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CRÓNICAS DEL ATLÁNTICO NORTE

Perdiendo el tiempo

Jérome Gessalori en National Review, en un artículo tan desapasionado pero certero, pone las cartas sobre la mesa en el asunto de los coches eléctricos que los políticos están metiendo con calzador en América y Europa. «La decisión de apostar por los vehículos eléctricos corre el riesgo de desencadenar uno de los errores de política económica más importantes desde la Gran Depresión», advierte.

Aun en el supuesto caso de que implantar los coches eléctricos fuese una buena idea ambiental, el plan también hace aguas. «Los pronósticos indican que los gobiernos occidentales tendrán suministros minerales insuficientes», añade, «se espera que los suministros de litio, cobalto, cobre y níquel, esenciales para la producción de vehículos eléctricos y baterías, sean insuficientes para satisfacer la demanda en los próximos diez a veinte años».

«Una inversión diversificada en híbridos y motores de combustión interna más eficientes reduce las emisiones y mitiga los riesgos asociados con la concentración de recursos en una sola tecnología», concluye «un enfoque más equilibrado, que abarque una variedad de tecnologías, se alinearía mejor con las realidades del mercado y garantizaría un futuro sostenible para la industria automotriz».

Y es que las soluciones políticas demasiado fáciles y radicales terminan siendo ineficaces, tanto en materia ambiental como en la económica. Ruchir Sharma analiza en New York Post «por qué atacar a los multimillonarios no resolverá la crisis de desigualdad».

«Cuando el capitalismo funciona, el gobierno es lo suficientemente pequeño como para dejar espacio para la libertad y la iniciativa individuales, alentando a empresas nuevas y pequeñas a surgir y reinventar creativamente viejas concentraciones de riqueza y poder. Para corregir el equilibrio, la respuesta sensata es menos gobierno, reduciendo el flujo de dinero fácil y los rescates que ayudan a los grandes a crecer, y la maraña de regulaciones que dificultan la competencia de los pequeños y ágiles».

El caso de esa California como gran modelo progresista arroja algunas luces al respecto. «California no sólo es el hogar, con diferencia, del mayor número de multimillonarios de Estados Unidos», señala Joel Kotkin en Spiked, pero también sufre la mayor proporción de estadounidenses que viven en la pobreza y la brecha más amplia entre personas de ingresos medios y medios altos de cualquier estado. Soporta una de las tasas de desempleo más altas de Estados Unidos, así como una emigración neta masiva, un éxodo que ha aumentado drásticamente desde 2019″.

«Las políticas draconianas sobre el cambio climático, ahora una parte central del dogma del Partido Demócrata, han impulsado el declive de California», denuncia. Y es que además, en lugar de encargarse de los asuntos importantes, «el proyecto progresista de California se centra en cuestiones como el género, el aborto y la raza», perdiendo tiempo en las tonterías más insospechadas y haciéndoselo perder a empresarios y emprendedores: «Esto ha llevado a California a aprobar medidas como exigir que las tiendas tengan secciones de juguetes neutrales al género y permitir que los niños cambien de género sin la aprobación de los padres».

El wokismo y el ambientalismo mantienen a las izquierdas gobernantes en un estado de embriaguez intelectual del que no parece fácil salir. Legislan sobre cosas innecesarias o sencillamente inexistentes, y se despreocupan de lo importante. California es un buen experimento que contemplar para ver las consecuencias.

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