Un crucero temático LGBTI con unos 2.000 pasajeros, en su mayoría varones homosexuales, se ha convertido en noticia internacional después de que Turquía y Egipto le denegaran la entrada a sus puertos en apenas unos días.
El buque Scarlet Lady, operado en un viaje organizado por Atlantis Events, tenía previsto hacer escala en Kuşadası y Estambul el pasado 7 de julio. Sin embargo, las autoridades turcas bloquearon la visita al considerar que el itinerario chocaba con los «valores morales», los «valores familiares» y las normas sociales locales.
Tras un recurso fallido, el barco fue desviado hacia Alejandría, en Egipto. Pero el 9 de julio las autoridades egipcias también rechazaron su entrada. El director ejecutivo de Atlantis, Rich Campbell, comunicó a los pasajeros que el crucero no haría escala en la ciudad egipcia y que se estaban buscando alternativas.
Dos países musulmanes cierran sus puertos
El episodio ha provocado un fuerte debate en redes sociales y medios internacionales porque rompe con uno de los grandes relatos del progresismo occidental: la idea de que la diversidad cultural y la tolerancia liberal pueden convivir sin fricciones con sociedades marcadas por códigos religiosos y morales profundamente distintos.
Ni Turquía ni Egipto prohíben formalmente las relaciones homosexuales en los mismos términos que otros países islámicos más duros, pero ambos rechazaron el atraque del crucero. El caso demuestra que incluso en Estados de mayoría musulmana considerados relativamente más seculares persisten fuertes resistencias sociales e institucionales frente a la agenda LGBT.
La decisión ha dejado al descubierto una contradicción incómoda: las élites occidentales promueven al mismo tiempo la inmigración masiva desde países de mayoría musulmana y una agenda LGBT cada vez más expansiva, aunque ambas realidades no siempre resultan compatibles en el terreno cultural.
El trasfondo religioso del rechazo
La hostilidad tradicional del islam hacia la homosexualidad se apoya históricamente en la interpretación de la historia coránica de Lot y en la jurisprudencia islámica posterior, que trató las relaciones entre personas del mismo sexo como una conducta prohibida fuera del matrimonio legítimo.
Aunque el Corán no establece de forma detallada una pena concreta para la homosexualidad, distintos sistemas jurídicos islámicos desarrollaron sanciones severas a partir de la tradición religiosa y legal.
En países como Irán, los actos homosexuales están penalizados y pueden acarrear castigos extremos. En Yemen, tribunales controlados por los hutíes han impuesto condenas de muerte, prisión o azotes por conductas vinculadas a la homosexualidad. En Afganistán, el régimen talibán ha recuperado castigos públicos por delitos sexuales, y en Arabia Saudí la actividad homosexual sigue siendo perseguida bajo un sistema inspirado en la sharía.
El caso del Scarlet Lady no se produce, por tanto, en el vacío. Responde a una distancia cultural y religiosa que buena parte del discurso occidental prefiere ignorar.