires que, sin embargo, no pudo evitar un amotinamiento de la Policía local. Las molestias intestinas se agravaron con el ajuste a los jubilados y a las paritarias de los sindicatos amigos. El aumento de la miseria puso en arenas movedizas todo el andamiaje gubernamental.

Para coronar los desaciertos, la estrategia de vacunación se convirtió en un circo

La figura de Alberto quedó reducida a la insignificancia, autoritario para unos e inepto para otros, incapacitado para detener la dinámica del desencanto. Cristina debió abandonar la estrategia de titiritera haciéndose con la centralidad. El Ejecutivo, ahora definitivamente relegado, es obligado a contradecirse cada dos minutos, titubea, se paraliza y esto repercute en cada área del gobierno.

Así las cosas, el gabinete de Alberto Fernández no corre con una suerte mejor. Al frente de la cartera de Salud está el inefable Ginés González García, duramente cuestionado por la pésima gestión de la pandemia. Los diagnósticos erráticos y pronósticos delirantes del ministro fueron acompañados de restricciones y controles que resultaron ineficaces o contraproducentes. Para coronar los desaciertos, la estrategia de vacunación se convirtió en un circo. Ginés hizo papelones con la vacuna de Pfizer, con la china, con la de Oxford y sobre todo con la Sputnik V que fue aprobada por su puño y letra, saltando todo órgano y etapa de control, y que no se sabe si sirve para el grupo etario que debería recibirla. La epopeya de la vacunación, ideologizada por un chauvinismo rancio, quedó sumida en la burla generalizada.

Los desaciertos aquejan también al canciller Felipe Solá que cuenta con eventos como haber ficcionado un diálogo entre el presidente Fernández y Joe Biden, haber generado un conflicto diplomático con China por la gestión de las vacunas, ser totalmente ignorado por sus subalternos en OEA al negarse a condenar la violación de los derechos humanos de la dictadura venezolana o permanecer mudo ante los agravios de Diosdado Cabello a la investidura presidencial.­

Para Cristina los funcionarios comandados por Alberto son diletantes que merecen el despido, lo dijo a viva voz provocando una parálisis mayor de la gestión

Al frente de la cartera de Seguridad, Alberto Fernández puso a una antropóloga: Sabina Fréderic. Como era esperable la ministra no ha cosechado éxitos: recrudecieron los ataques del indigenismo separatista en el sur del país, las usurpaciones, la mafia de las drogas y los delitos violentos con episodios resonantes para la opinión pública. Su olvidable desempeño ministerial compite con el del ministro de Educación Nicolás Trotta que cuenta con el lamentable récord de haber tenido a las escuelas cerradas durante todo el año y de haber cedido a la extorsión de los sindicatos docentes, bastión de la militancia kirchnerista.

El resto de las numerosas carteras no sólo no cuentan con éxitos, tampoco tienen trascendencia y casi no existen ni en la comunicación oficial ni en los portales de noticias a excepción del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad que éxitos no tiene pero presupuesto sí, más vale.  Para Cristina los funcionarios comandados por Alberto son diletantes que merecen el despido, lo dijo a viva voz provocando una parálisis mayor de la gestión. Pero hay un área en la que sí conviene detenerse: la economía.

Todos los parámetros económicos muestran números catastróficos y la inflación ronda el 4% mensual.

El joven ministro Martín Guzmán renegoció parte de la deuda y atacó agresivamente la cuestión del precio del dólar imponiendo un durísimo cepo. Esto a los ojos de la ideología kirchnerista es correcto. Pero a su vez, Guzmán conversa con el FMI para librar a la Argentina de una carga monstruosa de vencimientos inminentes. Para esto se comprometió a un menor déficit fiscal que se lograría a base de un aumento de tarifas que permita disminuir los subsidios a las empresas. Todo muy lindo, pero eso para la vicepresidente es ultra tabú. “Con ajuste se pierden elecciones” adoctrinó Cristina a Guzmán revoleando la estrategia del pobre Martín por los aires. Cuando la gestión apremia no hay lugar para las miserias de la teoría económica y la vicepresidente ya dictó sentencia: ella no volvió para ajustar. Las mieles del acuerdo con el FMI se están volviendo amargas.

