Fauci, tras el escándalo de los mails: ‘Si me atacas, estás atacando la Ciencia’

Él sabía que era altamente probable que el virus fuera artificial
El doctor estadounidense, Anthony Fauci. EUROPA PRESS

No sé, quizá sea la reacción de un animal acosado, ahora que se han descubierto un inagotable tesoro de correos electrónicos mostrando que la principal autoridad norteamericana en la lucha contra la pandemia, el doctor Anthony Fauci, sabía desde el primer día que era altamente probable que el virus fuera artificial y hubiera escapado del laboratorio de Wuhan, algo que negó y ridiculizó.

O puede que Fauci sea, además, un megalómano enloquecido a la altura del Rey Sol, del que acaba de parafrasear su célebre máxima: “La Ciencia soy yo”.

«Mucho de lo que se ve como ataques contra mí son, francamente, ataques contra la ciencia, porque todas las cosas que he dicho desde el principio han estado fundamentalmente basadas en la ciencia”, ha dicho recientemente en una entrevista concedida a la cadena MSNBC. ¡Oh, là, là!

Esa Ciencia con mayúsculas que tan buen resultado les ha dado a Fauci y a los miniFaucis de todo el planeta, empezando por el inefable Fernando Simón, que alcanzó la gloria mediática desde el primer momento, al profetizar para nuestro país “uno o dos casos, como mucho” de enfermos de covid.

La analogía no es perfecta -Fauci tiene un historial abrumadoramente más brillante que el surfero español-, pero se sostiene: el americano ha cambiado de opinión con el mismo desparpajo y el mismo aplomo (mascarillas no, mascarillas sí; los niños no contagian, los niños son especiales vectores de contagio; el virus vino de un pangolín o de un murciélago, o, vaya, parece probable que escapara de un laboratorio chino y esté diseñado), presentando cada aserto como emanado de la Ciencia (marca registrada) y tachando de negacionista a quien osara disentir.

En todo este año largo, la Ciencia parece haber pasado de ser un método de conocimiento por prueba y error, que avanza continuamente con la contradicción, a convertirse en una misteriosa deidad, una nueva pitia de Delfos que susurra sus irrevocables e incomprensibles decretos en el oído de los ‘expertos’ cuidadosamente seleccionados por los políticos.

Que Fauci es un político marrullero que ha condicionado sus declaraciones a las necesidades coyunturales de los demócratas (empezando por la necesidad de echar a Trump) es algo que él mismo ha reconocido con respecto, por ejemplo, a la inmunidad de grupo. También mintió deliberadamente con respecto a las mascarillas y, según confesión propia, por la misma razón que lo hizo nuestro Simón: porque no había bastantes para todos.

Esto ha tenido la consecuencia terrible entre el público de la aldea global de que la Ciencia ha quedado bastante desprestigiada, al menos la Ciencia al estilo de Fauci, es decir, a las declaraciones de ‘expertos’ que siempre coinciden curiosamente con lo que conviene a quienes les eligen y pagan, incluso cuando tienen que cambiar radicalmente la canción.

Pero Fauci se enfrenta a un destino bastante más peliagudo que el que representarían unas cuantas mentiras que han condicionado la vida de los estadounidenses y arruinado un buen número de negocios. Porque de los correos se desprende que aprobó personalmente investigaciones en el infame laboratorio chino para hacer los virus potencialmente más peligrosos mediante la llamada ‘ganancia de función’.

Fauci no es solo la cara visible del gobierno en relación con la plaga; es, sobre todo, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, y como tal aprobó la financiación de proyectos que, en opinión de muchos de sus colegas, resultaban demasiado arriesgados para que valiera la pena llevarlos a cabo, como varios relativos a la mencionada ‘ganancia de función’. Estos experimentos se centran en alterar virus para permitirles pasar de una especie animal a otra, por ejemplo. Y todo en colaboración con la tiranía china.

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