«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Los supervivientes que han declarado estos días reviven su trauma

El terrorista saudí que mató a seis en el mercado navideño de Magdeburgo intenta boicotear su juicio con gritos y teorías delirantes sobre las víctimas

Taleb al-Abdulmohsen. Redes Sociales.

Taleb al-Abdulmohsen, el terrorista saudí que mató a seis personas —cinco mujeres y un niño— y dejó más de 300 heridos al embestir con su coche el mercadillo navideño de Magdeburgo en diciembre de 2024, ha convertido la vista oral en un espectáculo grotesco. Desde el banquillo, instalado en un cubículo de cristal por motivos de seguridad, interrumpe, grita, se burla de los supervivientes y llega incluso a poner en duda las causas de muerte de una de sus víctimas, asegurando que podía haber fallecido «por coronavirus» y no por su ataque.

El fiscal le imputa 338 intentos de asesinato. Pese a ello, el acusado —médico durante años en Alemania gracias a un título obtenido en circunstancias fraudulentas— mantiene una actitud desafiante y descontrolada. La jornada del jueves estalló cuando trató de manipular la declaración del forense Gerald Brenecke, quien detalló las lesiones mortales de la víctima de 45 años, Nadine L. Al-Abdulmohsen aprovechó para lanzar su teoría delirante sobre el Covid, provocando la furia de los abogados de las familias. «Las víctimas no tienen por qué escuchar esta basura», estalló uno de ellos.

El juez trató de frenar al terrorista, pero recordó que, por ley, no puede limitar su derecho a interrogar a los testigos para evitar que el proceso pueda ser anulado en apelación. La sala, llena de víctimas y familiares, escucha estas escenas con una mezcla de indignación y agotamiento emocional.

Los supervivientes que han declarado estos días reviven su trauma. Anne Kathrin H., la primera víctima en testificar, rompió a llorar mientras recordaba cómo el coche los arrolló a ella y a su marido: «Todo se volvió negro. Cuando desperté, vi a mi esposo llorando y diciéndome: ‘Estás viva’». Meses después, sigue en tratamiento psicológico; su marido aún cojea.

Otro testigo, Mario T., describió cómo intentó salvar a un niño que agonizaba en el suelo: «Había que reanimarlo. Su herida mostraba el hueso». Su esposa, desde entonces, apenas sale de casa. El testimonio del médico sirio Eyad I., que atendía un puesto en el mercadillo, reavivó la crudeza del ataque: “El niño sangraba sin parar. Me agarró y no me soltaba”.

Mientras tanto, el acusado continúa su comportamiento violento y provocador. Ha gritado, insultado y fingido una huelga de hambre —una farsa desmontada por periodistas que lo ven «en perfecta forma». El día anterior, funcionarios judiciales tuvieron que reducirlo físicamente dentro de su cubículo de cristal. Su micrófono permanece apagado buena parte del tiempo.

La torpeza de las autoridades alemanas vuelve a quedar en evidencia: pese a las amenazas públicas del saudí y a las advertencias de un servicio de inteligencia extranjero sobre su peligrosidad, logró ejercer como médico y circular libremente por el país. Hoy, los contribuyentes alemanes pagan un juicio multimillonario, apenas una fracción del coste anual de la inmigración masiva —más de 50.000 millones— que incluye alojamiento, subsidios, integración y mayores gastos policiales y de seguridad.

La tragedia de Magdeburgo no sólo destrozó vidas. También dejó al descubierto un país que refuerza a diario la seguridad de sus tradicionales mercadillos navideños, convertidos ya en potenciales objetivos del terrorismo importado.

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