Cae Chile: ¿Sigue Colombia?

AMENAZA REGIONAL

Chile se volvió una máquina para sacar gente de la pobreza gracias a las políticas de libertad económica. La atracción de inversión extranjera, las reglas de juego decentemente establecidas, el libre mercado, la empresa y la propiedad privadas fueron aspectos clave de la receta que gestó ese “milagro económico latinoamericano”.

Como resultado: un aumento de los niveles de ingreso en los quintiles más bajos, una disminución de casi 30 puntos en los niveles de pobreza en las últimas décadas, el aumento de la productividad del país y de los salarios. Además, un crecimiento en la expectativa de tener una vida con calidad y bienestar.

Los chilenos se cansaron de vivir bien, de sacar gente de la pobreza y representar el gran milagro económico que poco o nada se asemejaba a la tétrica situación de muchos vecinos. Precisamente ese es el problema: ¿qué se puede esperar para el resto de la región?

La izquierda dejó las armas de forma frontal y ahora busca imponerse desde las urnas, destruyendo la democracia y penetrándola hasta sus más legítimas instancias. Chile –faro de la libertad de la región– no fue ajeno a esto.

Si bien la decisión fue democrática, el camino para llegar a ella estuvo infestado de vandalismo, violencia y caos. Eso es lo que acostumbran los enemigos de la institucionalidad, el orden, la justicia y –sobre todo– la libertad.

Cayó también Bolivia. Y lo hizo solo para reintegrarse al club de la miseria latinoamericana, cuyos otros miembros ya conocemos de memoria.

¿Qué le espera a Colombia? Miremos un poco el panorama.

El patrón se repite

Vemos marchas sociales llenas de pancartas que rezan frases como: “el país despertó” o “se metieron con la generación que no tiene miedo”. Por un lado, están los jóvenes ingenuos –los que juran por todos los santos que esa es la fórmula para cambiar al país– y por el otro están infiltrados de todo tipo apoyados por lo peor de la clase política colombiana –o de cualquier país de la región–.

Finalmente, el vandalismo se convierte en insignia de las manifestaciones. Crean pánico y terror acabando con centros de policía, almacenes, oficinas y transporte público.

El 9 de octubre –mientras iniciaba la reparación de 75 Comandos de Atención Inmediata (CAI) que habían sido quemados por los vándalos en el paro anterior– una nueva jornada de protestas provocó 7 muertos, más de 200 heridos en Bogotá. En Cali, el Parque del Perro quedó como si un huracán hubiese arrasado con todo a su paso y vandalizaron las estaciones del transporte local MIO. En Barranquilla, Montería y demás ciudades, la historia no fue muy diferente. Ahora se espera un nuevo paro nacional el 21 de noviembre para conmemorar el del año pasado.

Todo lo anterior, siempre acompañado de un pliego de peticiones que podría denominarse “la pócima perfecta para el socialismo”: emisión monetaria para financiar el gasto, renta básica universal –y cuanto subsidio se les ocurra–, protección a la industria nacional, aún más regulación para el mercado laboral, expropiación disfrazada bajo eufemismos como “democratización” o “socialización”, entre otras.

Pliegos eternos que ningún gobierno va a poder satisfacer y cuyo incumplimiento provocará la marcha siguiente, y la siguiente, y la siguiente, hasta reventar.

Resulta imperativo analizar el “éxito” de los protestantes a la luz de los dirigentes de turno. Piñera en Chile mostró una postura maleable y frágil que sirvió de poco o nada. Duque en Colombia se ha dedicado, en dos años que lleva de mandato, a gobernar para la izquierda, ceder ante presiones y demostrar una indiscutible falta de carácter para asumir posiciones categóricas, pero absolutamente necesarias para el país.

Claudia López, alcaldesa de Bogotá, hizo una sesión de yoga con policías para instruirles cómo “manejar las emociones” al vigilar las protestas. Daniel Quintero, alcalde de Medellín, propició meditación y mindfulness para los policías como si todo fuera parte de un show mediático.

Pareciera que no se aprende de socialismo ajeno, por más cercano y evidente que se perciba. Y es que, por falta de tener instituciones fuertes que perduren en el tiempo, siempre estamos amenazados como región. Cíclicamente sufrimos ante años electorales, campañas presidenciales y hordas populistas que buscan seducir al votante con la palabra más bonita y la emoción más latente.

¡A cuidar la región, trabajo es lo que hay!

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