Reino Unido se adentra en un punto de inflexión histórico: por primera vez en su historia moderna, las muertes superarán de forma sostenida a los nacimientos a partir de 2026.
Así lo reflejan las últimas proyecciones oficiales de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONS), que anticipan un cambio estructural en la dinámica demográfica británica. El año 2025 será el último en el que los nacimientos superen, aunque ligeramente, a los fallecimientos.
A partir de entonces, la brecha crecerá progresivamente. Entre 2024 y 2034 se prevén 6,40 millones de nacimientos frente a 6,85 millones de muertes, lo que supone un déficit natural de alrededor de 450.000 personas en apenas una década.
Sin la aportación de la inmigración, la población británica ya estaría en retroceso. De hecho, el crecimiento proyectado —de 69,3 millones en 2024 a 71 millones en 2034— se sostiene casi exclusivamente por la llegada de población extranjera, con un saldo migratorio positivo estimado en 2,2 millones de personas.
Este fenómeno responde a dos tendencias profundas: la caída sostenida de la natalidad —con una tasa de apenas 1,4 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo— y el envejecimiento acelerado de la población, especialmente de la generación del «baby boom».
Las consecuencias son claras. Para 2034, el número de mayores de 65 años aumentará un 15%, mientras que la población menor de 16 años caerá un 13%. Menos jóvenes, más ancianos y una presión creciente sobre el sistema económico y social.
Este giro demográfico reabre el debate sobre el modelo de país: pensiones, sostenibilidad del sistema sanitario y mercado laboral dependerán cada vez más de decisiones políticas en materia migratoria.
Diversos centros de análisis ya advierten de que este escenario podría traducirse en más impuestos, retraso en la edad de jubilación o una dependencia estructural de la inmigración para sostener el crecimiento económico.