«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Se aprobó el 25 de septiembre de 2015

Diez años de la Agenda 2030, la trampa geopolítica apoyada por PP y PSOE que está arruinando a Europa

Ursula Von der Leyen. LA GACETA

No hay peor mentira que una verdad a medias, como cuando el eurodiputado del PP y exministro José Manuel García-Margallo se refirió a la Agenda 2030 como «el evangelio». La afirmación de Margallo es sólo cierta en un sentido: en que hay que aceptar la Agenda por fe.

Pero se trata de una fe más ciega de la que exige creer en el Evangelio, porque no se nos pide creer lo que no vemos, sino incluso creer lo contrario de lo que vemos. Y lo que vemos, especialmente en nuestro país pero también en todos los de nuestro entorno, es que las consecuencias del cumplimiento de la Agenda han sido empobrecimiento, pérdida de competitividad, aumento de las desigualdades, mayor control social y restricción de libertades personales.

Pero España no constituye un caso excepcional. La locomotora alemana se ha parado, y el propio canciller Merz ha firmado el certificado de defunción del Estado del Bienestar en la primera economía europea tras el desmantelamiento de su industria. Francia coquetea con el rescate, con una deuda disparatada, y Gran Bretaña está al borde de la quiebre técnica.

Los resultados de la Agenda, muy especialmente en su apartado «climático», hacen pensar que se trata de una trampa geopolítica para hundir a Occidente. El año pasado, el conjunto de los países de la Unión Europea lograron reducir sus emisiones de carbono un 3,8%, en 101 millones de toneladas. Quizá no sea para tirar cohetes, y conseguirlo ha supuesto un empobrecimiento objetivo, pero algo hará por el planeta, ¿no?

Más bien no, si en ese mismo periodo China aumenta las emisiones en 23 millones de toneladas e India, en 132 millones. Incluso si uno cree a pies juntillas todo el dogma climático emanado del IPCC de la ONU, la conclusión es que Europa ha castigado fatalmente a su industria y a su sector primario absolutamente para nada. Globalmente, el resultado se ha visto este verano en la fotografía de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái celebrada en Tianjin, China, una apoteosis triunfal de los países del llamado ‘Sur Global’.

Pero tampoco podemos contar con el hegemón de Occidente. Estados Unidos se ha salido del Pacto de París para la reducción de emisiones, está promoviendo el desarrollo de su sector petrolero —«Drill, baby, drill— y el propio presidente Trump dijo este martes ante la Asamblea de Naciones Unidas que el «cambio climático» antropogénico es «la mayor estafa que se ha perpetrado en el mundo”.

Eso debería poner punto final a todo el proyecto. Aunque los alarmistas climáticos tengan «razón» en todos sus modelos, la propia teoría implica que los sacrificios de una parte —una parte no especialmente significativa para el resultado global— se vuelven inútiles si los demás bloques no hacen lo mismo.

Y los países del Sur Global no hacen lo mismo. Y no es que China, por poner el ejemplo más señalado, no avance en el desarrollo de energías renovables, al contrario: es pionera en su implantación y lidera en la extensión de parques eólicos y solares. Es sólo que adapta el modelo a sus necesidades de desarrollo, no a una Agenda impuesta desde fuera. Para China, como para el resto de países en ascenso, la Agenda 2030 es la herramienta perfecta para librarse de la competencia occidental.

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