Perú llega exhausto y desmemoriado a su bicentenario

¿QUIÉNES CONFORMAN LA GENERACIÓN DEL BICENTENARIO?

El 2020 fue un año convulsionado para el país andino debido a la crisis económica, política, y sanitaria que lo desbordó y sumió en una polarización sin precedentes a puertas del bicentenario de su independencia.

El Perú, que arrastraba una crisis política desde 2016 y un letargo en la economía tras dos décadas de crecimiento, recibió un tiro de gracia en marzo del año pasado cuando el gobierno de Martín Vizcarra decretó un estricto confinamiento para detener el avance del covid-19.

El 2021 es un año clave para la historia peruana. No solo se cumplen doscientos años de independencia -nominal- el próximo 28 de julio, sino que el 11 de abril se realizarán elecciones generales para escoger al próximo jefe de Estado y representantes para el Congreso de la República, y ante la crisis de noviembre pasado -cuando se sucedieron tres presidentes en una semana-, los rostros políticos enfrentan el desgano y desconfianza de una amplia mayoría de la población.

Como dato clave, 549 648 jóvenes que cumplan 18 años hasta el día de las Elecciones 2021 están habilitados para sufragar en estos comicios, según información del Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec). Serán los jóvenes, protagonistas indudables del descontento popular reciente, los que inclinen la balanza a favor de un candidato, recordando que en el Perú es el “antivoto” -la orientación del votante, no a favor del candidato que le genera simpatía, sino en oposición al triunfo del candidato al que rechaza- el que termina imponiéndose.

Un país desmemoriado

Para Víctor Samuel Rivera, doctor en filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), el Perú ha llegado a las celebraciones del bicentenario de la independencia como un país desmemoriado, pues la enorme brecha generacional entre los acontecimientos de 1821 y nuestra época, provoca una percepción sobre el pasado como “algo ajeno”.

“Cuando tú estás separado de un acontecimiento por apenas cien años, que, respecto de la vida humana, son dos o tres generaciones, el recuerdo social del régimen anterior es muy intenso. En cambio, cuando uno está a una distancia de doscientos años del fenómeno original, el recuerdo social está debilitado. Muy pocas personas pueden concebir de una manera humana, una representación, si quiera un poco aproximada de cómo era el pasado. Y eso tiene una consecuencia muy seria, y es que la percepción que se tiene sobre el pasado, debido a esta separación generacional tan grande, es como de algo ajeno”, señala.

Rivera considera que los “elementos integradores” del Perú, que habrían desaparecido o mermado seriamente en nuestros días -creencias religiosas, arquitectura, vínculos familiares, etc.-, hacían que el sentimiento de pertenencia hacia el pasado sea mayor, generando empatía y una percepción más benévola y comprensiva con este.

“La comprensión empática del pasado se puede favorecer o desfavorecer como una política pública. En el Perú, hasta la época de la dictadura militar [de Juan Velasco], el sistema educativo orientaba a las personas a amar el pasado. Este era un esfuerzo para que, a lo largo del tiempo, se mantuvieran los factores integradores de lo que podríamos llamar ‘el buen recuerdo’, el recuerdo de algo que no se ve como extraño o ajeno, sino como la parte antigua, ancestral de uno mismo. La dictadura militar de Velasco, con su narrativa de revolución nacionalista, provocó un quiebre terrible en esa comprensión empática del pasado, generando unas dinámicas de distanciamiento y de violencia que antes eran impensables”, sostiene el filósofo.

Para el autor del libro Tradicionistas y maurrasianos -publicado por el Fondo Editorial del Congreso en 2017- los jóvenes no tienen consciencia de que estamos camino al bicentenario, y que la etiqueta que se les ha puesto tras su participación en las marchas contra Manuel Merino -generación del bicentenario- ha sido una construcción de la televisión.

“La televisión ha creado una etiqueta que los jóvenes se han creído, y la televisión es muy poderosa. Pero los jóvenes no tienen conciencia de que estamos camino al bicentenario, porque para tener conciencia de un proceso histórico del cual tu eres una parte, tienes que tener conciencia del pasado. Y la gente de esta época es posiblemente la más ignorante en relación con su pasado que jamás haya existido. Están totalmente ajenos del mundo de dónde han venido. Y alguien que no conoce su pasado está condenado a ser como un recién nacido. El Perú está condenado a nacer de nuevo y ser un país bebé incesantemente”, afirma con contundencia.

Foto: Archivo Personal

El Perú en descomposición

El 2021 ha sorprendido al Perú en una situación catastrófica: recesión económica, desempleo, más de 1 millón de infectados por covid-19, 37 830 fallecidos por el virus -cifras del Ministerio de Salud al 2 de enero-, y ningún trato cerrado para la compra de vacunas. Según César Félix Sánchez, magíster en filosofía por la Universidad de Piura (Udep), el país además se encuentra en un “estado de descomposición”.

“El Perú se encuentra en un estado de descomposición, política fundamentalmente. Me atrevo a decir que nos encontramos en peor situación que en 1921 cuando se cumplió el centenario de la independencia. Las celebraciones del centenario, durante el gobierno de Leguía, estuvieron marcadas por una atmósfera de entusiasmo y desarrollo. El gobierno de Leguía se presentaba como un gobierno conservador, pero antioligárquico.

