La fuga de dirigentes del ala conservadora británica hacia el partido soberanista Reform UK se acelera. La exministra del Interior Suella Braverman ha anunciado su salida del Partido Conservador para incorporarse a la formación liderada por Nigel Farage, apenas días después de que hiciera lo mismo el ex secretario de Justicia en la sombra Robert Jenrick.
Con este nuevo movimiento, Reform UK eleva a ocho su número de diputados en Westminster, cuatro de ellos procedentes directamente de las filas conservadoras desde las últimas elecciones generales. Braverman escenificó su fichaje en una comparecencia conjunta con Farage, donde aseguró sentirse «como en casa» y describió al Reino Unido como un país «roto», incapaz de controlar la inmigración, con los servicios públicos colapsados y sin autoridad ni seguridad para sus ciudadanos. En su discurso, contrapuso lo que calificó como una «gestión de declive» por parte de los conservadores con la necesidad de una ruptura política profunda.
La exministra no ocultó que su ruptura con los tories viene de lejos. Relató cómo fue bloqueada cuando intentó sacar al Reino Unido del Convenio Europeo de Derechos Humanos, una medida que consideraba imprescindible para recuperar el control fronterizo, y acusó a la dirección conservadora de haber fallado «cuando tenía mayoría, poder y deber». A su juicio, el partido ha preferido la comodidad del consenso institucional antes que cumplir sus promesas electorales.
Farage, por su parte, celebró el fichaje como un paso lógico y subrayó que Braverman aporta experiencia de alto nivel gubernamental a un proyecto que aspira a convertirse en la gran alternativa soberanista del país. La fotografía de ambos abrazándose en el escenario fue interpretada en Westminster como una imagen simbólica del trasvase definitivo del voto y del liderazgo conservador hacia Reform UK.
El movimiento se suma a una cadena de abandonos que ha dejado tocada a la actual dirección tory. Tras la salida de Jenrick y la posterior marcha de Andrew Rosindell, la sensación de purga interna y de descomposición estratégica se ha instalado en el partido. La líder conservadora Kemi Badenoch llegó a justificar estas salidas como una «limpieza», aunque en los corrillos parlamentarios crece la percepción de que el problema no es la deslealtad, sino la pérdida de identidad política.
Braverman fue aún más explícita al señalar a Farage como «el único político británico coherente» en materia de soberanía, inmigración y seguridad, acusando al establishment político y mediático de intentar silenciarlo durante años. Según la exministra, la deriva del Partido Conservador ha dejado huérfano a un electorado que ahora encuentra refugio en Reform UK.
Aunque Farage ha fijado el 7 de mayo, coincidiendo con las elecciones locales, como fecha límite para nuevas incorporaciones, la impresión general es que el trasvase aún no ha terminado. Reform UK se consolida así como el polo de atracción de antiguos ministros, altos cargos y cuadros ideológicos que consideran que el conservadurismo británico ha renunciado a gobernar con convicciones.
En Westminster ya nadie habla de un caso aislado: lo que se está produciendo es una reconfiguración del espacio político de la derecha británica, con Reform UK capitalizando el hartazgo de quienes creen que el Partido Conservador ha dejado de ser una herramienta para defender la nación, la soberanía y el control democrático.