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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Cuatro décadas de complicidad con la violencia de la izquierda

En la última década, el 84% de los delitos de cariz ideológico cometidos en España lo han sido a manos de los llamados antifascistas y separatistas.

Nos acostumbraron a vivir en aquella mentira según la cual la violencia es mala “venga de donde venga” lo cual resulta, como poco, expresión de una notable pereza mental. Era el discurso de una casta estrábica, un discurso que despersonalizaba la violencia, como si esta se produjese sin finalidad ideológica, sin motivaciones, sin propósitos.

La mascarada estaba servida. A los medios les bastó para tachar de “fascistas” a los terroristas de extrema izquierda, para interpretar el fenómeno de los secuestros en clave de cínica extorsión económica, o el de los asesinatos como la actividad de quien necesita justificar el mantenimiento de un negocio. Pero “fascistas”, sí, porque, cuando la izquierda – compendio de todas las virtudes morales y ciudadanas – se vuelve mala, deja de ser izquierda.

Mientras militares, guardias y policías se desangraban sobre el pavimento de docenas de ciudades de España, las rutinarias condenas de la clase política se sucedían sin más aspavientos que los que ameritaba la amargura que consumía a las familias de las víctimas. Algún que otro gesto de firmeza impostada, alguna palabra más alta que otra de cuando en cuando, promesas que se lleva el viento y que ya nadie, nunca, les conminará a cumplir.

Hasta que los asesinos, conscientes de que sus acciones no tenían efecto alguno, precisamente por acotar los muertos a quienes vestían uniforme, decidieron que había llegado la hora de socializar el dolor.

Y mientras los gobiernos sacaban por la puerta de atrás de las iglesias los ataúdes, una cierta izquierda callaba las más de las veces, porque en el fondo sentía una incómoda identidad con los matones. Para el recuerdo queda la confesión de complicidad cuando menos moral (menor en su caso que en el de grupos más a la izquierda, incluyendo al PCE) del ministro socialista José Barrionuevo, en el Congreso de los Diputados, en fecha tan pronta como octubre de 1983.

A nadie podía caberle la menor duda acerca de la naturaleza ideológica de los grupos terroristas en España y en toda Europa. Marxistas y nacionalistas, sin excepciones. GRAPO, ETA, FRAP, Baader Meinhof, IRA, Brigadas Rojas, incluso los grupos menores como Terra Lliure o el Exercito Guerrilleiro. Pero una vez tras otra su contenido ideológico era escamoteado. Y lo era porque muchos de quienes lo escamoteaban compartían la ideología y hasta los objetivos de los terroristas. Lógico corolario era que tratasen de ocultarlos, precisamente porque la violencia venía siempre del mismo sitio.

Cuando hace poco más de cuatro años salió a la luz un subproducto fílmico de la extrema izquierda llamado “La Ciutat Morta” muchos decidieron, como en otra ocasiones, hacerlo suyo. Obtuvo un cierto reconocimiento público, incluyendo el premio del Festival de Málaga de Cine Español de 2014. El documental, panfletario hasta la náusea, fue proyectado por la televisión catalana en horario de máxima audiencia, por si quedaba alguna duda.

El contenido reflejaba un universo de perversión moral en el que los buenos resultaban ser las hordas de delincuentes y filoterroristas de extrema izquierda y los malos los policías, entre los que se contaba un guardia urbano que había quedado tetrapléjico a resultas de una pedrada en la cabeza. Consecuencia de lo cual fue condenado un chileno que pasó cinco años en prisión. La campaña puesta en marcha a raíz de su encarcelamiento, obtuvo el apoyo entusiasta de Ada Colau, Jordi Evole, Gabriel Rufián y Julia Otero. O Dios los cría y ellos se juntan.

A ninguno de los citados importó lo más mínimo el destino del policía. Ellos prefirieron ventilar la supuesta injusticia que laceraba al condenado por agresión, un tal Rodrigo Lanzas, e invitar a la mamá del bueno de Rodriguito a dejarse caer por sus micrófonos, mientras ignoraban la angustia de otra mujer que, desamparada, pasará buena parte del resto de sus días atada a la silla de su pobre marido, un simple policía herido en el cumplimiento del deber.

Había que echar un capote a aquella chusma hedionda a la que el ayuntamiento de Xavier Trías había facilitado su enésima okupación, como en tantas y tantas ciudades de España viene siendo habitual. Y vaya si le echaron el capote, ellos, con esa afectación de superioridad moral que gastan diez minutos antes de resguardarse tras los muros de las lujosas urbanizaciones con seguridad privada en las que viven; y vaya si le rieron las gracias a la canalla, ellos, que trabajan para poderosos grupos de comunicación, al tiempo que gustan de jugar a Robin Hood.

En la última década, el 84% de los delitos de cariz ideológico cometidos en España lo han sido a manos de los llamados antifascistas y separatistas; pero han impreso en la opinión pública otra cosa gracias al trabajo sucio que ejecuta cierta prensa, a la que los delitos conmueven en función de su motivación ideológica.

A Víctor Laínez no solo le mató el asesino, el degenerado, el imbécil que le reventó la cabeza a traición; a Víctor Laínez le han asesinado cuatro décadas de complicidad.

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