«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
El país tiene ya la energía más cara de Europa

Alemania transmite en directo la voladura de su última central nuclear mientras colapsa su economía

Central nuclear en Alemania. Redes sociales

No todos los días puede verse en directo, en la televisión, el suicidio de una gran potencia económica. Pero eso es lo que pudieron ver los televidentes alemanes en directo al asistir a la voladura de las últimas torres de refrigeración de la última central nuclear alemana en Gundremmingen (Baviera), que generaba la cuarta parte de toda la energía del estado. A las 12:01 del mediodía, la energía nuclear pasaba a la historia en la antaño «locomotora europea».

Fue un acto meramente simbólico. Aunque se podría haber reactivado en cuatro años, la central ya había cerrado sus reactores en 2017 y 2021.

Alemania, hasta hace poco corazón industrial de la Unión Europea, tiene ya la energía más cara de Europa por culpa de un credo ecologista que está destruyendo sus perspectivas económicas. Este hito del pasado sábado se produce poco después de que Hamburgo, capital de la industria alemana, votara su propia industrialización en un plazo de quince años. Una de cada cinco empresas municipales de servicios públicos en Alemania espera desmantelar toda su red de gas natural para 2045. Alemania se suicida.

Es un problema político que ignora el auge renovado de la energía nuclear en el resto del mundo. En el mundo hoy operan unos 440 reactores nucleares con una capacidad total de aproximadamente 390 GW, generando aproximadamente el 9% de la electricidad mundial. Y si tenemos en cuenta los programas nucleares en Asia, esta proporción podría alcanzar el 12% para 2040, con un crecimiento de la capacidad total de aproximadamente el 87 %, hasta alcanzar los 746 GW.

Toda esta locura suicida es hija de una ideología verde que ha envenenado la política alemana antes de que llegara al resto de Occidente, a partir ya de la década de los Sesenta del siglo pasado. Gracias a un incansable trabajo mediático, la construcción de una poderosa red de ONG y su influencia en escuelas y universidades, impulsada por el shock del accidente en la central nuclear japonesa de Fukushima como consecuencia de un tsunami, lograron integrar tanto el movimiento climático como el antinuclear en los programas de todos los partidos principales.

Ninguno de los partidos políticos que gobernaron durante las últimas décadas está libre de pecado, todos adoptaron los ideales ecosocialistas de una política energética centralizada, la destrucción de la energía nuclear, la lucha contra el motor de combustión, que avanzaba tecnológicamente cada año, y una absurda obsesión regulatoria bajo la agenda climática de cero emisiones netas.

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