El órdago y la irrelevancia del cantante canadiense (y radical izquierdista) Neil Young

El epitafio a la generación 'boomer'
El cantante canadiense Neil Young. Reuters

El cantante canadiense Neil Young lanzó hace unos días un ultimátum a la popular aplicación de música Spotify: o la red vetaba los contenidos del cada día más influyente ‘periodista amateur’ Joe Rogan o él retiraría sus temas musicales de la plataforma.

Si su reacción, querido lector ‘millennial’, al leer el párrafo anterior ha sido «¿Neil qué?», debo decir que coincide con la de Spotify, que ni siquiera ha dado al anciano cantante la opción de retirar sus temas, limitándose a eliminarlos de un plumazo.

El asunto podría parecer baladí, pero no lo es en absoluto. Podría incluso interpretarse como un epitafio a la generación ‘boomer’, que ha dominado con puño de hierro la vida social y cultural de Occidente desde Mayo del 68 hasta nuestros días.

Neil Young fue un cantante razonablemente popular allá por finales del siglo pasado y, como es habitual en tantas estrellas de su generación, tiene la curiosa idea de que de algún modo sigue siendo una voz relevante, con su radicalismo izquierdista caviar. ¿Los viejos rockeros nunca mueren? Pues va a ser que sí.

Debió de pensar que su ultimátum era decisivo y solo podía tener un claro vencedor. Él era una ‘celebrity’ de la música popular, si bien añosa (76 años), mientras que Rogan no era más que un ex luchador metido a ‘youtuber’ de entrevistas, noticias y opinión. Para colmo, las ideas de Young eran correctas y las de Rogan, completamente equivocadas: hasta ha motivado una petición firmada por un centenar de autodenominados ‘expertos’ para que le censuren, después de que publicara una seguidísima entrevista con el Dr. Peter McCollough cuestionando la eficacia de las vacunas contra el covid.

De hecho, eso fue lo que motivó el desafío del viejo cantante: el periodista en solitario estaba contribuyendo a difundir “desinformación” sobre la bondad de las vacunas, y eso era una irresponsabilidad a juicio del vetusto artista, que debe tener la pauta completa. «Pueden contar con Rogan o con Young, pero no con ambos».

El error de cálculo es de los que hacen época y, de hecho, es indicio de una época nueva en el mundo del periodismo y las comunicaciones. Porque ese francotirador que hace su programa en un estudio improvisado en su casa tiene una audiencia media de once millones de espectadores, frente la media de un gigante como CNN de poco más de 800.000. Y, sí, Spotify tiene, como todos los gigantes de Internet, un sesgo ideológico (fue una de las plataformas en vetar de por vida al presidente Donald Trump, aún en el cargo); pero el negocio es el negocio, al fin.

De hecho, según informaciones del sector, Spotify pagó la friolera de cien millones de dólares por hacerse con la exclusiva de los programas de Rogan en directo.

La carta de Young era su respuesta a un ‘podcast’ del pasado septiembre en que Rogan entrevistaba al inventor de la tecnología de ARN mensajero y ya famoso ‘dudacionista’, Robert Malone. En el programa, Malone dijo que los hospitales norteamericanos tienen un incentivo financiero para registrar las muertes como causadas por el coronavirus.

No debió de ser una decisión fácil para la plataforma, tan infectada de pensamiento ‘woke’ como es norma en el sector. De hecho, cuatro meses después de recibida la amenaza del cantante y cuando los directivos aún la sopesaban, los empleados de Spotify amenazaron con la huelga si sus jefes no expulsaban a Rogan de la plataforma. Pero la razón crematística se impuso al fin, y los directivos de la plataforma ni siquiera se pusieron en contacto con Rogan para rogarle prudencia.

Young ha hecho un pan con unas tortas. Su amenaza solo ha servido para subrayar su irrelevancia, llamar la atención sobre la estrella ascendente de Rogan y, con él, de una forma nueva, exitosa y bastante barata de hacer periodismo y dejarle un poco menos rico, sin el cheque mensual de Spotify.

Las canciones de Neil Young ya no sonarán en Spotify, pero solo un anciano boomer progre puede pensar que este vaya a ser «el día que murió la música».

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