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Rusia anuncia maniobras conjuntas con China e Irán mientras el caos se intensifica en Kabul

el principio del fin de la hegemonía global norteamericana
El presidente ruso, Vladimir Putin. REUTERS

La caótica retirada norteamericana de Afganistán tras 21 años de ocupación y la conversión del país en una república islámica en manos de los ‘malos’ de dos décadas atrás, los talibán, representa una imagen de debilidad del gigante estadounidense que sus rivales no van a dejar de explotar.

En geopolítica no hay vacíos: cuando una potencia se retira, otra (u otras) avanzan, y el anuncio del Kremlin de unas maniobras militares conjuntas con China e Irán parecen confirmar quiénes van a ocupar el hueco dejado por Washington o, al menos, a intentarlo.

La agencia Reuters ha informado de que «Rusia, Irán y China mantendrán ejercicios navales conjuntos en el Golfo Pérsico hacia finales de 2021 o principios de 2022”, tal como ha anunciado el embajador ruso en Teherán.

Que Rusia y China llevan ya algunos años estrechando una alianza militar no es exactamente un secreto, pero hasta ahora su cooperación bélica no ha pasado de buenas palabras. Que ahora anuncien estos juegos de guerra en un punto tan caliente del planeta como es el Golfo Pérsico, y que sumen el ejército iraní a las propias tropas tiene una preocupante lectura para los halcones de Estados Unidos. La finalidad expresa de los ejercicios -garantizar el tráfico marítimo en el estrecho y combatir la piratería- puede sonar tranquilizadora, pero es dudoso que calme la ansiedad de Washington, que atraviesa una crisis más allá de la pérdida puntual de un territorio en el que cuatro presidentes han gastado sumas sin precedentes e ingentes esfuerzos y energía para acabar en un rotundo fracaso sin paliativos.

De hecho, para muchos la retirada es una ‘foto’ que ilustra a la perfección el principio del fin de la hegemonía global norteamericana. Como conclusión, es bastante precipitada: pocos imperios se derrumban como lo hizo la URSS, prácticamente de un día para otro. Pero lo cierto es que algunos aliados de Estados Unidos en posiciones especialmente delicadas tendrían razones para poner sus barbas a remojar tras haber visto como pelan las del gobierno afgano colaboracionista.

El más obvio es Taiwán. La isla se mantiene independiente, una próspera potencia tecnológica, exclusivamente por el compromiso norteamericano de defenderla a cualquier coste de la invasión china. Pero la caída de Kabul ha debido hacer que muchos taiwaneses se pregunten hasta dónde estaría dispuesto a llegar un Estados Unidos en horas bajas para proteger su integridad territorial. ¿Se atrevería Biden a un enfrentamiento directo con el gigante chino por una lejana islita que pocos norteamericanos serían capaces de encontrar en un mapa y que, al fin, se reconoce parte de China? ¿Cuántos ataúdes militares soportaría el público estadounidense?

De hecho, Pekín lleva ya algunos años probando el terreno y el compromiso norteamericano con continuos desafíos, maniobras cercanas, vuelos militares violando el espacio aéreo de Taiwán y declaraciones cada vez más incendiarias. Para muchos, la ‘reunificación’ es cuestión de tiempo, y no demasiado.

Una hipotética caída de Taiwán, por lo demás, sería el fin de la presencia hegemónica de Estados Unidos en la región. Los aliados tradicionales, desde Corea del Sur a Filipinas pasando por Japón, sabrían que Washington ha dejado de ser un protector fiable y buscarían un acercamiento con China.

Luego está Kiev. Estados Unidos apoyó desde el minuto uno el exitoso levantamiento del Maidán contra un presidente rusófilo, y desde entonces ha mantenido con vida el régimen ucraniano en su lucha contra los separatistas del Donbás, que cuentan con la simpatía y las ayudas bajo cuerda del Kremlin. Estados Unidos ha gastado en Ucrania ingentes cantidades de dinero y ayudas militares, especialmente tras la anexión de Crimea por Rusia. ¿Puede mantener el esfuerzo después de lo de Kabul? Para Rusia, Ucrania es parte de ese “extranjero próximo” que Moscú siempre ha considerado su ‘patio trasero’, en el que pretende mantener una influencia muy visible.

Si cayeran Taiwán o Ucrania sería una catástrofe; si lo hicieran ambas, habría que reconocer que estamos ante un dominó imparable que podría dar al traste con la hegemonía de Estados Unidos sobre el planeta.

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