«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ha obligado a muchas familias a modificar sus hábitos de consumo

El precio de la cesta de la compra ha subido un 42,4% en España desde 2019

Detalle de la cesta de la compra de personas que acuden al supermercado. Europa Press

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el precio de la compra se ha encarecido en España un 42,3% desde 2019, un incremento muy superior al de la inflación general acumulada en el mismo periodo, situada en torno al 25,5%. La consecuencia es evidente para millones de hogares: hacen falta muchas más horas de trabajo para llenar el mismo carro de la compra que antes de la pandemia.

La subida de los alimentos se ha convertido en uno de los golpes más duros al bolsillo de las familias. Aunque el encarecimiento de la vivienda ocupa buena parte del debate público, la alimentación tiene un impacto inmediato y cotidiano, especialmente entre las rentas más bajas. No se trata de un gasto que pueda aplazarse o eliminarse, sino de una necesidad básica que absorbe cada vez una parte mayor del presupuesto doméstico.

El problema se agrava porque los salarios no han avanzado al mismo ritmo que los precios de los productos básicos. Mientras la cesta de la compra ha acumulado una subida superior al 40% en apenas unos años, los sueldos han crecido de forma mucho más moderada. Esa diferencia ha reducido la capacidad adquisitiva de los trabajadores y ha obligado a muchas familias a modificar sus hábitos de consumo.

El profesor de Economía y Finanzas Massimo Cermelli advierte de que la inflación alimentaria tiene un carácter especialmente regresivo. Afecta con mayor intensidad a quienes menos ingresos tienen, porque destinan una proporción más alta de su renta a comprar comida. En ese sentido, el encarecimiento de los alimentos erosiona de manera directa la economía doméstica y deja menos margen para otros gastos.

La escalada no se explica por un único factor. La presión comenzó tras la pandemia, cuando los cuellos de botella en las cadenas de suministro empezaron a tensionar los precios. Sin embargo, el gran punto de inflexión llegó con la guerra de Ucrania en 2022, que disparó los costes energéticos, encareció el transporte y elevó los gastos de producción en el sector agrícola y ganadero.

Sólo entre febrero de 2022 y febrero de 2023, el IPC de los alimentos llegó a registrar un repunte cercano al 15%. Desde entonces, algunos productos han moderado sus precios, pero la rebaja no ha compensado el fuerte encarecimiento acumulado. La mayoría de los hogares sigue pagando mucho más que antes por alimentos básicos.

Entre los productos que más se han disparado desde 2019 destacan los huevos, afectados tanto por los costes de producción como por episodios recientes de gripe aviar que obligaron a sacrificar millones de gallinas de forma preventiva. También han registrado fuertes subidas la carne de vacuno, las frutas, la carne de ovino, el café, el cacao, las infusiones y el aceite de oliva.

El aceite de oliva fue uno de los grandes símbolos de la inflación alimentaria, después de alcanzar máximos históricos entre finales de 2023 y comienzos de 2024. Aunque su precio se ha ido corrigiendo desde entonces, continúa muy por encima de los niveles previos a la crisis inflacionista. Algo similar ocurre con otros productos frescos, cuya volatilidad sigue siendo elevada.

La subida de precios también ha cambiado la forma de comprar. Cermelli señala que muchos consumidores han reforzado su apuesta por las marcas blancas, han reducido el gasto en comidas fuera de casa y realizan compras más frecuentes para controlar mejor el desembolso. Además, algunos hogares han sustituido proteínas más caras por alternativas más económicas.

Las cadenas de distribución han respondido a esta situación ampliando el peso de sus marcas propias y ajustando sus estrategias comerciales para competir en precio. El consumidor, más sensible al coste final del ticket, compara más, busca ofertas y evita cada vez más productos considerados prescindibles.

A este escenario se suma ahora la incertidumbre internacional procedente de Oriente Próximo. La guerra de Irán y las tensiones energéticas han reactivado el temor a una nueva subida de los costes del petróleo y del transporte. María Jesús Fernández, economista sénior de Funcas, advierte de que este nuevo shock podría mantener la presión alcista sobre los alimentos durante los próximos meses.

Desde Funcas estiman que la inflación alimentaria podría situarse en torno al 2% a lo largo del año, aunque todo dependerá de la evolución del conflicto y de su impacto sobre la energía. Fernández recuerda que los costes de la industria alimentaria ya empiezan a reflejar nuevas tensiones, como muestra el índice de precios industriales publicado por el INE, que apuntaba a un aumento interanual del 6,7% en abril.

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