La caída histórica del consumo de vino a nivel mundial está provocando una crisis profunda en el sector vitivinícola europeo, con efectos directos tanto en España como en Francia, dos de los grandes productores del continente. Mientras París recurre a planes millonarios para destruir viñedos y reducir producción, el campo español pierde superficie año tras año sin apenas respaldo institucional.
El detonante es una realidad incontestable: el consumo mundial de vino cayó en 2024 a su nivel más bajo en 60 años, según datos del Observatorio Internacional del Vino. La demanda se desploma y la sobreproducción vuelve a tensar un sector que arrastra desequilibrios estructurales desde hace décadas.
En Francia, el Gobierno ha puesto en marcha un programa respaldado por la Unión Europea para arrancar hasta 32.500 hectáreas de viñedo antes de 2026, con un presupuesto de 130 millones de euros. El plan ofrece 4.000 euros por hectárea a los viticultores que acepten eliminar definitivamente sus cepas, una medida drástica que refleja la magnitud del problema.
Expertos del sector coinciden en que se trata de una crisis global, no atribuible a un sólo país. Mike Veseth, economista especializado en mercados vitivinícolas, advierte de que la caída de la demanda es el factor clave y que cada región reacciona según sus condiciones locales. El resultado, sin embargo, es común: bodegas que cierran, viñedos que desaparecen y toneladas de uva que ni siquiera llegan a vendimiarse.
España vive esta crisis desde otra perspectiva. Sin incentivos públicos como los franceses, la superficie de viñedo español desciende de forma constante desde hace años, a un ritmo aproximado del 1,5% anual, según datos de organizaciones agrarias. En regiones como Castilla-La Mancha, muchos viticultores están sustituyendo viñas por cultivos más rentables y estables, como el pistacho.
La situación ha reavivado además tensiones históricas entre productores franceses y el vino español. Durante las protestas agrarias de 2023, agricultores galos llegaron a detener camiones en la frontera y a derramar vino español en las autopistas, acusándolo de hundir precios y márgenes. España se ha convertido, en la práctica, en el proveedor de vino barato que Francia ya no produce, un papel que antes desempeñó Argelia hasta su independencia.
Actualmente, España exporta cerca del 60% de su producción vinícola, gran parte de ella a granel, transportada en cisternas y vendida a precios irrisorios. En 2020, el precio medio del vino español fue de apenas 1,30 euros por litro, frente a los 4,71 euros del vino francés o los 5,50 del italiano. Parte de ese vino español se embotella en Francia y se revende multiplicando su precio por diez.
Mientras Bruselas insiste en políticas de ajuste, arranque de viñas y destilación de excedentes, la crisis del vino revela un problema más profundo: el abandono progresivo del mundo rural europeo y la incapacidad de proteger a sectores estratégicos frente a un mercado global que ya no absorbe lo que Europa produce.