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EL ESCRITOR Y PERIODISTA PRESENTA 'EL TERCIO QUE NUNCA EXISTIÓ'
EL ESCRITOR Y PERIODISTA PRESENTA 'EL TERCIO QUE NUNCA EXISTIÓ'

José Javier Esparza: ‘Durante el Siglo de Oro no se movía una hoja en todo el mundo sin que se preguntara qué pensaba España’

23 de febrero de 2022

Julián Romero de Ibarrola fue uno de los soldados más célebres de los tercios españoles. Capitán antes de los treinta años y maestre de campo del Tercio de Sicilia desde 1567, por el camino se dejó una pierna, un brazo y un ojo. Murió en campaña, en 1577, a lomos de su caballo, cuando dirigía a su tercio desde Italia hacia Flandes.

Esta es solo una parte de la historia de Julián Romero, el resto la cuenta el escritor y periodista José Javier Esparza en su último libro ‘El tercio que nunca existió‘.

-‘El tercio que nunca existió’. Es la segunda novela protagonizada por Julián Romero y el tercer libro sobre los Tercios de José Javier Esparza. ¿Por qué lo has escrito? ¿Cuánto tiempo te ha llevado, cuántos libros hay que leer para escribir uno así y, sobre todo, de dónde sacas el tiempo?

A ver, ¿cuánto tiempo me ha llevado? Realmente me ha llevado apenas dos meses escribirlo, pero documentarlo me ha llevado un año y medio porque es lo más complicado en un libro de este tipo. La tercera pregunta, que era de dónde saco el tiempo, es de la que tengo clara la respuesta, que es que no lo sé, y la segunda es la que se me ha olvidado.

-Que por qué lo has escrito.

Julián Romero de Ibarrola es uno de los personajes más formidables en la Historia de España entera y, muy particularmente, de esa epopeya militar y política que fue la historia de los Tercios. De él se sabe poquísimo. Lo que se sabe de él es lo poco que dejó escrito, porque no era exactamente un intelectual, y es realmente fascinante, pero son fundamentalmente cartas quejándose de algo, nunca escribió sus memorias. Hay un par de libros interesantes sobre él, uno más erudito, otro menos, pero, para rastrear dónde estuvo, hace falta recurrir a fuentes primarias. Entonces, lo que se le ocurrió a la Esfera de los Libros, y prefiero echarles a ellos la culpa, fue hacer las memorias apócrifas de Julián Romero, puesto que él nunca las escribió. Un tipo que estuvo en Túnez, en San Quintín, en Inglaterra 6 años, en Flandes… ¿por qué no escribimos sus memorias apócrifas como él habría contado su historia, más o menos? Era un desafío fantástico y muy divertido porque te metes en la piel del personaje lo máximo posible, buscas toda la documentación de la época para tratar de pintar enteramente el contexto –cosa que en una novela es mucho más importante incluso que en un ensayo– y, a partir de ahí, empiezas a imaginar cómo pudo ocurrir lo que sabes que ocurrió, pero te faltan piezas porque la novela histórica, tal y como la entiendo yo, siempre es un puzle. Es decir, tienes un montón de piezas que te da la historia y sabes dónde están, pero faltan otras. Entonces, con la ficción completas el puzle, y de lo que se trata es de que el resultado final no desencaje, que sea verosímil.

-El capitán Romero nos pide en este libro que leamos la novela con espíritu humilde y el ánimo despierto, para que nos aproveche lo que se cuenta. ¿En qué te ha aprovechado a ti escribir este libro? Digo más allá de que sea un superventas, claro...

Ojalá sea un superventas. Mira, a mí me ha aprovechado en muchos aspectos la verdad. El Julián Romero que llega a Inglaterra a finales de 1544 es un chulo, es un tío que tiene apenas 26, 27 años pero que lleva en filas desde los 16. La fama que tiene es de buen soldado, pero apenas ha podido ascender porque es un pendenciero, permanentemente metido en duelos y en jaleos, pero un chuleta. A partir de la experiencia inglesa, aparece realmente otro Julián Romero. Aparece un tipo, íntimo de Felipe II, al que descubrimos después formando parte del cuartel general que planea la batalla de San Quintín, lo encontramos en un montón de misiones mucho más políticas en realidad que militares, y de hecho lo encontramos convertido en un hombre. Es decir, él llega allí como un mozo pendenciero y sale de Inglaterra, después de todo lo que le pasa, convertido realmente en un hombre, en un varón grave como se decía en la época. También, por cierto, esa frase que acabas de leer (en la pregunta), es un guiño al lector contemporáneo. En la literatura del Siglo de Oro se escribía para la edificación moral y cultural del que leía. Creo que es interesante recuperar ese precepto.

