Los socialdemócratas daneses añaden una enmienda a la Ley de Extranjería que pone fin al ‘Welcome Refugees’

Un paso de gigante para desanimar la llegada masiva de inmigrantes
La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen. Europa Press

La sede de la soberanía de un país de la Unión Europea acaba de aprobar una ley que permite al gobierno deportar a los demandantes de asilo fuera de la UE para que sus casos no se estudien en su suelo. ¿Otra vez estamos con la rebelde Hungría? ¿Polonia, tal vez, o cualquier otro de los revoltosos miembros del Grupo de Visegrado? No, se trata de Dinamarca esta vez, meta y modelo imaginados de todos los progresistas de izquierdas.

Y no, no es que algún nefando partido populista, de esos que no hacen más que crecer en urnas en los países de nuestro entorno y contra los que nos alertan los medios unánimes se haya hecho con el poder en el país escandinavo. De hecho, la ley la ha propuesto un ejecutivo liderado por los socialdemócratas, un partido inserto en el mismo Grupo Socialista Europeo que el PSOE de Pedro Sánchez. Sencillamente, tienen el humilde propósito de seguir siendo Dinamarca, por parafrasear a Viktor Orbán.

No es que sea algo radical; solo se trata de desincentivar la llegada de falsos refugiados que, al final, son probablemente una mayoría de los que llegan a nuestras costas. Pero incluso esa insistencia en cumplir la legalidad ha vuelto locos de furia a los mandarines del discurso, que temen que otros países, que ven lo mismo pero no quieren verse clasificados con húngaros y polacos, se animen a hacer otro tanto.

Dinamarca ha sido uno de los primeros países de Europa Occidental en despertar al peligro y a bajarse del carro del “Welcome Refugees” y, de hecho, ya tiene uno de los regímenes migratorios más estrictos de toda la Unión, decidida a conservar sus tradiciones y valores amenazados por la migración masiva procedente de países distintos y distantes, con cosmovisiones y lealtades muy alejadas de las danesas, por el multiculturalismo desatado y por un islam cada día más seguro de su fuerza política.

La medida, en concreto, supone añadir una enmienda a la Ley de Extranjería por la que se autoriza al gobierno a llegar a acuerdos con países extracomunitarios para “transferir nacionales de esos países y a personas sin Estado a personas que solicitan asilo en Dinamarca a los países mencionados con el propósito de que se lleve a cabo en ellos una parte sustancial del proceso de solicitud».

Mattias Tesfaye, ministro socialdemócrata danés de Inmigración e hijo de un inmigrante etíope, declaró al diario británico Financial Times que su gobierno ha “identificado un puñado de países” (africanos en su mayoría) que podría albergar estos centros de recepción de migrantes en tránsito.

Esta medida, que desde fuera podría parecer un detalle técnico y menor, es en realidad un paso de gigante para desanimar la llegada masiva de inmigrantes que se presentan como refugiados como un modo de, al menos, permanecer en el país mientras dure el largo proceso.

Y es que Dinamarca, que hace unas décadas partía con la misma ilusión que los países de su entorno a la aventura de la ‘multiculturalidad’ y la acogida, ha descubierto en estos años que eso de que “la diversidad es nuestra fuerza” es sencillamente falso. 

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