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LA GACETA DE LA SEMANA

De la trampa del artículo 49 al disimulo de Sánchez para no perjudicar al PSOE en Galicia

Pedro Sánchez en el Congreso. Europa Press.
Pedro Sánchez. Europa Press

Feliz 2024. Sería este el deseo, mas uno alberga sospechas de que el nuevo curso sea todavía más cargante que el pasado y que esté trufado de las estomagantes imbecilidades a que acostumbra la izquierda. Eso iba en el sueldo de esta gente, pero no en el programa electoral, como la amnistía, la cesión de Pamplona y alguna otra cosa grave que, me temo, tienen firmada el socialismo con sus socios «progresistas».

El títere. Prefiero llamar así, metáfora al viento, a la figura apaleada en Ferraz. Tampoco veo placer ni ejemplo en el numerito, no digamos arte en quien lo fabricó. Además, en el PSOE están encantados. Escribe García-Máiquez: «La oposición a Pedro Sánchez o será transversal e imaginativa, tolerante consigo misma y firme frente al poder y sus múltiples manipulaciones y amenazas, o no será».

Tumbar la Constitución. Lo advierte Flores Juberías: la modificación del artículo 49 es una trampa, una excusa para comenzar a corroer la Carta Magna. Echemos un vistazo al pasado catalanista. Corrían los primeros años de siglo veinte cuando el cerebro de Prat de la Riba y la energía de Cambó secuestraron el anquilosado y romántico catalanismo para hacerlo activista. A partir de entonces, y con diversa suerte, sería un molesto factor de desestabilización, un hijo descarriado que le había nacido a la madre España. ¿Su primer mayor logro? Convertir en papel mojado la Constitución de 1876.

El franquismo feliz. Notorio resulta que el actual presidente de la Generalidad venga de una familia de orden: su abuelo fue alcalde bajo el régimen anterior y el actual, militando en Alianza Popular. Contrariamente a lo publicitado, el catalanismo transitó feliz y tranquilo durante la dictadura. El numerito o martirologio del joven Pujol le sirvió para presentar más tarde el debido pedigrí antifranquista. Incontables son las instituciones creadas, los pingües negocios hechos y la cantidad de literatura en catalán publicada al amparo del régimen del general. Pero ya saben, el cambio de régimen urgía al reposicionamiento. El típico mecanismo lampedusiano: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». Muchos de aquellos alcaldes franquistas pasaron a servir a Convergencia.

Naturaleza. Los catalanes no nacionalistas tenemos perfectamente medida la naturaleza del engendro. Décadas de caudillismo pujolista, mutación patriotera de Maragall y Montilla (el andaluz), procesismo de Mas (el mesías) y salto al vacío de Puigdemont y Torra fueron suficiente lección. No se trata solamente del supremacismo («inferiores mesetarios», «andaluces vagos», etcétera) y la xenofobia («colonos» de más allá del río Ebro), eso son manifestaciones epidérmicas, culturales. La naturaleza interior, el pus cerebral nacionalista, es la corrupción, válgame la viscosa y maloliente redundancia.

Disimulo. Sánchez desea evitar a toda costa una fotografía con Puigdemont antes de las elecciones gallegas de febrero. El disimulo sería una de las más graciosas características del catalanismo, que ahora practica el socialista de manera aplicada. El inspirado Pujol elevó este ejercicio a sus mayores cumbres. Lo mejor de todo es que ningún gobierno de la nación ha parecido darse cuenta del envenenado juego. O, plenamente conscientes, decidieron también disimular.

Victimismo. Aunque Cataluña ha sido la comunidad autónoma que más dinero ha recibido en 2023, todo son lamentos entre el nacionalismo. La píldora sentimental funciona más a nivel interno que externo. Dota a los incautos catalanes de abrigo y sentido de comunidad maltratada. Nada contribuye más al querido masoquismo nacional que tener un enemigo común, cruel España.

Cataluña soy yo. Puigdemont y Aragonés compiten, con el beneplácito táctico de la izquierda, en erigirse en auténticos representantes de la nació. El ramalazo reaccionario de Pujol promovió esta idea, asimilación entre liderazgo y patria. Eso funcionó durante décadas, si bien el imaginario del president alcanzó el erotismo de sentir que Cataluña era también su mujer, tal y como se lo advirtiera a la joven esposa, Ferrusola. Era la manera de decirle que estuviera dispuesta a sacrificarse, como él, por la patria. De un modo u otro, Freud hubiera disfrutado estas metáforas.

Dulce socialismo. No es posible medir la generosidad con que el PSC ha tratado al nacionalismo. Infinita comprensión, calor y hermanamiento en cuestiones como el totalitarismo lingüístico o el corpus estético (es un decir) de la nación inventada. Durante un tiempo se llamó a este papelón sociata «equidistancia», pero cualquier persona informada y cauta observa ya el necesario colaboracionismo. Salvador Illa, en el mensaje de fin de año, ha afirmado que «no es momento de triunfalismos, no es momento de dar lecciones, tampoco de recibirlas, sino que se debe gobernar con generosidad, humildad, respeto y llegando a acuerdos». Cuando se escucha a alguien del PSC hablar con responsabilidad, no hay que fiarse. Acaban siempre entendiéndose con los nacionalistas.

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