Y, ¿en qué le puede aprovechar a un lector? Sobre todo, en estos tiempos de satisfacción inmediata, de mucha serie y de poca lectura de verdad, ¿cómo tiene que ser ese lector para que le aproveche?

Pues mira, yo ya no sé contestar a esa pregunta porque, lo que he descubierto en los últimos años, en las ferias del libro y firmando aquí y allá, es que cada vez tengo más lectores jóvenes a los que, en principio, el tópico decía que esto no les interesaba. Y resulta que les fascina, por lo cual, feliz de la vida. Yo creo que lo que puede aportarle a un lector es conocer la enorme importancia de España en aquellos siglos: realmente era el centro del mundo político y no se movía una hoja en todo el mundo sin que se hiciera la pregunta de qué se pensará en España de esto. Concretamente, la intriga que protagoniza Julián Romero, que es la gran clave de la novela, es la gran intriga de la sucesión en Inglaterra, trufada con la guerra de la religión entre los anglicanos y los católicos, que fue realmente una guerra de religión. Y resulta que, cogiendo datos de aquí y de allá, y muy particularmente de la principal fuente coetánea que he empleado para este libro, la única conclusión posible es que, digan lo que digan los historiadores, muchos de los cuales no se atreven a afirmarlo, España, como corona, tenía un partido fortísimo dentro de la Corte Inglesa que funcionaba aquí y allá y hay que suponer que funcionaba igual que hoy, es decir, untando a unos y a otros, y que toda esa epopeya de seis años, de cerca de un millar de soldados españoles, entre ellos Julián Romero en Inglaterra, no se puede entender sin ese elemento.

-Déjame que lea: «Jaque y retador, matasiete y perdonavidas, bravucón y pendenciero, siempre dispuesto a desnudar el acero y aviar la vizcaína, parroquiano de burdeles y sacristán de tabernas, canónigo de dados y naipes y prior de oscuros callejones. Así es Julián Romero de Ibarrola». De verdad, ¿con este tipo de gente se puede montar un ejército?

Sí, el ejército español sí. Un ejército español sí. Todos hemos hecho la mili, y a los 20 años todos somos un poco por el estilo. Los Tercios es un ejército que se monta sobre la base de que el tipo que entra allí va para ser señor y es lo que hace que se convierta en la fuerza militar más importante de su tiempo. En la época, el servicio de las armas estaba reservado para la nobleza, que ya son señores de cuna, los soldados fundamentalmente son campesinos en levas forjadas, otros son mercenarios como Lansquenete, que van a ver lo que saquean porque en su casa no pueden comer. El soldado de los Tercios es otro personaje completamente diferente. El Gran Capitán ha creado una moral, porque es una moral de cuerpo en la que el tipo que va allí sabe que va a experimentar una disciplina durísima, realmente muy dura –el discurso de Sancho de Londoño sobre las penas de los Tercios es alucinante– pero que, a cambio de eso, no solo va a prestar su brazo a lo más alto que se puede prestar, que es a Dios y al emperador (o al rey), sino que además significa un ascenso en la escala social de la época enormemente jerarquizada, significa un ascenso insólito como no se ve en ningún otro lugar de Europa en aquel momento. De tal forma que, efectivamente: pendenciero, matasiete y perdonavidas, sí. Pero en filas: una máquina. Además, una máquina silenciosa, porque los Tercios combatían en silencio, que debía ser muy impresionante ver aquello.

-Y, aún así, el capitán Romero –perdón por el spoiler– es un tipo que atiende a razones.

