Por el valle de la muerte cabalgan los seiscientos del regimiento de caballería de Alcántara. Asistimos al desastre de Annual. El general Silvestre ordena una retirada caótica cuando está sitiado por el enemigo rifeño, que le dobla en número. Las tropas españolas retroceden hacia Melilla entre el fuego cruzado de los rebeldes de Abd el-Krim. Las bajas son elevadísimas. En mitad del caos los jinetes de Alcántara cargan hasta siete veces contra el enemigo —la última, con los caballos extenuados, al paso— para detener su empuje y salvar a miles de los nuestros que huyen despavoridos. Mueren 551 jinetes de los 691 que componen el regimiento. Sus cadáveres se pudren a orillas del río Igán, un secarral infame a estas alturas del verano.
El ejemplo de los seiscientos de Alcántara ha pasado a la historia como paradigma del sacrificio y la entrega hacia los demás. Un siglo después a España la gobierna un hombre que invierte la lógica del cumplimiento del deber. Sánchez se aferra al poder contra el bien general de la nación. Su tenacidad para seguir en el cargo no es abnegación ni sacrificio, sino la huida hacia adelante del forajido que es descubierto asaltando un banco.
Sánchez se va de vacaciones con más imputados (126) que diputados (121), con su fiscal general condenado, su hermano condenado, su ministro y secretario de organización condenado. Su mujer imputada, al igual que Zapatero, embajador del cártel y ministro sin cartera, tan impune se siente que convierte a sus hijas —cobran tres años sin pegar un palo al agua— en algo muy parecido a un testaferro. Y las joyas, como las manadas extranjeras, sin papeles.
Sánchez también se marcha dejando atrás a 46 muertos en Adamuz y uno en Barcelona. El dinero que no va a las vías del tren acaba en mordidas y prostitutas. La alta velocidad, siempre impuntual, groseramente lenta, es un lejano recuerdo del pasado. Los servicios públicos funcionan cada vez peor. Hay una falla general en el sistema.
A estas alturas sólo un iluso podría creer que la corrupción golpea o salpica a Sánchez de forma fortuita, que él no sabe nada. Todas las tramas le benefician o parten directamente de su entorno. Como el asalto a la Guardia Civil, divisa manchada, que sigue bajo el mando de una directora enfangada en la cloaca que torpedea las investigaciones sobre la porquería en el PSOE.
Con esta hoja de servicios cualquier otro presidente habría caído. Pero hay que entender el contexto. Cuando el wokismo retrocede y el globalismo afloja en todo occidente, Sánchez ha visto la oportunidad de erigirse en el clavo ardiendo de todos los poderes supranacionales. Para las élites Sánchez no es un corrupto ni el líder de una cloaca, es el último presidente del mundo libre que apuesta su destino al antitrumpismo, que desafía a Washington en los foros internacionales porque España —asegura–– no alcanzará el gasto en defensa que asumen todos los miembros de la OTAN.
Él va por otro lado. Más políticas verdes. España arde, y aunque sepamos que la inmensa mayoría de los fuegos son intencionados o por imprudencias, Sánchez anuncia 300 millones de euros para luchar contra el cambio climático. Ata de manos a los hombres del campo, de modo que si la maleza aviva el fuego que provoca un pirómano la culpa es del cambio climático. Aunque parezca increíble, este relato triunfa en los salones del Ibex 35 y los grandes poderes internacionales.
Digámoslo claro. Fuera de nuestras fronteras Sánchez tiene un buen cartel. En los últimos años leemos elogios en The New Yorker o The Economist. Macron, Merz, el dimitido Starmer… todos le tienen en gran estima. Hasta Von der Leyen, jefa de Feijoo, se refiere a él como «querido» cuando es investido presidente en noviembre de 2023.
Sánchez no ha descubierto la pólvora, pero sabe cuál es su camino y tiene una evidente habilidad para llegar y conservar el poder. Le echaron de su partido y después derrotó al aparato socialista, eso sí, amañando las primarias. Alguien que es capaz de semejante hazaña, con todos los respetos, no puede temer ni una pizca al dúo Feijoo-Tellado.
Además, Sánchez, superviviente nato, vio en Zapatero mucho más que un expresidente. Las vías por las que transita P.S. las levantó su predecesor. Desde las alianzas internacionales hasta los socios separatistas, Bildu-ETA incluidos. Desde la ideología de género al fanatismo climático. El mundo que construye Zapatero nada tiene de revolucionario, por más que algunos despistados traguen la engañifa del puño alto en Rodiezmo, los pañuelos palestinos y la retórica obrerista. El respaldo de la oligarquía internacional es firme. Los grandes bancos, los fondos de inversión que especulan con la vivienda y los organismos como la ONU patrocinan todos sus disparates ideológicos.
Todo esto contribuye al relato de que Sánchez es el último bastión del progresismo internacional que planta cara a Trump. De puertas hacia adentro la abundante propaganda gubernamental nos presenta a David luchando contra Goliat. Hay más culpables. La emisora episcopal hace esfuerzos sobrehumanos por salvar al PSOE bueno y apoya la regularización masiva de más de un millón de inmigrantes. Igual que los sindicatos y la patronal. Todos de la mano.
A Sánchez, en definitiva, le sostienen todos esos partidos que censuran y amenazan a quienes se oponen a la invasión. Los que levantan el dedito al currela que se queja del deterioro de su barrio. Los que mantienen en vigor un pacto en Bruselas. Los que se reparten el TC que luego indulta a los socialistas andaluces condenados por los ERE. Los que se reparten a los jueces del CGPJ que después ataca al magistrado que dicta un auto desfavorable al PSOE.
Sánchez resiste a pesar de la corrupción. Por eso, basar la oposición en resumir sentencias judiciales y esperar a que pase su cadáver es la garantía de otro verano azul que no será.