La cumbre climática COP30 ha arrancado esta semana en Brasil sin la presencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y con una Unión Europea cada vez más dividida, desorientada y sumida en su propio discurso contradictorio. Durante décadas, Bruselas ha presumido de «liderazgo verde» mientras dependía de Washington para sostener su papel internacional. Pero esta vez, con Trump fuera del escenario, el bloque comunitario queda expuesto: sin rumbo, sin aliados y con una industria que no puede soportar los costes de su propia agenda climática.
Trump ha optado por desmarcar a Estados Unidos del espectáculo político en que se han convertido las cumbres del clima. No es la primera vez que el presidente estadounidense rechaza participar en una cita de estas características. Ya durante su primer mandato, calificó el Acuerdo de París como un pacto «injusto» que castigaba a las economías productivas mientras dejaba impunes a los mayores contaminadores del planeta, empezando por China. Su ausencia vuelve a evidenciar lo que muchos ya reconocen en privado: las COP se han transformado en plataformas de propaganda ideológica más que en foros eficaces para mejorar el medio ambiente.
Mientras tanto, la Unión Europea llega a Belém dividida y sin liderazgo. Los gobiernos europeos, presionados por un creciente descontento social y por el deterioro de sus sectores industriales, han empezado a desmantelar las mismas políticas verdes que hace unos años presentaban como ejemplo mundial. Alemania, Francia e Italia discuten sobre cómo ralentizar la descarbonización sin hundir más su economía, mientras Bruselas insiste en una retórica vacía que ya ni sus propios ciudadanos creen.
El responsable de clima de la Comisión Europea, Wopke Hoekstra, ha insistido en que la UE «redobla sus esfuerzos», pero el bloque ni siquiera logró acordar a tiempo sus nuevos objetivos para 2035. Lo que iba a ser una muestra de liderazgo se ha convertido en una exhibición de torpeza burocrática y división interna.
Al otro lado del planeta, China aprovecha la confusión europea para marcar el paso. Pekín, responsable del 30% de las emisiones mundiales, ha prometido una reducción de entre el 7% y el 10% para 2035, una cifra irrisoria si se compara con la magnitud de su contaminación. Sin embargo, Bruselas —incapaz de exigir nada concreto— se limita a reprocharle a medias su falta de compromiso. Cuando Hoekstra calificó los objetivos chinos de “decepcionantes”, el régimen comunista respondió acusando a Europa de “doble rasero”. Y no le falta munición: mientras Europa predica sobre sostenibilidad, su dependencia de las importaciones chinas en sectores clave como los paneles solares o los coches eléctricos deja claro quién manda en la “transición verde”.
El bloque, atrapado entre sus promesas climáticas y su crisis económica, llega a la COP30 con el discurso vacío y las manos atadas. Mientras Europa se autoflagela con más regulaciones, China continúa levantando centrales de carbón y multiplicando su producción industrial. La diferencia es clara: Pekín defiende su crecimiento; Bruselas sacrifica el suyo.
El contraste entre ambos modelos deja en evidencia lo que Trump advirtió hace años: la política climática global no es un esfuerzo equilibrado, sino un mecanismo diseñado para debilitar a las economías occidentales mientras se blanquea el poder de las dictaduras más contaminantes del planeta.