Desde 2016 se quemaron casi las mismas hectáreas que en la década anterior
La realidad desmiente a los propagandistas del «cambio climático» mientras la burocracia hace imposible limpiar los montes
La realidad desmiente a los propagandistas del «cambio climático» mientras la burocracia hace imposible limpiar los montes
Incendio forestal. Europa Press
Por Pedro Fernández Barbadillo
27 de julio de 2026

Para los progresistas el «cambio climático» cumple la misma función exculpatoria y finalista que el «mercado» para los liberales. A los despedidos por el traslado de una fábrica a China o México, los liberales les replican (desde la distancia, por obvias razones de seguridad) que «es la voluntad del mercado».

A los habitantes de los pueblos devorados por incendios forestales, los progresistas les dicen que «se debe al cambio climático» y añaden, como están haciendo Pedro Sánchez y su banda en el consejo de ministros y las tertulias, que también son culpables «los negacionistas» de su fe.

Si, como fija la religión climática, el calentamiento global es constante desde hace décadas, si «los glaciares van a desaparecer», si «los calores del verano comienzan ya en mayo», si «la Península Ibérica se está desertificando», si “sufrimos ya fuegos de sexta generación”, si «las sequías se prolongan», la deducción lógica es esperar que los incendios y las hectáreas forestales arrasadas sean, cada año que pasa, más numerosos, hasta que muramos envueltos en una nube de ceniza gris que nos impida respirar.

La realidad desmiente este relato catastrofista, como ocurre con todos los pronósticos de los apocalípticos del clima. Los datos del Ministerio de Medio Ambiente y, ahora, de Transición Ecológica, muestran que desde 2006 la superficie destruida por los fuegos es muy similar. En la década de 2006 a 2016 la media anual fue de 100.957,4 ha. Y en la década de 2015 a 2025 la media anual subió ligeramente a 105.614 ha.

Pero las líneas de datos de estas décadas no son funciones constantes, sino que oscilan. Por ejemplo, en 2012, se registró la cifra más alta de hectáreas arrasadas de la década de 2006-2016: 218.956. Sólo dos años después, en 2014, la destrucción cayó a 48.717 ha, la más baja de ese período. Y no porque quedasen menos árboles. En el último medio siglo, la superficie arbolada ha crecido en España en un 50%: de menos de 12 millones de ha. a más de 18 millones. España es el segundo país de Europa, detrás de Suecia, con más bosques, aunque los cuida mucho menos.

En la década de 2015-2025, el año más destructivo fue 2025, con 354.746 ha. Sin embargo, el anterior, 2024, registró el segundo año más bajo de la serie, con 49.763 ha. Y en 2018 las hectáreas quemadas sólo fueron 26.994. Es decir, en tres años, la superficie de bosques destruidos se multiplicó por trece. ¿Alguien subió el termostato? ¿Se dispararon las emisiones de co2 en China? ¿Usó usted su coche con motor de combustión de manera poco respetuosa con el planeta?

Pareciera que el calentamiento se tomara descansos. 2014, 2018 y 2024 fueron años con veranos de temperaturas suaves y hasta húmedos, rompiendo la tendencia imparable hacia el calor y la sequedad. El año 2026, en el que ya han ardido más de 130.000 ha. (el quíntuple de lo registrado en los mismos meses de 2025) no está siendo de temperaturas tan altas como otros.

A pesar de lo que transmiten los calentólogos, el calor no es el detonante de los incendios, aunque sí una condición imprescindible para su expansión. Las causas son en más de un 90% de origen humano.

Por un lado, el exceso de vegetación, debido al abandono del campo y, sobre todo, a que en estos dos últimos años las lluvias han sido más abundantes de lo habitual, pese a haber entrado en la era de la ebullición, como la anunció el secretario general de la ONU, el portugués Antonio Guterres. Esa humedad ha causado un crecimiento de la vegetación, que no se consume (alimento para el ganado, combustible para los humanos), y al secarse se ha convertido en pasto.

Por otro lado, junto a la despoblación, están las trabas burocráticas para laborar en los montes. Ninguna ley prohíbe desbrozar, meter el ganado, retirar pasto seco o árboles caídos, ni cortar cañas en los cauces de los ríos, pero las autoridades autonómicas y las confederaciones hidrográficas exigen tanto papeleo para conceder los permisos que éstos o no llegan o se dejar de solicitar por cansancio.

Y, por último, las causas de los incendios son en un 90% humanas: dolosas (venganzas, rencillas, piromanías y hasta trabajadores que quieren asegurarse unos meses más de empleo), negligentes (hogueras mal apagadas, quemas de rastrojos) y accidentales (chispas originadas por el manejo de maquinaria). Durante las olas de fuegos, la Policía siempre detiene a pirómanos e incendiarios, pero pocos son condenados y, encima, a las penas leves establecidas por el Código Penal.

En ningún punto de esta lista aparece el «cambio climático». Sin embargo, si las autoridades parten de que el aumento imparable de las temperaturas conduce a incendios más virulentos y mayores destrucciones, ¿por qué entonces no han hecho nada desde el verano pasado en cuanto a la simplificación de normativas, la contratación de brigadas, la disposición de medios de extinción o la gestión de montes? ¿Se debe a que hay que mantener otro negocio, similar al de la inmigración, como es el de la lucha contra el cambio climático?

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