«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

España en el corazón

Asistí con horror a lo que este viernes acontecía en el Parlamento de Cataluña. La imagen de la mitad de la Cámara votando una supuesta declaración de independencia -mientras la otra parte se ausentaba para evitar participar en un bochorno disfrazado bajo el mantra democrático- no se borrará de mi cabeza.
Crecí leyendo las gloriosas victorias, y (pocas) derrotas, de los Tercios en Flandes y en todo el mundo conocido. Fuimos el imperio más grande del mundo y en nuestros dominios el sol no se ponía jamás. Después todo eso cambió, la corrupción fue pudriendo a las instituciones y sólo quedó de aquella época el orgullo de lo que fuimos, un halo de grandeza que aún en sus días más bajos España no ha perdido jamás. Y el honor.
Las plumas más brillantes de nuestra literatura me mostraron cómo se debían librar las batallas y unos códigos universales que las huestes españolas juraron no traicionar. Hoy los más jóvenes consideran que no hubo nadie más valiente que Leónidas, el rey espartano que fue aplastado por los Persas en las Termópilas, o los miles de soldados norteamericanos que el 6 de junio de 1944 desembarcaron en las playas de Normandía para liberar Francia del invasor nazi. La industria cinematográfica tiene cuota de culpa, pero también ese sentimiento que florece en muchos españoles y que se consuma en una leyenda negra que no comparten otras naciones del mundo.
Las hazañas de Hernán Cortés en el actual México, Blas de Lezo en Cartagena de Indias o la Armada española en Lepanto, donde Miguel de Cervantes quedó manco, han sido objeto de una campaña de desprestigio por buena parte de los historiadores de este país. Mientras en Reino Unido levantan estatuas en honor al Almirante Nelson, en España las efigies de nuestros héroes son escondidas en recónditos jardines. No vaya ser que algún extranjero se tope con ellas y comprenda la importancia capital de nuestra nación en la concepción del mundo moderno.
Luchar contra quienes quieren cambiar la historia es complicado, pero nos acompaña la verdad. Los españoles estamos en deuda con aquellos que dieron su vida para defender los pendones y un proyecto de nación que durante 500 años ha alumbrado el sendero del Viejo Continente. Europa, la vieja Europa, existe gracias a España y, entre otras cosas, a su aportación a la victoria contra el invasor musulmán en aguas del Peloponeso en 1571.
«España es una gran nación. Yo la admiro profundamente, conozco la historia de la creación de su imperio y creo que resulta indestructible. Ni siquiera los españoles son capaces de destruirla». Esta frase, atribuida al canciller alemán Otto von Bismarck, resume lo acontecido en Cataluña: un grupo de españoles tratando de fracturar España ante la oposición de otros españoles y la pasividad de otros tantos.
No existen certezas de que esta frase fuera pronunciada por el Canciller de Hierro pero, sea como fuere, no cabe duda de su vigencia en estos días oscuros. Dicen que ya no quedan patriotas como los de antes, pero yo creo que están equivocados. Basta con pararse frente al espejo, tomarse unos minutos para reflexionar y entender que formar parte de esta nación es un privilegio sólo al alcance de unos pocos afortunados. Yo lo hice y funcionó.
Los males asedian España, pero no lo hacen en menor medida que en otros lugares del mundo. Viajar ayuda a entender que, a pesar de todo, vivimos en un lugar maravilloso. Es imposible no sentir orgullo de la labor de las Fuerzas Armadas en Kosovo, en un campo de refugiados del Líbano o en un cuartel de Iraq. Las guerras ya no son lo que eran pero, allí donde nos han necesitado, siempre ha habido un español para defender la razón por encima de la barbarie.
Las banderas que ondean en muchos balcones representan el cambio. Un cambio que cada ciudadano debe trabajar a diario. Un cambio que permitirá tomar con fuerza el timón del país para que, dentro de 500 años, otro periodista pueda escribir con dignidad las seis letras que forman ESPAÑA.
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