Idiotas no eran. Es muy interesante, cuando examinas la evolución de los Tercios, cómo en realidad el carácter macho y vigoroso y valiente que generalmente se atribuye siempre al soldado español, solo es una parte, y no es la más importante, porque valientes había en todas partes. Los soldados franceses escribieron auténticas epopeyas también, peleando contra españoles, por cierto. Lo que caracteriza al mundo de los Tercios es la inteligencia –en contra de lo que normalmente se cree–, tanto en el diseño como en las relaciones entre el mando y la tropa y en los movimientos y en la organización. Todo está muy pensado y todo el que entra ahí, además, se le acostumbra a pensar así. Ese tipo de instrucción es realmente una obra de inteligencia, así como la disposición de los arcabuceros, las mangas de arcabuces dentro del cuadro de picas, y todo ese tipo de cosas. Los Tercios son fundamentalmente una obra intelectual y esto es algo a lo que, modestamente, creo que he aportado mi pequeño granito de arena. Ahora ya es comúnmente aceptado pero hace un tiempo no se había tenido suficientemente en cuenta.

-Lo dice uno de los protagonistas de la novela Romero. Dice: «Ni vos, ni yo tenemos que hacer la política, nos basta con entenderla para saber por qué servimos». No es nada fácil entender la política inglesa de aquella época, ¿qué es lo que te atrajo de aquel tiempo y de aquella isla llena de herejes?

Cuando tuvimos la idea de hacer las memorias de Julián Romero hay un episodio que generalmente pasa en los libros sobre él, cuando él está de mercenario seis años en Inglaterra. Si hubiera sido solo uno, podría ser, ¿por qué no?, pero es que no era uno, eran 700, 800, hasta un millar parece que llega haber allí de españoles. Y, por otra parte, cuando llegan allí, aparentemente después del naufragio, encuentran que ya hay soldados españoles sirviendo al rey de Inglaterra y quien los manda no es un mercenario, es nada menos que el nieto de Beltrán de la Cueva, de la Beltraneja, que viene de ser virrey de Aragón, amigo del emperador y, evidentemente, no era un mercenario. Entonces, ¿qué narices estaban haciendo allí? Descartada la hipótesis del mercenario, solo cabe pensar que estaban allí porque a la política española le interesaba. En aquel momento, Carlos I de España y V de Alemania es el hombre más poderoso del mundo. Está en guerra simultáneamente con Francia, con los herejes protestantes, con los mahometanos, o sea, el imperio otomano. Inglaterra en principio era aliada, desde tiempos de los Reyes Católicos y he aquí que en Inglaterra hay un cisma religioso, en realidad político, pero disfrazado de religión, que puede convertir un aliado en enemigo en el peor momento posible. Y en la línea de sucesión, María Tudor, hija de Catalina de Aragón, nieta de los Reyes Católicos. Tiene todo el sentido del mundo pensar que, detrás de aquella aventura inglesa de nuestros soldados, había mucho más que una mera experiencia mercenaria porque tampoco nadie aguanta seis años de mercenario en un mismo campo y estos aguantaron.

-Aún así, como dice Romero, nosotros no peleamos por lo suyo sino por lo nuestro.

Era el interés de la Corona de España. Es muy interesante el único texto coetáneo de aquellos sucesos, que es una crónica anónima, que se llama “Crónica del Rey Enrico VIII de Ingalaterra” escrita por un español que estaba allí en aquellos años, que nadie sabe quién es. Pero lo cuenta absolutamente todo: todas las intrigas de Corte, la intriga política, la aparición de estos soldados, las peripecias de Romero… por supuesto, buena parte del texto están sacados de esa crónica. Y lo que ves ahí es que la trama de intereses españoles en la Corte inglesa era muy fuerte, sin ninguna duda. El resto es, sencillamente, ver el mundo que tienes alrededor. Si hoy sabemos que las potencias intervienen cerca de otra potencias, aliadas o enemigas, mediante este tipo de operaciones que son simultáneamente económicas, políticas, unas secretas, otras no, eventualmente militares, lo lógico es pensar que España ahí estaba haciendo exactamente eso, y Julián Romero fue un instrumento de aquello.

-Varias veces, leyendo estas aventuras y desventuras, me ha saltado la idea de que vivimos hoy en una sociedad de flojos, comparado con esta gente, ¿qué queda en los españoles de hoy del espíritu de aquellos soldados de los Tercios?