Había la sensación de que el Perú se estaba acercando a lo que Basadre llamaría después ‘la promesa de la vida peruana’. Aunque esto no ocurrió así, pues solo nueve años después el país estaría al borde de la guerra civil tras la caída de Leguía. En 1921 los ánimos eran bastante positivos. Ahora, en cambio, no solo tenemos la crisis producida por el coronavirus, también los efectos de un deterioro institucional significativo”, asegura Sánchez, quien considera que la realidad actual, un Congreso fragmentado y un Ejecutivo inestable, son resultado de la disolución del parlamento el pasado 30 de setiembre de 2019.

“El sistema inmunológico de la política peruana, es decir, aquellos partidos o fuerzas que nos podrían parecer desagradables mediáticamente, como el Apra o Fuerza Popular, contribuían a acabar desde el Poder Judicial y el Poder Legislativo, respectivamente, con las amenazas que ponían en peligro el sistema económico y social del Perú, y daban un equilibrio al país. Pero los ideólogos que están enquistados en el Estado desde el gobierno de Ollanta Humala, y que sirvieron luego a Kuczynski y Vizcarra, decidieron que podían gobernar sin las fuerzas políticas elegidas democráticamente.

Decidieron gobernar el país con las encuestadoras, los grandes medios de comunicación y las oenegés. No han podido. Hoy se muestran incapaces de, siquiera, poder mantener el piloto automático que durante muchos años otorgó cierta estabilidad a la economía peruana”, sostiene Sánchez.

Ante la afirmación de algunos líderes de izquierda, como Verónika Mendoza -candidata presidencial por Juntos por el Perú y miembro del Grupo de Puebla-, de que el Perú necesita de una “segunda y definitiva independencia”, Sánchez asegura que desde muchos sectores políticos se ha recurrido a discursos épicos de refundación o gestas mesiánicas para convencer a ciertos sectores de la población, pero que nunca han tenido éxito.

“Los países hispanoamericanos, a partir de sus independencias, siempre han caído en dilemas identitarios. Y por eso la independencia sirve como un gran mito propagandístico que las clases dirigentes utilizan para legitimarse. Pero fracasan al hacerlo. En ese sentido, la independencia es dos cosas: un proceso revolucionario que acaba por crear una estatalidad fallida en América Latina y el Perú, y un mito lleno de significados contradictorios que los políticos de distintos pelajes buscan utilizar. Ese es el caso de la señora Mendoza, que parece tener un complejo de Adán, o de Eva, de permanentemente refundar y hacer segundas gestas que en verdad suenan épicas, pero solo revelan una suerte de megalomanía en ella, de creerse, en el plano retórico, de ser una figura mesiánica o redentora del Perú. No creo que tenga éxito con ello”, afirma.

Foto: Archivo Personal

Generación del bicentenario: una oportunidad y un peligro

Rafael Aita, ingeniero industrial por la Universidad de Lima y creador del personaje “Capitán Perú” -que con indumentaria parecida al Capitán América de Marvel, acerca la historia peruana a los más jóvenes a través de contenido en redes sociales-, considera que el proyecto republicano del Perú resulta bastante difícil de defender hoy en día, pues tanto posiciones de izquierda como de derecha parecen estar de acuerdo con que la independencia del Perú fue caótica y no logró unir a todas las clases sociales y grupos étnicos.

“Los hechos históricos son tan claros que es imposible que haya una posición política que permita negarlos. Para una república con doscientos años de existencia, el haber tenido 25 años como punto máximo de estabilidad democrática, es un desastre. Empezamos mal, prueba de ello son nuestros dos primeros presidentes, arrepentidos de la causa patriótica por el caos de la revolución; uno de ellos terminó falleciendo en la fortaleza del Real Felipe de vuelta en el bando realista. Los períodos de bonanza y estabilidad política en el Perú son la excepción si comparamos con los años de dictadura militar o quiebra económica. La crisis y la ausencia de instituciones han moldeado la personalidad de los peruanos”, asegura Aita, quien además es docente universitario, investigador y autor de dos novelas históricas.

Capitán Perú, creado por Aita para fomentar el gusto por la historia en niños y adolescentes, ha tenido bastante acogida en medios de comunicación y redes sociales por el aspecto pintoresco del personaje, además por las reflexiones que hace sobre temas muy poco tratados en la historiografía oficial. Su acercamiento con sectores de jóvenes descontentos de muchas tendencias ideológicas y tribus urbanas diversas, lo ha hecho percibir un clima de pesimismo sobre la realidad nacional, además de las oportunidades y amenazas que significa una generación descontenta.

“A través de mi página de difusión cultural ‘Capitán Perú’ he podido comprobar como el público joven tiene una percepción muy pesimista de la actualidad y futuro del Perú. Por ejemplo, no reconocen al período llamado ‘república aristocrática’ como una verdadera democracia; los últimos años de crecimiento económico también la ven igual. Esta generación, a la que han llamado ‘del bicentenario’, está recogiendo todo este malestar histórico, toda esta indignación. Y esto por un lado es positivo, como también por otro lado, puede resultar peligroso”, asegura Aita.

“El descontento en los jóvenes es positivo si lo traducimos como el gesto de una generación preocupada por el Perú. Muchas veces han sido recriminados por sus padres de estar como desconectados de la realidad, pero tras las marchas de noviembre nos han comprobado que no es así. Pero resultaría muy peligroso si esta preocupación se canaliza mal, si se mezcla con el odio y el vandalismo. La historia nos enseña que el descontento ciudadano no siempre se traduce en voluntad política para un país mejor”.

Foto: Archivo Personal

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