El modelo de revuelta chileno

La opción “Apruebo” salió victoriosa en el plebiscito desarrollado en Chile el pasado domingo 25 de octubre con un 78,2% de los votos. Además, se eligió el órgano encargado de redactar la nueva constitución: será una Convención Constitucional que será compuesta por 155 integrantes, a elegirse el próximo 11 de abril.

Presenciamos un plebiscito atípico: desarrollado en medio de la pandemia, con baja participación de adultos mayores (protagonistas de elecciones anteriores), pero con un aumento del electorado joven, otrora los grandes ausentes. A pesar de ello, es dable señalar que este plebiscito es el apogeo de un proceso sociopolítico en curso ya que, desde el 18 de octubre de 2019, Chile no ha parado de vivir una insurgencia que da cuenta de un cambio de paradigma en las acciones políticas.

La política formal e institucional ha sido deslegitimada en gran parte por la ciudadanía en una acción de tipo horizontal propia de los movimientos sociales, que se han radicalizado en una Revolución Molecular.

Los resultados de este plebiscito de entrada no deben sorprendernos, pues Chile ha vivido numerosos e intensos movimientos sociales ―la gran mayoría de corte estudiantil― desde el inicio del presente milenio, con años de profunda agitación como en el Mochilazo de 2001, la Revolución Pingüina de 2006, las manifestaciones del 2011 y las Revueltas Feministas del 2018. Cada una de estas movilizaciones supera a la anterior en convocatoria y en radicalización, en parte, por dislocar la institucionalidad por una praxis horizontal.

No ha sido distinto con la revuelta e insurrección que vive Chile desde octubre de 2019, que ha sido validada por un amplio sector de la ciudadanía y actores políticos. Como consecuencia, agentes ―tanto anti-sistémicos como a-sistémicos― generaron una constante inestabilidad en el sistema político, por ello, empujaron que la solución a la anomia y al descontento ciudadano se lograría a través de una nueva constitución, refundando el país desde cero.

No obstante, desde el 18-O hemos presenciado una radicalización de la horizontalidad, deviniendo en nueva praxis política inórganica. Este escenario es posible analizarlo desde las propuestas de los post-estructuralistas franceses, Gilles Deleuze y Félix Guattari. Sumamente crípticos en sus planteamientos, ambos teorizaron que se debe dejar atrás todo sistema político y epistemológico “arbóreo”, es decir, verticales, que tenga un centro (un tronco) y de él derivan múltiples ramas. Dicho de otro modo, buscan desplazar los sistemas lineales, binarios, que tienen una jerarquía, un orden y son homogéneos, como por ejemplo, la institucionalidad y la política formal. En su lugar, buscan instalar un modelo “rizomático”, que surge desde la horizontalidad, son descentrados y, en vez de ramas, surgen una multiplicidad de rizomas que se desarrollan acéfalamente, sin vocerías ni subordinación interna (cada rizoma responde a un actor de la revuelta). Un modelo rizomático no tiene principio ni fin, no tiene objeto ni sujeto, y siempre está en metamorfosis, en constante devenir.

El Rizoma de Deleuze y Guattari permite instalar una praxis que radicaliza el plano horizontal, instalando una dimensión de acción molecular, es decir, opera en el plano de los afectos, los deseos, las experiencias, las relaciones aún no individualizadas. Por eso proponen una Revolución Molecular, que entienda las mutaciones del deseo, pero que también conlleve a mutaciones de tipo científico, artístico, etc., que rizomáticamente apunten a la revuelta. De esta manera, es posible intervenir las subjetividades de las personas y así se puede “producir inconsciente” y, por extensión, nuevos deseos. Si se modifica el sentido común de cada uno de nosotros tendremos también una revuelta de mayor envergadura.

Lo molecular sería el símil a la micropolítica, y lo molar a la macropolítica. No obstante, los teóricos entienden que existe el riesgo que un rizoma tome un cauce arbóreo, “que devuelvan el poder a un significante atribuciones que reconstituyen un sujeto”, escribirían los autores.

Es así cómo la revuelta en Chile se ha desarrollado: una gran cantidad de colectivos heterogéneos sin vocerías ―con estructura de asambleas― han alentado la insurgencia e insurrección (feministas, de disidencias sexuales, indigenistas pro-mapuche, anti-especistas, contrarios al sistema de pensiones privadas como No+AFP, estudiantiles como la ACES, etc.). Entre ellos no tienen un fin común, pero todos han instalado constante líneas de fugas en el sistema político, pues, de esta manera se lograría subvertirlo hacia uno desconocido.

Esto explicaría que la Dignidad sea “el deseo” que aliente esta revuelta, siendo un significante vacío en disputa por los distintos colectivos.

Aún así, es posible advertir que el proceso constituyente en curso no dejará de ser acéfalo y rizomático. Pues si bien tomó una vía institucional (arbórea), aún existirá la presión rizomática de la revuelta e insurrección en las calles. Esta nueva constitución presenta la expectativa que se cumplan los deseos que los distintos colectivos han demandado. Por ello, existe una gran probabilidad que demandas feministas y de género, indigenistas y anti-especistas, entre tantas otras, queden consagradas en una nueva Carta Magna. Como también, desplazar el modelo de desarrollo por uno con mayor interferencia del Estado en todas las dimensiones de la vida cotidiana, pues la norma constitucional vigente establecería, según las izquierdas, un modelo neoliberal que sería responsable de las grandes frustraciones de la ciudadanía.

Tras analizar cómo se ha desarrollado la revuelta, solo podemos advertir que en Chile se ha aplicado un nuevo paradigma de acción política, sumamente radical. Sin embargo, el proceso constituyente que ya está curso, permite que aquel 21,7% que votó por la opción “Rechazo” siga defendiendo la institucionalidad, como también las ideas de la libertad, la dignidad humana y la necesaria propiedad privada. Entender este nuevo paradigma rizomático y molecular, implica lucidez del proceso. De esta manera, aquellos constituyentes que defiendan una sociedad libre, tienen menor riesgo de asumir las presiones ni las propias categorías que nos impone la revuelta y la insurrección.

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