Los contagios de covid-19 ya habían iniciado su descenso cuando se decretaron la mayoría de confinamientos en Europa entre marzo de 2020 y marzo de 2022, según un análisis elaborado por estadísticos de la Universidad de Edimburgo a partir de datos oficiales de diez países europeos con cifras diarias fiables de fallecimientos.
El equipo ha reconstruido el momento probable de infección de quienes murieron por covid, calculando el intervalo medio entre contagio y aparición de síntomas, estimado en 5,8 días, y el tiempo posterior hasta el fallecimiento, que solía producirse unos 15 días más tarde. A partir de ese modelo, concluyen que en 15 de los 17 confinamientos decretados en ese periodo —incluidos los tres aplicados en Inglaterra— el pico de infecciones se había alcanzado antes de ordenar el aislamiento general de la población.
Sólo el primer confinamiento en Bélgica y el segundo en Italia precedieron al descenso de los contagios. En el resto de casos, entre ellos España, Portugal, Escocia, Países Bajos, Suiza o Dinamarca, la curva ya mostraba una tendencia a la baja semanas antes de la entrada en vigor de las restricciones más severas. En Suecia, país que optó por no confinar a su población, los picos de casos se registraron en fechas similares a las de los Estados que sí impusieron cierres.
El estudio, publicado en el Journal of the Royal Statistical Society Series A, sostiene que buena parte de la población había comenzado a modificar de forma voluntaria su comportamiento antes de que los Gobiernos decretaran el encierro obligatorio. El profesor Simon Wood, de la Escuela de Matemáticas de Edimburgo, afirma que los datos cuestionan la tesis según la cual adelantar los confinamientos habría salvado decenas de miles de vidas. En noviembre pasado, la investigación oficial sobre la gestión del covid en el Reino Unido apuntó, basándose en modelos del Imperial College London, que un cierre una semana antes podría haber evitado 23.000 muertes.
Wood rechaza esa conclusión y considera que se sobredimensionó el papel de los confinamientos totales. A su juicio, aunque las restricciones pudieron intensificar la bajada de casos, no resultaron determinantes para revertir las olas de contagio y respondieron en gran medida a una reacción política ante la presión social.
El trabajo también critica al Ejecutivo británico por, en su opinión, distorsionar deliberadamente el riesgo que el virus suponía para los jóvenes sanos. Recuerda una campaña institucional en la que aparecía una mujer de unos 25 años con mascarilla bajo el lema: «La llevo para protegerte. Por favor llévala tú para protegerme a mí». Los investigadores subrayan que desde etapas tempranas se conocía la enorme diferencia de riesgo en función de la edad. Según sus cálculos, una mujer de veintitantos años tenía más probabilidad de morir en una erupción de supervolcán —un fenómeno que ocurre aproximadamente cada 17.000 años— que de fallecer por covid.
El profesor Sir David Spiegelhalter, de la Universidad de Cambridge, coincide en que el riesgo de muerte por infección mostraba desde marzo de 2020 una marcada gradación por edad y se comportaba de forma proporcional al riesgo actuarial previo de cada individuo. En su opinión, el Gobierno evitó explicar con claridad esa realidad y optó por campañas de carácter general que apelaban al miedo. Como lección para futuras crisis sanitarias, sugiere que los modelizadores exploren un abanico más amplio de escenarios en lugar de centrarse casi exclusivamente en los supuestos más adversos.
Más allá del debate epidemiológico, los autores advierten de que el impacto económico derivado de la respuesta política a la pandemia podría terminar teniendo un coste en vidas superior al de las propias intervenciones sanitarias. Sostienen que el Ejecutivo superó en diez veces sus límites presupuestarios habituales para actuaciones médicas. Wood resume la tesis central del trabajo con una crítica directa: a su entender, se exageraron los riesgos del virus y se minimizaron los daños asociados a las medidas adoptadas.
El profesor John Ioannidis, de la Universidad de Stanford, considera que el estudio pone de relieve un relato pandémico difícil de sostener. Señala que la influencia de activismos, intereses y conflictos durante la crisis sanitaria dañó la credibilidad de la ciencia y alimentó tanto teorías conspirativas como posturas extremas enfrentadas.
No obstante, otros expertos llaman a la prudencia. El doctor John Dagpunar, de la Universidad de Southampton, reconoce que resulta relevante que la incidencia de infecciones mortales hubiera alcanzado su máximo antes de los confinamientos en la mayoría de países analizados, aunque matiza que ello no implica que las restricciones no debieran adoptarse si la prevalencia del virus había llegado a niveles peligrosos.
En la misma línea, el doctor Adrien Allorant advierte de que el argumento sobre el posible impacto letal de la recesión económica se basa en datos históricos que quizá no sean directamente extrapolables al contexto británico de la pandemia. Además, recuerda que las intervenciones no farmacológicas buscaban evitar la saturación de las unidades de cuidados intensivos, un riesgo inmediato durante los picos de infección. De haberse visto desbordado el sistema sanitario, sostiene, la mortalidad tanto por covid como por otras patologías habría aumentado de forma considerable.