Por otra parte, todos los parámetros económicos muestran números catastróficos y la inflación ronda el 4% mensual. La vicepresidente ha dictaminado que la inflación no baja porque no se están controlando debidamente los precios. Es importante recordar que para el kirchnerismo la emisión descontrolada no tiene puntos de relación con la inflación, qué se le va a hacer, Cristina de poder sabe pero de economía no. En una tácita toma de posesión de atributos, en medio de un acto público, puso como objetivo que los salarios le ganen a la inflación. Para eso, ha enviado a los intendentes del conurbano a endurecer los controles de precios, ha decidido extender el congelamiento de tarifas, pidió fijar cupos de exportación y solicitó ampliar los planes asistencialistas. La receta clásica, digamos.

Y es que la coalición gobernante no puede permitirse perder las elecciones. Los apremios judiciales son muchos y muy graves para la líder. Un desbande del poder vuelve a la justicia insumisa y carcome las lealtades que se consiguieron a fuerza de látigo. El peronismo unido fue la clave de la reconquista después de cuatro años de macrismo, esa amalgama no debe terminar.

La oposición no perfila una propuesta clara, mandando señales hacia el centro, la derecha y la izquierda alternativamente

El distrito clave, que concentra el 40% del electorado, el más dependiente del asistencialismo y que es modélico del esquema peronista es la Provincia de Buenos Aires. Por eso en estas horas la interna entre los barones del conurbano, amos de los municipios populosos y los leales al hijo de la vicepresidente, Máximo Kirchner está que arde. Si el delfín de Cristina vence, el kirchnerismo ya no tendrá contrapesos en el peronismo tradicional. Todas las tensiones y las decisiones políticas y económicas de este fin de año y del 2021 estarán marcadas por la necesidad de la coalición gobernante de vencer en la elección legislativa de octubre y que, de esa victoria, salga un Máximo presidenciable. Si pierden el Congreso deja de responderles sumisamente y la justicia también.

Argentina tiene pocos políticos con votos, la inmensa mayoría concentrados en la Ciudad de Buenos Aires y en la Provincia de Buenos Aires, lo demás es casta que se acopla como puede. En el amplio abanico que representa el arco opositor también se tironean entre la Coalición Cívica, el Radicalismo y las múltiples variantes del Macrismo. La oposición pone en juego mucho más que el peronismo en la próxima llave. Sin embargo, esta coalición que se agrupó en torno a Mauricio Macri, ahora no perfila una propuesta clara, mandando señales hacia el centro, la derecha y la izquierda alternativamente, pero conformes de permanecer unidos (tal vez un logro un poco modesto). Terminando el año, es imposible describir cuál es el proyecto opositor o quién lo lidera. Hay tibios mensajes de confrontación en redes, hay fotos, hay enojos y reencuentros. Nada que genere expectativa en el porcentaje de votantes que pendula entre el peronismo y el no peronismo. Ese grupo de gente que determina la alternancia en el gobierno.

El neokirchnerismo intentará sacarse de encima el lastre de los desaguisados albertistas para seguir operativo en el 2021. Solo falta saber cómo

Y hablando de pendular, finalmente está Sergio Massa, que ahora es oficialista pero no parece. Está consiguiendo no quedar pegado ni con la menguante imagen de Alberto ni con la impronta radicalizada de Cristina. Ya aprendió a correrse en el exacto instante en el que ella, ante la frustración, quema todas las naves. Sin ir más lejos, ahora mismo la vicepresidente está yendo a chocar de frente en una contienda por los negocios de la salud (privada, sindical y pública, todo junto, la moderación no es lo suyo). Esos negocios que pertenecen a los sectores más poderosos, los kingmakers, tan afectos al líder del Frente Renovador. Tal vez Sergio sólo deba sentarse a esperar que la fórmula presidencial caiga por el peso de la crisis económica inmanejable o que, en un mano a mano con Máximo Kirchner, los dioses de la polarización hagan su magia. Como sea, el neokirchnerismo intentará sacarse de encima el lastre de los desaguisados albertistas para seguir operativo en el 2021. Solo falta saber cómo.

Deja una respuesta