Titular para optimistas: ‘Biden dedicó a Sánchez quince veces más tiempo que Trump’

Veinte segundos en un pasillo, el ridículo planetario
Fotografía del paseo de 20 segundos entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Twitter

La semana pasada, fuentes de La Moncloa aseguraban a quien quisiera creerlo que el jefe de Gabinete de Sánchez, Iván Redondo, y el chief of Staff de Joe Biden, Ron Klein, habían intercambiado llamadas a fin de establecer un protocolo para que el campeón de la Justicia Racial (Biden, por si él no lo recuerda) y el líder mundial de la Justicia Social, Pedro Sánchez, se reunieran a solas en la cumbre de la OTAN para comenzar a relajar las tensas relaciones entre los Estados Unidos y ese flojo aliado bajo triple sospecha de comunismo y de connivencia con el bolivarianismo que es la España arruinada de Sánchez. El diálogo telefónico, a tenor del encuentro pasillero entre Sánchez y un señor que bastante tenía con mirar al frente y no tropezar, tuvo que ser poco más o menos, así:

—Redondo.: Queremos diez minutos en un despacho con banderas, con photocall para los medios y con un choque de puños.

—Klein: Si se acerca al presidente Biden, suelto a los perros.

—Redondo: Ni pa’ti, ni pa’mí: veinte segundos en un pasillo y no hace falta que el presidente Biden diga nada.

—Klein: Hecho.

Veinte segundos y algún murmullo de Biden, al que ya es difícil entender sin mascarilla. Eso es para lo que da la diplomacia española y el papel que juega el Gobierno de Pedro Sánchez en el mundo. A unos diez millones de millas de distancia de otros tiempos ya lejanos en los que éramos capaces de auténticas hombradas diplomáticas. Desde colocar a un socialista español como secretario general de la OTAN hasta poner los pies encima de la mesita de café del rancho Neverland Prairie Chapel de George W. Bush. Del abrazo de Eisenhower al general Franco en 1959, ni hablamos, por aquello de la Ley de Memoria Histórica. Tampoco de la visita de Richard Nixon en el 70, Gerald Ford en el 75 o Jimmy Carter en el 80. A partir de ahí, y en plena democracia —entiéndase, cuando González daba señales inequívocas de que ‘OTAN, por consiguiente, de entrada sí’—, Ronald Reagan lo recompensó con una fría, pero flamenca visita de Estado.

Y desde ahí no hicimos más que crecer en una relación en la que España era necesaria, no sólo por nuestra privilegiada posición geoestratégica de gigantesco portaaviones varado con dominio norteafricano, sino por nuestros vínculos iberoamericanos y por la tradicional relación de amistad hispano-árabe. Tú le explicas a un veinteañero progre que Madrid llegó a acoger la Conferencia de Paz de Oriente Medio en 1991 y le estalla la cabeza. Y si ve la foto de Felipe González con mirada trascendente entre George Bush senior y Mikhail Gorbachov, le da un apechusque y al hoyo.

William Jefferson Clinton se paseó muchas veces por España, pero en visita oficial, dos: en la Cumbre de la Unión Europea de 1995 y en la Cumbre de la OTAN de 1997, cuando el amigo de Lewinski. Mónica, se apoyaba en el hombro de Don Juan Carlos para contemplar el atardecer desde La Alhambra —sólo Dios sabe cuánto tendríamos que haber pagado por una promoción turística como aquella—.

Y, por fin. llegamos a 2001, cuando George Bush junior hizo la primera escala de su gira europea en Madrid para reunirse con su amigo Ansar. Ese fue nuestro cénit en las relaciones entre las dos naciones. El ocaso comenzó con la retirada de las tropas españolas de Irak (que operaban bajo mandato de Naciones Unidas, que de eso se habla poco) por la que se autocondecoró con la Gran Medalla al Mérito Militar el ministro de Defensa, José Bono. Eso, y lo de no levantarse al paso de la bandera de los Estados Unidos el día del desfile de la Hispanidad, no se olvida.

Cinco años le costó a Zapatero conseguir que le invitaran a la Casa Blanca más allá de la foto que consiguió de sus hijas góticas con los Obama. Cinco largos y apestados años. Zapatero, presidente rotatorio de la UE, tuvo su encuentro planetario y hasta disfrutó como un cachorro que Barack Hussein Obama le pasara la mano por el lomo y le dedicara un elogio a cambio de que España aumentara su presencia militar en las operaciones OTAN en Afganistán. Y Zapatero lo hizo.

M. Rajoy solucionó en parte el desaguisado diplomático y recuperó parte de la confianza perdida. Muy poco, que desde entonces no votan a español alguno al frente de ningún organismo, pero suficiente como para que Obama se dejara caer por el Palacio de La Moncloa.

El error del Partido Popular de mandar una delegación a la Convención Demócrata que eligió a Hillary Clinton para suceder a Obama y no mandar a nadie a la Convención Republicana del deplorable de Donald Trump, nos colocó de nuevo en una posición poco airosa. Que el presidente por moción de censura Sánchez llamara a Trump ‘ultraderechista’ cuando el marido de Melania ya estaba al mando de la Casa Blanca, y la decisión de Sánchez de retirar la fragata Méndez Núñez del Grupo de Combate CSG-12 de la Armada estadounidense cuando este puso rumbo al Golfo Pérsico en medio de la creciente tensión con Irán, acabó de rematar la relación. La prueba, además de que Navantia volverá a vender fragatas a los Estados Unidos cuando las ranas críen pelo y se dejen rastas, se escenificó en la Cumbre del G-20 en el que (todavía) está España cuando Trump le dedicó dos segundos para mandar (sí, mandar, con indicación de dedo índice incluido) a Sánchez a sentar(se). Cosa que, por cierto, Sánchez, disciplinado y obediente, hizo.

La victoria de aquella manera de Joe Biden el pasado noviembre le abrió un horizonte nuevo a Pedro Sánchez. Nuestro campeón del justicialismo socialcomunista soñó con un encuentro planetario con el líder de la renacida Justicia Racial estadounidense y puso a su maquinaria diplomática a trabajar. Cinco meses desde entonces, Biden no ha llamado ni una sola vez a Pedro Sánchez. Ni una sola. Cero. Zip. Nothing.

Lo que desde el jueves pasado vendió La Moncloa del encuentro entre el líder Biden y el doctor Sanchezstein en la Cumbre de la OTAN se ha limitado, según el presidente, «a una conversación seguida de un paseo». Las imágenes cuentan otra cosa: una conversación durante un breve paseo de no más de 30 segundos en el que, sin duda, no da para establecer un diálogo sobre la renovación de los acuerdos militares, Marruecos, inmigración, el avance del comunismo en Iberoamérica y el temor referencial a que la OTAN se líe la manta a la cabeza y acepte a Ucrania. Con la lealtad nacional que caracteriza a este periódico, tras el ridículo planetario de nuestro presidente, sólo podemos ofrecer un titular alternativo al de la reunión bilateral que da un poquito tirando a mucho de vergüenza ajena. «Biden dedica a Sánchez quince veces más tiempo que el que le dedicó Trump». Todo un éxito. De nada.

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