«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La víctima fue Abanoub Youssef, un cristiano copto con ciudadanía italiana

Un marroquí apuñala hasta la muerte a un alumno en un aula italiana y la izquierda culpa a la «falta de educación emocional»

Zouhair Atif. Redes Sociales.

La tragedia ha vuelto a sacudir a Italia y el relato progresista no ha tardado en activarse. En el instituto profesional Einaudi-Chiodo de La Spezia, un joven de 19 años de origen marroquí, llegado a Italia por reagrupación familiar, apuñaló mortalmente en clase a un compañero. Lejos de asumir el debate sobre violencia importada, fallos de integración y seguridad escolar, buena parte del establishment mediático ha optado por culpar a la «falta de educación emocional» y a un supuesto «lenguaje de odio».

La víctima fue Abanoub Youssef, un cristiano copto con ciudadanía italiana. El agresor, Zouhair Atif, de 18 años, había mostrado conductas alarmantes con anterioridad. Compañeros relatan que portaba cuchillo, amenazó a otros alumnos y llegó a verbalizar en clase —cuando se pidió a los estudiantes que compartieran un «sueño»— que quería «saber qué se siente al matar a alguien». Nada detuvo a tiempo el desenlace.

El caso reabre un debate que la izquierda intenta sofocar: la sobrerrepresentación de extranjeros en la delincuencia juvenil. En los centros de internamiento de menores, casi el 50% de los internos son extranjeros, pese a que este grupo representa alrededor del 12% de la población juvenil. Además, cientos de miles de «nuevos italianos» computan como nacionales en las estadísticas, diluyendo el problema real.

Los datos del Ministerio del Interior son elocuentes: en 2023, más de la mitad de los menores denunciados por violencia sexual eran extranjeros. Sin embargo, cada episodio es reinterpretado como un fallo «del sistema», nunca como la consecuencia de políticas migratorias y educativas fallidas.

Italia recorre a gran velocidad el camino ya transitado por Francia: normalización de la violencia escolar, silencio institucional y culpabilización de la sociedad de acogida. Autores y periodistas han documentado durante años cómo la asimilación inversa empuja a jóvenes nativos a mimetizarse para evitar agresiones. Mientras tanto, voces influyentes relativizan o niegan el fenómeno.

Cuando responsables locales se atreven a señalar lo evidente —como la «cultura del cuchillo»— son inmediatamente señalados. Ya ocurrió en Trieste tras una cadena de apuñalamientos; vuelve a ocurrir ahora.

Tras el crimen, columnas y tertulias han insistido en «desarmar el lenguaje», acusando a los medios críticos de «armar las manos» de los jóvenes. Otros han ido más lejos: convertir el asesinato en manos de este inmigrante marroquí en una coartada para imponer cursos de afectividad y sexualidad, como si el problema fuera educativo-emocional y no de seguridad, integración y cumplimiento de la ley.

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