«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Defendió proteger las tradiciones, la cultura y la cohesión social del país

Muere Brigitte Bardot, icono del cine condenada por alertar de la islamización de Francia: «Mi patria está invadida por una superpoblación de extranjeros»

Brigitte Bardot. Redes sociales

Brigitte Bardot fue el icono que todo lo revolucionó en aquella Francia que ya caminaba por delante del resto de Europa a mediados del siglo XX. Su irrupción en el cine alteró los códigos estéticos, morales y culturales de una época que aún se debatía entre la tradición y la modernidad. Aunque no fue su primer trabajo ante las cámaras, la película Y Dios creó a la mujer la convirtió en un fenómeno internacional y la elevó a símbolo absoluto de sensualidad, libertad y moda. En Francia, su nombre quedó ligado para siempre a la idea de la mujer más bella del siglo pasado.

Sin embargo, detrás del mito luminoso convivía una figura profundamente incómoda con la fama. En 1971, cuando anunció su retirada definitiva del cine, Bardot no disimuló su hastío hacia el estrellato. Llegó a despreciar abiertamente la notoriedad pública y confesó que su carrera se había sostenido únicamente en su apariencia física, una razón más que suficiente —según ella— para abandonar antes de que el sistema la descartara. Su relación con la imagen fue siempre conflictiva: cuanto más admirada era, más se sentía prisionera de las expectativas ajenas.

Lejos de los focos, construyó un legado distinto, ajeno al glamour cinematográfico. Desde hace décadas, su nombre está asociado a una defensa radical y constante de los animales, una causa a la que ha dedicado tiempo, dinero y prestigio personal. Bardot nunca ocultó que esta lucha ocupaba un lugar prioritario en su vida, incluso por encima de cualquier reivindicación humana o social. Sus palabras, directas y sin filtros, le granjearon tantos apoyos como enemigos.

En esa línea, protagonizó sonados enfrentamientos públicos. Criticó duramente a figuras del cine como Sophia Loren por promocionar abrigos de piel y denunció lo que consideraba una industria construida sobre el sufrimiento animal. Tampoco dudó en dirigirse al Papa Francisco para reprocharle que priorizara determinadas causas humanas mientras, a su juicio, se ignoraba de forma sistemática el maltrato animal.

Su vida personal, marcada por relaciones turbulentas y una maternidad que nunca idealizó, fue otro de los aspectos más controvertidos. Bardot habló sin rodeos de su embarazo y del rechazo que sintió hacia una experiencia que describió como traumática. Tras el nacimiento de su hijo, Nicolas, fue el padre quien asumió su crianza, una decisión que alimentó durante años la polémica mediática.

Con el paso del tiempo, su figura volvió al primer plano no por su pasado artístico, sino por sus posicionamientos políticos y sociales. En 2012 apoyó públicamente a Marine Le Pen, convencida de que representaba una alternativa firme frente a los problemas estructurales de Francia. Bardot no ocultó su simpatía por la dirigente del Frente Nacional y destacó su carácter y determinación en un contexto político dominado, según ella, por la tibieza.

Especial relevancia tuvieron sus opiniones sobre la inmigración y la identidad cultural francesa. Mucho antes de que estos debates ocuparan el centro de la agenda europea, Bardot alertó sobre lo que consideraba un proceso de islamización creciente en Francia. Sus declaraciones, lejos de ser coyunturales, respondían a una visión que defendió durante años: la necesidad de proteger las tradiciones, la cultura y la cohesión social del país. Con el tiempo, muchos han señalado que Bardot fue una de las primeras figuras públicas en detectar un fenómeno que no ha dejado de intensificarse.

Estas posturas le acarrearon varias condenas judiciales por incitación al odio, derivadas principalmente de cartas y comunicados en los que denunciaba prácticas religiosas que implicaban, a su juicio, un sufrimiento innecesario para los animales, como el sacrificio ritual durante el Eid al-Adha. Bardot calificó estas celebraciones como jornadas de violencia encubierta y exigió reiteradamente que se impusiera el aturdimiento previo de los animales, una reivindicación constante en su activismo.

A pesar de las multas y la censura social, nunca se retractó. Brigitte Bardot asumió el coste de hablar sin intermediarios ni correcciones políticas, convencida de que la libertad de expresión debía prevalecer incluso cuando resultara incómoda. Admirada, criticada y siempre polémica, su figura sigue siendo la de una mujer indomable que se negó a envejecer en silencio y que, décadas después de abandonar el cine, continúa influyendo en el debate público francés.

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