«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Administración Trump la sancionó por su «antisemitismo descarado»

Sánchez y Albanese se merecen mutuamente: la condecoración que quedará para la historia de la infamia

Pedro Sánchez y Francesca Albanese. Europa Press

El jueves por la mañana, en el Palacio de la Moncloa, Pedro Sánchez le impuso a Francesca Albanese la Orden del Mérito Civil. El gesto fue presentado por el gobierno español como un acto de defensa del derecho internacional y del multilateralismo. Fue, en realidad, algo bastante turbio: la consagración oficial de una alianza entre un político acorralado que necesita enemigos para sobrevivir y una propagandista que necesita legitimidad para seguir operando. Una comunión de dos infamias.

Que Sánchez condecora a Albanese no es noticia que sorprenda a nadie que haya seguido la deriva antiisraelí del gobierno español, especialmente desde el 7 de octubre de 2023. Lo que sí vale la pena hacer frente a la fotografía circula por el mundo, es detenerse a examinar con rigor quién es exactamente Francesca Albanese, qué ha dicho y hecho, y por qué el jefe del Ejecutivo español consideró oportuno premiarla. La acumulación de gestos no es casualidad.

Francesca Albanese ocupa desde el año 2022 el cargo de Relatora Especial del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Se presenta a sí misma como «abogada internacional de renombre». Sus admiradores en Princeton, Georgetown, la SOAS de Londres o la Universidad Erasmus de Róterdam la han descrito como poseedora de «sólidas sentencias jurídicas» y de informes «meticulosamente fundamentados en el derecho internacional». Nada de esto resiste el más elemental escrutinio.

Albanese obtuvo una licenciatura en la Facultad de Derecho de la Universidad de Pisa en 2001 y, cinco años después, una maestría de un año en la SOAS de Londres. Esta última institución es conocida por su enfoque tercermundista del derecho internacional, según el cual la jurisprudencia internacional sirve esencialmente a intereses coloniales occidentales. La propia Albanese agradeció públicamente al cuerpo docente de la SOAS por haberle proporcionado el conocimiento para comprender lo que denominó «el pecado original del derecho internacional y su uso como herramienta de colonización e imperialismo».

Pero a pesar de llevar más de dos décadas en condiciones de presentarse a los exámenes de calificación para ejercer como abogada, nunca lo ha hecho. No está colegiada ni es, en sentido técnico, abogada. Es una activista con título que ha conseguido que el mundo la llame «abogada internacional» por la pura fuerza de la repetición.

El problema con Albanese no es únicamente su falta de credenciales. Es lo que ha hecho con el poder que, a pesar de esa falta de credenciales, le fue conferido. En febrero de 2026, en un evento organizado por Al Jazeera y financiado por Qatar, uno de los principales patrocinadores y protectores de Hamás, declaró que la humanidad tiene un «enemigo común», señalando hacia Israel. La Administración Trump ya la había sancionado por su «antisemitismo descarado» y su campaña contra Estados Unidos e Israel.

En octubre de 2025, según documentó UN Watch, Albanese reposteó un comentario que describía a Israel como «la encarnación del mal» y elogiaba a los criminales ayatolás iraníes como moralmente superiores. Defendió públicamente a una restauradora italiana que había expulsado a una familia israelí con niños de su local por ser «sionistas». Se negó a condenar grafitis antisemitas aparecidos en el barrio judío de Roma tras manifestaciones propalestinas y, en cambio, aprovechó el momento para redirigir la atención hacia la comunidad judía como si fuera la parte agresora. Comparó la guerra defensiva de Israel en Gaza con el Holocausto, minimizando el papel de las cámaras de gas: «no necesitás cámaras de gas para tener genocidio», declaró, utilizando el sufrimiento de seis millones de judíos asesinados como arma retórica contra el Estado judío.

Pero el último y más repugnante episodio ilustra cabalmente hasta dónde puede llegar el delirio israelofóbico cuando pierde todo freno. En abril de 2026, difundió la calumnia de que Israel entrena perros para violar a detenidos palestinos. Albanese dio crédito a esta acusación, que no tiene ni una sola prueba verificable, y que fue construida sobre supuestos testimonios anónimos que obviamente son imposibles de contrastar y que fue originada por Euro-Med Human Rights Monitor, una organización con un largo historial de teorías conspirativas antiisraelíes. HonestReporting demostró que la afirmación es no sólo mentira sino imposible, delirante y absurda. Pero la verdad nunca detuvo a los conspiracionistas y menos a aquellos cuya existencia depende de difundir mentiras.

Cuando se propagan calumnias de esta naturaleza desde un cargo de la ONU, no estamos ante diferencias de criterio sino ante el resurgimiento descarado de la vieja tradición de la difamación a través de libelos de sangre, aquellas acusaciones de crímenes monstruosos e imposibles atribuidos al pueblo judío, reciclada para el consumo de las hordas antioccidentales actuales. Antes se acusaba a los judíos de usar la sangre de niños cristianos en rituales. Hoy se los acusa de usar perros en las celdas de sus prisiones. La estructura del libelo es idéntica.

Su informe «Anatomía de un genocidio», presentado ante el Consejo de Derechos Humanos en 2024, fue el trabajo más celebrado de Albanese. Fue también, técnicamente, uno de los más deshonrados.

Las cifras de víctimas que Albanese utilizó como evidencia de «patrón genocida» provenían del Ministerio de Salud de Gaza y de la Oficina de Información del Gobierno de Gaza. Ambas instituciones están controladas por Hamas, la organización terrorista que ha gobernado Gaza en régimen de dictadura desde 2007, año en que se impuso por la fuerza sobre la Autoridad Palestina, asesinando a rivales de Fatah y aplastando cualquier oposición interna. Se trata del mismo grupo que el 7 de octubre de 2023 masacró a 1.200 personas, violó sistemáticamente a mujeres israelíes y tomó a cientos de civiles como rehenes.

