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no ha dicho ni una sola verdad en todo su mandato

Sánchez dará explicaciones sobre la rendición del Sáhara

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press

Phileas Fogg tardó menos tiempo en dar la vuelta al mundo que Pedro Sánchez en dar explicaciones sobre el vuelco en la política exterior —para el que no tenía autorización del Congreso— que rindió hace 82 días la antigua provincia española del Sáhara Occidental en favor del imperialismo marroquí todavía no sabemos por qué ni a cambio de qué.

Durante todo ese tiempo, los españoles sólo hemos conocido la filtración de una carta disparatada de Sánchez a Mohammed VI y una avalancha de rumores de todo tipo, a buen seguro malintencionados, que relacionan la rendición unilateral e unipersonal de Pedro Sánchez con informes secretos sobre la participación de ciertos servicios de Inteligencia en la organización del atentado del 11-M o el interés de la mujer del presidente, Begoña Gómez, como directora del Africa Center del Instituto de Empresa, en asentar la relación del IE con un centro de formación de altos ejecutivos en Marruecos.

Es de suponer que todas esas maledicencias, además de las cientos de horas de tertulias en las que los mejores expertos españoles sobre el Magreb han hecho cábalas sobre los motivos que pueden haber llevado a todo un secretario general del PSOE a abandonar la tradicional política prosaharaui del socialismo español, terminarán hoy, cuando el presidente suba a la Tribuna del Congreso y dé explicaciones mientras parte de la bancada socialista (Odón Elorza y otros clásicos) se atiza unos calmantes.

El temor a que Sánchez dé su tipo natural de explicaciones y no las explicaciones necesarias, está fundado en el conocimiento preciso de cómo es el marido de Begoña; un presidente capaz de enterrar a 140.000 muertos por la pandemia, ser el peor gestor de todo el espacio de la OCDE y aun así, autocalificarse con un notable alto. En rigor, en un Parlamento serio, hoy no debería quedar ni un trocito de Sánchez porque sería picado en juliana por haber despreciado con alevosía la competencia exclusiva del Congreso a la hora de decidir la política exterior del Reino (de España).

Se presupone también que el combate con los nacionalistas debería ser feroz, sobre todo con el PNV y con los separatistas catalanes que hace décadas apostaron todo al Sáhara —acogida veraniega de niños saharauis de los campamentos de Tinduf incluidas— y a ese sueño que es el referéndum de autodeterminación que exigía Naciones Unidas para todos los procesos de descolonización.

Para los nacionalistas es un revés muy duro que Sánchez acepte, como escribió a Mohammed VI en aquella carta mal redactada y filtrada desde desiertos no tan lejanos, que: «España considera que la propuesta marroquí de autonomía presentada en 2007 como la base más seria, creíble y realista para la resolución de este diferendo». Tanto dinero gastado en la tradicional amistad nacionalista-árabe, en la reivindicación del referendo como métido de superar tensiones territoriales y en el hermanamiento del irrintxi (ese grito vasco) con el ululeo de las mujeres saharauis.

También, aunque por motivos diferentes, se espera de la oposición real a Sánchez —a saber: Vox y depende de qué día tenga el PP—, se cebe con el presidente que no sólo aceptó que colocaran la bandera nacional boca abajo en señal de rendición en su última visita de pleitesía a Rabat, sino sobre todo por el destrozo incalculable que este giro en la política exterior ha causado a las relaciones con nuestro proveedor favorito de gas, Argelia. También es seguro que se le exigirá que dé las explicaciones necesarias acerca de cómo es posible que, incluso después de la rendición del Sáhara, Marruecos nos castigue (y de paso a los rifeños) con la negativa a reabrir la aduana comercial en los pasos fronterizos de Ceuta y de Melilla.

Todo esto, por no hablar de las consecuencias que para la factura de las empresas y los hogares españoles, y para la salud mental de los ecologistas, tendrá el hecho constatado de que estamos comprando gas obtenido por frácking, más caro que cualquier otro, a los Estados Unidos.

A estas horas, y después de 82 días de silencio, cábalas y rumores perniciosos, de lo único que tenemos constancia es de que el presidente Sánchez no ha dicho ni una sola verdad en todo su mandato. No esperamos otra cosa.

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