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Es quinta fuerza del Parlamento

El Movimiento Campesino-Ciudadano se asienta en Países Bajos con su apelación al «bien común»

Protesta de los granjeros de Países Bajos. Europa Press

Las noticias sobre la victoria del Partido por la Libertad («Partij voor de Vrijheid» o PVV) de Geert Wilders en las recientes elecciones de Países Bajos han eclipsado el resultado del Movimiento Campesino Ciudadano («Boer Burger Beweging» o BBB), que se establece como quinta fuerza del Parlamento neerlandés. Mientras que Wilders lleva veinte años haciendo crecer lentamente a su partido, el BBB ha alcanzado grandes éxitos en apenas cuatro años de vida. Nació en 2019, al calor de las protestas de los granjeros holandeses, que bloquearon con sus tractores las principales carreteras del país y amontonaron paja y abono en ciudades, sedes institucionales y aeropuertos.

La causa originaria que propició tanto las protestas como la formación del BBB fue la llamada «crisis del nitrógeno». La Unión Europea y el poder judicial de los Países Bajos decidieron que los granjeros debían someterse inmediatamente a restricciones y expropiaciones para reducir las emisiones contaminantes del país. La noticia indignó a una población rural que desde 1990 se había esforzado más que nadie por reducir sus emisiones contaminantes en casi dos tercios. Durante esos años, el mundo rural no recibió a cambio más que abandono y fuga de inversiones hacia las grandes ciudades. El movimiento campesino ha percibido que se quiere castigar a una comunidad esforzada y cumplidora, mientras que apenas se piden cuentas a los grandes focos de contaminación: multinacionales extranjeras como siderurgias de la India (Tata), químicos de EEUU (Dow), agroindustria de Singapur (Olam) o refinerías de capital británico (Shell y BP).

La causa de los granjeros ha llegado a contar con casi el 90% de comprensión y apoyo entre el electorado holandés. Ello se ha reflejado en una buena trayectoria electoral del BBB: el pasado marzo ganó las elecciones provinciales convirtiéndose en el primer partido en la historia de los Países Bajos en obtener la mayoría del voto en las doce provincias; en mayo fue el partido mayoritario en las elecciones al Senado. En la cita electoral de hace unos días han tenido un resultado más modesto porque la cuestión del nitrógeno ha perdido peso en el debate público, sustituido por temas como la crisis migratoria (lo que ha contribuido al éxito del anti-inmigración Wilders).

Además, más de un tercio de la intención de voto al BBB la «ha robado» un partido recién fundado: el Nuevo Contrato Social («Nieuw Sociaal Contract» o NSC). El BBB y el NSC comparten un mismo espacio, que podríamos definir de forma algo paradójica como «centrismo antisistema» («centrist outsiders», según el politólogo holandés Cas Mudde). Critican duramente a la clase política (nacional y europea) y quieren reformar el sistema de forma radical («de raíz»), pero no se identifican con la extrema izquierda ni la extrema derecha, sino que apelan a la mayoría de la población para lograr cambios profundos, pero razonables, pacíficos y democráticos. Buscan, desde la transversalidad, transformaciones de tan hondo calado como: reformar la ley electoral, distribuir la propiedad privada que se acumula en pocas manos y oponerse a los intentos de la Unión Europea de concentrar más soberanía arrebatada a las naciones.

Tanto el BBB como el NSC apelan a una escuela de pensamiento más allá de la izquierda y la derecha: el comunitarismo, la idea del bien común por encima del provecho individual. El BBB se refiere al «noaberschap» (término del dialecto rural oriental que se refiere a la solidaridad vecinal), mientras que el NSC se inspira en el «personalismo» cristiano de «ayudar al prójimo». En sus varias vertientes, el comunitarismo constituye un nuevo bloque político fundamentalmente opuesto al modelo neoliberal (que impera en los Países Bajos desde los 90), que no concibe al país como una comunidad orgánica, sino como una empresa: «the Netherlands Corp», como decía el primer ministro Mark Rutte.

Esta nueva oposición es difícil de comprender para quienes aún buscan encajarlo todo en el viejo eje de izquierdas y derechas. En los Países Bajos (y en buena parte de Occidente) la izquierda ya no se identifica con la defensa del pueblo trabajador, sino de élites urbanas y académicas. La derecha, por su parte, ya no se identifica con la defensa de la patria, sino de las instituciones supranacionales. La «crisis del nitrógeno» es un ejemplo de manual: es la izquierda quien más promueve recortes contra el campesinado holandés (igual que la izquierda alemana contra el pequeño comercio alemán, o la izquierda británica contra los conductores de los suburbios londinenses). Y es la derecha (el VVD de Rutte) quien ejecutó el plan de la Unión Europea contra su propio interés nacional.

Por eso el BBB deja obsoleto todo esquema binario. El diario británico The Guardian los describe como «un partido con tendencias derechistas pero elementos izquierdizantes». Lo cierto es que, desde que entró en el Parlamento con un único asiento en 2021, el BBB ha votado junto con las fuerzas de izquierda en cuestiones socio-económicas (desde sanidad hasta políticas de juventud, pasando por aumentar el salario mínimo y subir los impuestos a las grandes empresas). Pero también ha votado con las derechas en cuestiones culturales y políticas (como las restricciones a la inmigración masiva). El resultado es que, según la revista socialista estadounidense Jacobin, «el BBB consigue votos de la extrema derecha conservadora y de la extrema izquierda progresista», dos caladeros electorales cada vez más amplios pero que parecían difícilmente conectables entre sí. La trayectoria del BBB, su éxito, sus nuevos planteamientos políticos y sus posibilidades de inspirar e influenciar a otros movimientos en Europa hacen necesario un seguimiento atento del BBB.

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