Albanese afirmó que el 70% de los muertos en Gaza eran mujeres y niños, presentando este dato como prueba de intención genocida. En mayo de 2024, la propia OCHA de la ONU desmintió esas cifras y revisó sus estimaciones al alza para los combatientes varones. Albanese no modificó su informe. Siguió citando el 70% en conferencias públicas después de que los datos fueran reconocidos como incorrectos por el organismo del que los había extraído.

Ni Sánchez, ni Albanese, ni la criminal turba propalestina que marcha por las capitales europeas con banderas de Hamás y Hezbolah han condenado jamás que esas estadísticas vengan de una dictadura terrorista porque la cifra sirve para su relato. Sobre la acusación de «hambruna deliberada», el informe de Albanese ignoró por completo el trabajo del Programa Mundial de Alimentos (la mayor organización antihambre del sistema de Naciones Unidas) que en febrero de 2024 había informado al Consejo de Seguridad que el sur de Gaza contaba con alimentos suficientes y que el problema central era la seguridad de los convoyes que eran atacados y robados por Hamas. Ignoró también los datos oficiales que muestran que entre finales de marzo y julio de 2024 entraron a Gaza casi 400.000 toneladas de alimentos, suministros médicos y materiales de refugio.

Pero fue la maquinaria mediática propalestina la que construyó el relato visual de la hambruna, y conviene detenerse en uno de sus episodios más vergonzosos de los últimos tiempos. En julio de 2025, medios como The New York Times, CNN, NBC News, The Guardian y la BBC publicaron en lugar prominente la imagen de Mohammed al-Mutawaq, un niño de 18 meses con apariencia extremadamente delgada, presentándolo como prueba visual del «genocidio por hambre» que Israel estaría perpetrando en Gaza. Las fotos circularon masivamente en redes sociales como símbolo de la barbarie israelí.

Hubo un problema: el niño no sufría desnutrición causada por el bloqueo israelí. Sufría una enfermedad muscular de origen neurológico preexistente que requería desde su nacimiento fórmulas especializadas y fisioterapia. Su hermano y su madre eran perfectamente normales, pero las fotografías publicadas habían sido encuadradas cuidadosamente para no mostrarlos. Fue el periodista de investigación David Collier y la organización HonestReporting quienes destaparon las inconsistencias en el conjunto de imágenes. Una investigación de The Free Press reveló que al menos una docena de las imágenes virales más difundidas sobre «la hambruna en Gaza» correspondían a niños con fibrosis quística, raquitismo u otras enfermedades preexistentes graves, presentados sin ese contexto médico esencial. Las desmentidas, como siempre, tuvieron una fracción de la audiencia de las acusaciones originales. El relato de la hambruna ya había hecho su trabajo.

Albanese incorporó la narrativa de la hambruna a su informe sin citar al PMA y sin mencionar ninguna de las complejidades logísticas documentadas por la propia ONU. En su lugar, citó a un colega «experto» que declaró al blog activista antiisraelí Mondoweiss que «nunca en la historia moderna» se había visto a una población sufrir hambre tan completa y tan rápida, ignorando de paso décadas de sitios del siglo XX que causaron millones de muertos.

Parece increíble a esta altura tener que señalar algo que el relato de Albanese, Sánchez y el resto de la islamoizquierda omiten: Hamás es una organización terrorista que desde 2007 gobierna Gaza como una dictadura sin elecciones, sin libertad de prensa, sin derechos para las mujeres, sin tolerancia para la homosexualidad (que castiga con la pena de muerte), y cuyos líderes vivían en la mayor opulencia y apañados por el establishment “anticolonialista” global.

Hamas, que atacó Israel el 7 de octubre de 2023, ejecutando la masacre más sangrienta de judíos desde el Holocausto y que además de cometer las mayores atrocidades imaginables construyó su red de túneles de combate debajo de hospitales, escuelas y mezquitas para usar a mujeres, enfermos y niños como escudos humanos, felicitó a Pedro Sánchez por su accionar frente a la guerra. Por su parte, Albanese incluso pidió públicamente que se retire a Hamas de la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea. Es la persona que recibe hoy la Orden del Mérito Civil del gobierno español.

Sánchez descubrió el infinito beneficio que obtiene de atacar a Israel y a Trump dentro de su electorado de izquierda y en las comunidades de origen musulmán cuyo voto corteja y está expandiendo a toda velocidad. Viene explotando esa veta con una sistematicidad que resulta coherente, aunque repugnante.

La condecoración de la Orden del Mérito Civil no es más que el último eslabón de esta cadena. En su huida hacia adelante, este acto brinda legitimación a Albanese exigiendo que se active el «Estatuto de Bloqueo» para blindar a Albanese, al tiempo que pone presión a Bruselas a sabiendas del terror que los mandatarios europeos tienen de ofender a las comunidades de inmigrantes cuyo fidelidad al islamismo es infinitamente superior que a cualquier gobierno europeo.

Pero si el inefable mandatario español se hace el desentendido, es necesario recordarle que de sus actos surgen consecuencias. El crecimiento del antisemitismo en España está desbordado, los incidentes antisemitas ya son parte del cotidiano. Sólo este fin de semana, Barcelona padeció una orgia de sangre a manos del terrorismo islamista que la condecorada por el Sr. Sánchez justifica y blanquea. La foto de la condecoración a Albanese quedará para la historia de la infamia, las fotos de los apuñalamientos en las calles españolas quedarán como el legado del gobierno del PSOE.

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