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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Así funciona (y manipula) el 'neolenguaje' independentista

‘Nomen est omen’. El nombre es el destino, o condiciona el destino. Es algo que sabe muy bien el nacionalismo, experto en generar neologismos y cambiar el significado de las palabras para que encajen con sus pretensiones políticas. Ahora, por vez primera, sale a la luz un documento donde psicólogos de la ANC dan instrucciones sobre cómo elaborar un relato persuasivo.


El nacionalismo aprovechó la instauración democrática en España y las competencias autonómicas para llevar a cabo una gigantesca labor de ingeniería social. El lenguaje, las palabras, en tanto que portadoras de ideas, han sido y son parte fundamental de dicha labor. Las palabras, su modificación, alteración o sustitución por otras más adecuadas ha sido una constante.
Banda terrorista pasó a ser «grupo armado», un atentado, una «acción», el separatismo es hoy «soberanismo», «normalización lingüística» significa sumergir a los niños en el monolingüismo, la ruptura es ahora “desconexión”,el proceso separatista es un impoluto “proceso constituyente”, y por supuesto, el término administrativo «Estado» sustituye a la nación, a España, vocablo desterrado y del que se obvian también sus derivados.
La forma en la que presentar las ideas es determinante para que triunfen o fracasen. Cuando el referendo quebequés del 98, los estudios sociológicos advertían que el apoyo a la secesión bajaba 20 puntos si se empleaba el término «independencia» en lugar de «soberanía». Y ocurría lo mismo con el aséptico «decidir» y el controvertido “separarse».

El exitoso ‘dret a decidir’

Existe una construcción que ha alcanzado gran predicamento y que ha contribuido a moldear la realidad sociológica catalana, es el «derecho a decidir”, una fórmula no sólo más aceptable que “independencia” sino difícilmente cuestionable. Aboga por darle a la ciudadanía la posibilidad de escoger, reconocerle al pueblo un derecho. La potencia de la construcción la hace casi irrefutable. Para desenmascararla hace falta demasiado tiempo y demasiados argumentos, mientras que la citada fórmula es directa, emocional y apela a un valor tan elevado en el imaginario colectivo como el principio democrático.
Una construcción léxica coherente y seductora, si es suficientemente replicada por medios y líderes de opinión, acabará por crear el marco mental deseado. Es lo que ha ocurrido en Cataluña, donde las subvenciones públicas a los medios han sometido sus líneas editoriales y donde la espiral del silencio ha invisibilizado las voces contrarias a la secesión.

“Dependentista”, la última palabra de la neolengua

El pasado 18 de marzo de 2017 la ‘Assemblea Nacional Catalana’ celebró su Séptimo Consejo de Asambleas sectoriales. Durante la presentación del acto, el presidente de la entidad, Jordi Sànchez, afirmaba que había “que comunicar bien toda esta información que generamos, y eso comporta simplificar el mensaje para ser comunicado, que puede comportar incluso tener que amputar un mensaje a fin de que llegue y sea sólido, coherente, potente”.
Durante el consejo se abordó con particular énfasis el asunto de la comunicación; los resultados y las conclusiones aparecen reflejadas en el informe del citado Séptimo Consejo de Asambleas sectoriales. El texto, elaborado por el sectorial de psicología de la ANC, se ha empezado a entregar a las delegaciones locales ahora, a apenas tres meses del pretendido referéndum, y resulta particularmente revelador. Se habla de palabras prohibidas y otras en las que hay que abundar con el fin de “influir en los indecisos”, en los independentistas “acobardados”; en definitiva, ampliar la base social, gran obsesión del separatismo desde que dio comienzo el ‘procés’.
Titulaba La Vanguardia el pasado 26 de junio: “La ANC anima a decir “dependentista” y no “unionista””. Se trata, efectivamente, de una de las consignas que más han llamado la atención, pues “unionismo” es un término que viene usándose con profusión en los círculos independentistas. Si bien es cierto que hace ya algunos meses, Josep Lluis Carod-Rovira, desde su tribuna en ‘Nació Digital’ advertía de que “lo contrario de la independencia no es la unidad, sino la dependencia, de modo que sería más acertado hablar de independentistas (aquellos que quieren que Cataluña sea independiente) y dependentistas (los partidarios de algún tipo de dependencia de algún otro ente político, sea de carácter autónomo, federal o confederal)”.

