'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La fe socialdemócrata de Allende

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Pienso cada vez más

que sería mejor poner

un punto de bala en mi final.

 

Los versos citados se deben al poeta futurista Vladimir Mayakovski (1893-1930), y se hallan en el prólogo a su poema «La flauta vertebral», fechado en 1915. Tres lustros después, el escritor soviético dio puntual cumplimiento a su composición alojándose un proyectil en el corazón el 14 de abril de 1930.

Décadas más tarde, un 11 de septiembre de 1973, el presidente chileno Salvador Allende moría gracias al eficaz uso de un AK-47 regalado, al parecer, por Fidel Castro. Moría de este modo quien para muchos, convertido en contrafigura de Augusto Pinochet, había constituido un  modelo de marxista-leninista. Sin embargo, tal afirmación es, cuando menos, discutible, como veremos.

Criado en un ambiente acomodado, Salvador Allende destacó en su juvenil etapa de estudiante por su activismo, rasgo que le llevó a encuadrarse en el Grupo Avance, en cuya revista, Claridad, colaboró Neruda. El chileno saldría de tal organización antes de que Avance quedara, una vez depurados los elementos trotskistas, en manos de los comunistas. Terminados sus estudios de Medicina, Allende fue uno de los fundadores, en 1933, del Partico Socialista de Chile, al cual perteneció durante toda su vida, compatibilizando tal militancia con la incorporación a la masonería cuyos aromas ya habían sido saboreados por su padre y abuelo.

En 1952, Allende presentó su primera candidatura presidencial, hecho que se repetiría en 1958 y 1964. Su anhelo político se cumpliría en 1970. Durante su larga carrera política, el doctor fue la cabeza visible del Frente de Acción Popular (FRAP), cuya composición era tan heterogénea y pluralista que permitía la coexistencia en su seno de diversas facciones entre las que cabe destacar la presencia de la democracia cristiana que tanta implantación tuvo en el Cono Sur de la mano de elementos como, por ejemplo, el sociólogo belga católico, Armando Mattelart, hombre vinculado al Centro de Estudios de la Realidad Nacional dirigido por el chileno Jacques Chonchol, fundador del Movimiento de Acción Popular Unitario y ministro de Agricultura de Allende.

Las actividades de Allende, desarrolladas durante la Guerra Fría, no pasarían inadvertidas para el Imperio norteamericano, ya preocupado por la inquietante cercanía de la  Cuba gobernada por los Castro y respaldada por URSS. Como es lógico, las agencias de inteligencia yanquis operaron sobre la vida política y cultural chilena. Sin embargo, como podemos advertir en la documentación de la CIA fechada en 1958 que reproduce Joan E. Garcés, asesor político personal de Allende, en su obra Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles (Madrid, 1996): «… al senador Salvador Allende, Presidente del FRAP, se le atribuye estar a favor de mantener estrechos lazos con los comunistas». Y subrayamos lo de «estrechos», pues tal relación dista mucho de ser una identificación. De hecho, el propio Allende hubo de frenar la vía de la revolución armada que propugnaban algunos de sus coaligados.

En tal contexto, no es extraño que desde Washington se articularan campañas de desinformación para las cuales resultaba muy útil la apelación a Moscú. De este modo, desde la prensa mercenaria chilena se llegó a asegurar que había planes para implantar bases soviéticas en Chile, afirmación que iba orientada a crear malestar entre los militares chilenos.

Mientras esto ocurría, Allende, en el poder desde el 4 de septiembre de 1970, trataba de implantar un modelo económico que nada tenía que ver con el soviético. Lejos de entregar el poder al proletariado, trataba de involucrar en la acción económica a la Banca y a la empresa privada, al tiempo que buscaba contactos, por ejemplo los fallidos con la propia URSS, que habrán de entenderse como propios de una dialéctica de Estados que se aleja de la de clases. Sin embargo, no se reduce a este el argumento único para despojar del supuesto marxismo-leninismo al doctor Allende. Prueba de ello es su continua connivencia con la democracia cristiana y, sobre todo, un asunto que a menudo pasa inadvertido: sus simpatías por el indigenismo. Es ese un asunto crucial, pues, si recurrimos a la metáfora quirúrgica, Allende admitió unas junturas políticas muy distintas a las señaladas por el marxismo: las clases sociales. Muy al contrario, el doctor Allende, rigorista observante de los contrarrevolucionarios Derechos Humanos, admitió otras junturas: las de las comunidades indígenasmapuches, pascuenses– que desde la Iglesia siempre habían sido objeto de especial atención, máxime desde la puesta al día operada en el Vaticano en los 60. A la luz de este dato, ver en Allende a un marxista-leninista no es sino un burdo ejercicio de simplismo.

 

Conviene, para finalizar, tener presente otro dato que nos ofrece Garcés. Se trata de unas declaraciones de Alexander Alexeiev, asesor de Brezhnev, según las cuales, en junio de 1973, los servicios de espionaje soviéticos apostados en Panamá, fueron conocedores de la Operación Unitas que debía desencadenar una insurrección militar en Chile. Allende, el pretendido comunista, nunca fue alertado por la potencia que custodiaba la momia de Lenin.

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