Es difícil saberlo. Creo que queda más parte de ese espíritu en los soldados españoles actuales. Ahí el mando ha tenido la buena idea de mantener vivo ese espíritu lo máximo posible. Además lo estamos viendo, como cuando el general Alejandre hizo desfilar a los Tercios en el día de la Hispanidad o la iniciativa del general Muro de recuperar el camino español, esa magnifica obra de logística, haciendo una auténtica peregrinación por el camino español que abrieron nuestros soldados entre Italia y Flandes. Creo que eso queda: el espíritu de la España de la época, como el espíritu de la Francia de la época o de la Inglaterra de la época. Se está muriendo al mismo paso que todo el espíritu europeo tradicional se muere, y esto es un problema general, no solo un problema español. Es decir, a Europa la han matado muchas cosas, y sería un tema muy largo, pero el mundo contemporáneo ha matado al espíritu europeo. Los europeos hemos querido matar ese espíritu, con lo cual estamos condenados a muerte, no solo espiritualmente sino también corporalmente. Y alguien tendría que verlo alguna vez.

– En ‘El tercio que nunca existió’, leemos intrigas, traiciones, sangre… y no solo española, que también. Los soldados españoles fueron peones en el ajedrez de la política y tú lo repites mucho a lo largo del libro. ¿Les importó?

No. Los ejércitos siempre son peones en el tablero de la política, si no pregúntaselo a los de Afganistán. Lo que pasa es que el soldado, por sentido del honor y del deber, acepta esa posición, es su oficio. Y sabe precisamente que el sacrificio del peón en el tablero significa que otros detrás del tablero van a tener su vida salvaguardada, siempre ha sido así en la función de las armas. Desde la Ilíada, donde se nos explica esta vida privilegiada que vivimos, que nunca nos falta comida, nunca nos falta nada, pero que tiene una contrapartida: la tenemos porque mañana podemos morir para defender a estos otros y ese el espíritu militar en realidad.

-Romero no hizo nunca otra cosa que cumplir con lo que se le encomendó, incluso, cuando se le ordenó que hablara con la mano en el corazón. ¿Esto fue así en la historia de los Tercios? ¿Pelearon y hablaron nuestros soldados con la mano en el corazón?

Desde que Gonzalo Fernández de Córdoba se dirigió al Papa para recriminarle su mal comportamiento personal, desde entonces en adelante. El espíritu español del 16 y del 17 es un espíritu muy particular: son gente muy brava y con la verdad por delante. Luego uno calla donde tiene que callar, o no, pero en general sí. Entre otras cosas porque, en la milicia, la verdad es fundamental. O sea, uno no puede mentir porque significa que toda la línea se va al traste. Por eso la verdad es absolutamente fundamental. En el caso del español de la época, donde el bien más preciado era el honor personal, decir la verdad era un privilegio.

-Nadie podrá discutir la honra de los soldados de los Tercios y, sin embargo, cientos de años después, hay muy poco reconocimiento de los Tercios en la sociedad.

Tú estás interpretando honra en el sentido de rendir honor a aquella gente, pero yo veo que cada vez se les reconoce más, mucho más ahora que hace 20 años, por ejemplo. Antes era una cosa que apenas existía. En cuanto al sentido del honor de aquella gente, es propio de una sociedad en la que los individuos no habían depositado en el orden, el bien, el derecho, la libertad o el propio honor. Ahora sí, pero en la época no, porque era realmente una cuestión personal.

-Ahí está, ¿por qué no hay un monumento a los Tercios?

Estamos montando uno para finales de este año 2022. Si Dios quiere y la Fundación Ferrer Dalmau encuentra su cauce, y será un gran monumento. Y será de justicia. Yo no sé si hay una estatua en el Reino Unido a los heroicos combatientes Highlanders escoceses, no sé, yo creo que no. España es un país que no ha tenido dos guerras mundiales. Tú conoces Francia, vayas al pueblo que vayas, hay un monumento a los caídos de la Primera Guerra Mundial, porque todas las familias perdieron chavales. No hace falta un monumento a los Tercios, no hace falta un monumento a los corsarios, que hay algún monumento por cierto, pero en España no. España es un país que lleva desde la guerra de Marruecos, que es bastante horrorosa por otra parte, sin más guerra que la Guerra Civil. Eso también hace que la gente tenga una conciencia de la defensa de lo militar bastante desapegada, por así decirlo. Yo creo que traer la memoria de los Tercios es, además de un tributo militar a aquella gente que fue a buscarse la vida en los sitios más inconcebibles, en los desiertos de Túnez, en los barros de Flandes, es una forma también de recordar todos lo que llevamos, colectivamente hablando, detrás. Es decir, nosotros somos los Tercios, sí, nosotros somos Cervantes, efectivamente. Nosotros somos todo eso, pero los Tercios son el brazo armado del Siglo de Oro, no se puede separar una cosa de la otra, un monumento a los Tercios significa un monumento a nuestra propia identidad histórica en general.