Sustituir términos de contenido negativo por conceptos atractivos

Se trata de evitar conceptos que puedan generar rechazo y emplear otros, que como el ya celebérrimo ‘dret a decidir’, conciten adhesión. Así, hay que evitar el verbo “romper” y sustituirlo por “emanciparse” o “hacernos grandes” o “hacernos adultos”. El equipo de psicólogos pone un ejemplo ideal y repleto de valores positivos: “Nos unimos para la emancipación del pueblo catalán”. «Unión», «emancipación» y «pueblo».
Se recomienda igualmente no usar el término “desobediencia”, pues podría “asustar”. Y en caso de necesidad, “desobediencia” habría de ir seguida obligatoriamente de “pacífica”. Sea como fuere, lo mejor será emplear siempre fórmulas en positivo, verbigracia, “aplicar el mandato de los ciudadanos de Cataluña” (en lugar de «violentar las leyes»), tal y como por otra parte vienen haciendo ya los líderes separatistas.
También existe un listado de palabras “que hace falta que hagamos nuestras”, todas referidas a valores ampliamente respetados por la opinión pública y algunos de ellas usados por los partidos e instituciones contrarios a la secesión: “unión”, “convivencia”, “respeto”, “tolerancia”, “democracia” o “plurilingüismo”.
Se trataría, pues, de, respetando los significantes, cambiar los significados, llegándose al caso, por ejemplo, de reclamar la “unión” como valor propio al tiempo que se lleva a cabo una política de fragmentación territorial, emocional y lingüística.

Cartel de la concentración ‘Per la democràcia’. (ANC) (Noviembre de 2016)

Desterrar el condicional: la independencia se producirá

No se les escapa a los psicólogos de la ANC la importancia de emplear los tiempos verbales adecuados. Hay que generar la sensación de que la secesión es inminente e ineludible: “El tiempo verbal es un elemento determinante para comunicar la seguridad del emisor”. Así, instan a usar el futuro y nunca el condicional: “Cuando seamos libres” y no “Si fuéramos libres”.
La ingeniería del lenguaje cuenta con públicos objetivo perfectamente clasificados. Por una parte “ciudadanos que no tienen una opción personal definida”, esto es, indecisos; por otra parte los contrarios a la ruptura pero “potencialmente persuasibles, quizá hacia la abstención”; también “los tendentes a la abstención”, y por último, los partidarios de la secesión “susceptibles de acobardarse o de experimentar desánimo si la presión psicológica y la amenaza se incrementara mucho”.
Hay, por supuesto, ideas que por las reminiscencias que de ellas se derivan, quedan absolutamente vetadas. Es el caso de “separación”, cuya alternativa sería “divorcio amistoso”, una fórmula doblemente recomendable pues pondría a España y a Cataluña en pie de igualdad -“divorcio”- y además subrayaría una pretendida ausencia de conflicto (“amistoso”).
Otras de las palabras “que hay que disociar del discurso de la ANC” son “deriva”, “ruptura”, “desmembración”, “enfrentamiento”, “fronteras”, “secesión”, “separatismo”, “robo”, “desafío”, “traición” o “imposición”. Los psicólogos advierten que sólo se podrán usar “si es para criticar al otro bando por usarlas o apropiarse de ellas indebidamente”.

El campo semántico propio, una larga tarea por hacer

Entre las muchas tareas pendientes que tienen los partidos políticos, asociaciones y escasísimos medios catalanes contrarios al separatismo, está la de renunciar a las figuras e imaginarios nacionalistas, la de construir y consolidar un campo semántico propio. No resignarse a que la disputa política se dirima siempre en campo contrario y con las reglas del adversario.
Aquí está casi todo por hacer. No existe, ni siquiera, un nombre de consenso, una denominación que reúna a los catalanes que se sienten normalmente españoles. Frente a los vocablos aglutinadores “independentista” o “soberanista”, no se opone sino una amalgama de denominaciones, la mayoría salidos, además, del laboratorio lingüístico nacionalista.

¿Cómo llamar los catalanes contrarios a la secesión?

Es el caso de ‘unionista’, en cuyos ecos aún se escuchan los disparos del Ulster. Amén de que para llevar a cabo la acción de unir ha de partirse, necesariamente, de la fragmentación, y no es el caso de España. Unionistas son los irlandeses que buscan completar la unidad perdida de la isla.
La voz «españolista», al contrario que «catalanista», que goza de un amplio consenso y normalidad, incomodará a muchos en Cataluña, donde España y sus derivados acusan el desprestigio de cuatro décadas de nacionalismo.
Definirse en negativo, “no-independentista”, sería igualmente un error en tanto reconoce todo el protagonismo al concepto original, “independentista”, en contra del cual se genera la definición. Amén de que ningún publicitario ni propagandista daría por bueno un concepto negativo, una idea precedida de un “no”.
Quizá «constitucionalista» sea el concepto más recurrente. Pero es insuficiente e imperfecto pues, frente a un escenario épico y sentimental, “constitucionalista” sólo ofrece un frío marco legal. Nada puede hacer un término exclusivamente jurídico, habermasiano si se quiere, frente a una marea de emoción identitaria. Además de que, si durante los años del plomo etarra la Constitución revestía a sus defensores de un halo de responsabilidad y sensatez, hoy, sobre todo desde la irrupción de los nuevos partidos, la Carta Magna parece haber envejecido súbitamente y a pocos evoca ya las connotaciones positivas de antaño.

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