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En los nuevos desarrollos urbanos, el comercio a pie de calle es prácticamente inexistente

La muerte del pequeño comercio: el sector perdió más de 20.600 de sus autónomos en un año

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El año 2022 cerró con más de 20 millones de afiliados medios a la Seguridad Social, un aumento interanual del 2,4%, o más de 470.000 trabajadores respecto a las cifras de 2021. Ayer mismo, el INE confirmó que la economía española creció un 5,5% en 2022. Sin embargo, las cifras de afiliaciones en diciembre ya delataron los primeros síntomas de agotamiento de este crecimiento. El dato mensual, a pesar de ser positivo en términos netos (un crecimiento 0,06% respecto al mes anterior), es desastroso, pues es la cifra más baja desde hace una década (2012). Con todo, España continúa liderando la tasa de desempleo no sólo en la Unión Europea sino también entre los países de la OCDE.

La desaceleración de las cifras de afiliación y desempleo tienen un máximo exponente: el caso de los autónomos. En 2022, el número promedio total de afiliados en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA) tan solo creció en cinco. De nuevo, la cifra más baja desde hace más de una década: hay que retroceder a 2012 para encontrar un dato peor. Incluso en 2020, el peor año del COVID, la cifra creció en más de 2.300 afiliados. Y el último trimestre de 2022 se saldó con una pérdida neta de autónomos.

El pequeño comercio es el sector más castigado. Y es lógico: la subida de los impuestos, de las cotizaciones, de los alquileres y de la luz y la electricidad hace prácticamente imposible que una tienda de barrio resista a tener que echar el cierre. En enero, 6.700 comercios tuvieron que cerrar: unas 670 bajadas de persiana definitivas cada día. Así, a finales del pasado mes de febrero, el número de afiliados al Régimen Especial de Trabajadores Autónomos era de 3.309.398 trabajadores, con más de 20.600 autónomos menos dedicados al comercio que hace un año. Cada día es menos frecuente encontrar uno de estos reductos de la economía local, que se ven sustituidos por la proliferación de locales de franquicias y cadenas, por las facilidades que da la compra online y por la creación de grandes superficies comerciales en las zonas de reciente urbanización.

En España, el fenómeno de las franquicias continúa aumentando ininterrumpidamente desde hace más de 20 años: concretamente, desde 2002, cuando podíamos encontrar 634 marcas de franquicias. En 2010 la cifra ya ascendía a 934 y, en 2019, a 1.381. Ese último año, el número de locales franquiciados operativos se situó en 77.819 establecimientos, con un aumento interanual de 0,53%, sin duda frenado por la pandemia.

También la irrupción del comercio online ha provocado un terremoto en nuestros hábitos de ventas, y ya no es necesario desplazarse físicamente o aguardar largos plazos de entrega. A esto se une la competencia de precios. Ya que los comercios online no requieren de locales físicos —generalmente—, los precios ofertados son, con frecuencia, inferiores a los que puede ofrecer una tienda de barrio. La pandemia, además, no ha hecho sino acelerar estos cambios de comportamiento. La inmediatez de una compra online y la llamada «experiencia de compra», diseñada en muchas ocasiones para afectar nuestros niveles de dopamina y serotonina —algo que también se encuentra presente en las redes sociales—, hacen muy difícil competir al comercio tradicional. El proceso online favorece la compra por impulso y, con frecuencia, el comprador terminará gastando más de lo que había previsto. En cambio, un proceso de compra tradicional es más pausado, presenta más interacciones humanas y, en ellas, el comprador dispone más tiempo para comparar, evaluar y decidir.

En la gran totalidad de los nuevos desarrollos urbanos, el comercio a pie de calle es prácticamente inexistente. La baja densidad residencial, las amplias distancias y la estricta necesidad del coche como medio de transporte por antonomasia juegan en contra de las tiendas de barrio. En cambio, en las periferias de las ciudades, el comercio se ha visto concentrado, encorsetado, en grandes centros comerciales. En éstos, la mayor parte de las veces, no es fácil encontrar un establecimiento catalogable como «tienda de barrio». Las grandes superficies son, en cambio, suelo fértil para los locales franquiciados.

Los pequeños comercios, además, no pueden mantener el ritmo de permanentes descuentos de las grandes superficies o las franquicias, pues su escala no les permite recortar tanto sus márgenes. La tendencia alcista de alquileres e hipotecas es otro de los factores que contribuyen a eliminar de nuestros barrios las tiendas «de toda la vida».

La falta de relevo generacional tampoco ayuda a mantener los locales en marcha, y no son pocos los propietarios que, tras tratar de traspasar su negocio, han terminado optando por echar el cierre tras una liquidación. La finalización de contratos de arrendamiento antiguos, con frecuencia con condiciones ventajosas, también ha provocado que muchos establecimientos no hayan podido mantener su actividad en el centro histórico de las ciudades, ahora colonizado por grandes cadenas, capaces de aguantar los embistes de la guerra de los alquileres. En Madrid, por ejemplo, los cierres de los históricos Café Comercial, Cafetería Santander, Cervecería de Santa Bárbara o de los locales del grupo Nebraska agitaron, en parte, el tejido social de la ciudad, que vio cómo la crisis del pequeño comercio se llevaba por delante un pedazo de su memoria.

Pero no es solo la memoria, sino que, desde 2022, las precarias condiciones del sector y la subida media de los gastos de los autónomos —un 22,3%— han terminado con la actividad de más de 60.000 de ellos. Y aunque durante el año pasado 39.000 autónomos abrieron un nuevo negocio, la cifra neta total de 2022 sigue siendo negativa. El saldo final es escalofriante: más de 20.700 autónomos perdieron definitivamente su trabajo.

La solución a la crisis de los autónomos, uno de los pilares de la generación de empleo y riqueza en España —pero también uno de los más frágiles ante las crisis económicas, al carecer de respaldos externos— pasa tanto por mayores ayudas del Gobierno de España como, quizás, por una recuperación de nuestros hábitos de compra anteriores. La acción del Gobierno, sin embargo, no puede limitarse a subsidios o ayudas puntuales, sino que debe de orientarse a la liberalización del sector, la eliminación de trabas y el favorecimiento del emprendimiento. Pero ningún plan gubernamental podrá contrarrestar la crisis que sufren los pequeños comercios si no se acompaña de un cambio en nuestra forma de comprar o en el modelo de comercio online. La reivindicación de la local, del tejido social propio, del entorno próximo y del barrio como forma de vida van de la mano de la garantía de supervivencia de este sector.

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