-¿Ya puedes decirme dónde luchará Julián Romero en la próxima novela?

No puedo todavía. Julián Romero es un personaje que estuvo en muchos lugares. Empezó con 16 años como mozo de tambor, terminó con 59 de maestro de campo, el mayor grado que se puede alcanzar, muriendo a lomos de su caballo porque le reventó el corazón cuando cogía el camino español…no paró de combatir en todo ese tiempo, estuvo en todas partes. Empezó en Italia, nada se sabe de aquella época, Estuvo después en Túnez, en la jornada de Túnez en 1535 creo recordar, que fue con el emperador Carlos. A partir de ahí hay más datos sobre él, después en Flandes hizo de todo, es increíble las batallas en las que estuvo, a medida que iba perdiendo partes de su cuerpo, porque en San Quintín se le quedó inútil una pierna, después tuvo diferentes accidentes bélicos y hay muchísimo donde elegir. Seguramente la clave será erudita, es decir, en San Quintín encontramos un documento de la época, de un oficial español, probablemente un capitán, que había estado en la batalla y que hizo una relación, no se conoce el nombre de su oficial, pero la relación se guardó en la Real Academia de la Historia que la publicó a finales del 19 y hoy está digitalizada y gracias a ese documento y a las cartas de soldados alemanes que estuvieron en San Quintín se pudo reconstruir una historia. Por lo tanto, ya había una historia que contar. En Inglaterra, esa crónica del Rey Enrique VIII de Inglaterra me ha permitido construir todo el contexto para ver la historia que hay que contar cuál es y qué hizo allí Julián Romero. Ahora, en la siguiente fase de la investigación, es quién llega antes: si una fuente lo suficientemente amplia y siempre coetánea de Túnez, o una fuente de los años de la Batalla de Jemmingen o ese entorno. Y, según el documento que aparezca antes, dentro de ese trabajo de documentación, que es el más laborioso de estos libros y el más divertido también porque te lo pasas bomba investigando fuentes, en función de eso, veremos hacia dónde dirige Julián Romero sus pasos en el próximo libro.

-Si tienes en la mente ahora mismo el boceto, del diseño de Ferrer Dalmau, del monumento a los Tercios, ¿cuál de todos esos soldados es Julián Romero?

Julián Romero es los tres en realidad. Fue capitán, aunque no de caballería porque el capitán de caballería lleva el morrión. Fue pica seca, empezó de piquero, fue alférez también, fue de todo. Pasó por todos los grados posibles, en un tiempo en el que los grados no eran tan estables como lo serían después en los ejércitos profesionales y uno podía combatir perfectamente como alférez en una campaña y en la siguiente ser sargento, era perfectamente posible. Julián Romero es los tres, Julián Romero es, en verdad, el pedestal de esa estatua. Julián Romero y los decenas de miles de Julián Romero que se fueron a combatir a Italia, a Túnez, a Flandes, por supuesto Inglaterra, a Francia, durante casi 200 años.

-José Javier Esparza, muchas gracias por ‘El tercio que nunca existió’ y también por haberte acercado a la Gaceta de la Iberosfera y a la Fundación Disenso. Ya digo, espero que cualquiera que se acerque a ese monumento lo haga después de leerse estas novelas de Julián Romero, aprenderán mucho.

Y les vendrá muy bien para entender al otro, a los ingleses por ejemplo, lo que fue realmente la reforma anglicana, las enormes operaciones de poder y económicas que hubo detrás de aquella operación. Todos esos elementos que van apareciendo en este libro, en ‘El Tercio que nunca existió’, y averiguarán por qué ese Tercio nunca existió.

-Una última cosa, ¿los escoceses son tan así?

Sí, efectivamente.

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