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De la venganza de Puigdemont a la visita de Yolanda Díaz al Papa

Pedro Sánchez. Europa Press.
Pedro Sánchez. Europa Press

La dulce venganza de Carles. No ha habido analista con un mínimo criterio y distancia suficiente respecto al poder que no previera el juego de Junts. Puigdemont está viviendo el ansiado momento de venganza, tras tanto tiempo de «exilio» (su manera de presentarse en Europa como un héroe). Por la naturaleza moral del personaje, me atrevo a decir que incluso disfruta al hacer sufrir de esa manera al Gobierno. Y que, por tanto, dilatará el juego cuanto pueda. A tener en cuenta, de igual modo, el estado espiritual del Molt Honorable: las consecuencias que han podido derivarse de habitar una residencia «oficial» fantasmagórica situada en un país inexistente aficionado a comer mejillones con patatas fritas. En Barcelona, hay dirigentes (por decirlo de alguna manera) que comienzan a tener sospechas, incluso miedos, sobre las intenciones del de Waterloo. Aquí aparece una característica propia de la psicología catalana, el tembleque de piernas cuando las cosas se ponen serias. Ya hay un tipo, el diputado Ruben Wagensberg, que se ha largado a Suiza, eso sí, sin renunciar a acta y sueldo. En la parte socialista, cunden también los nervios. Las concesiones al nacionalismo catalán se van solapando sin límite aún conocido y, como en Junts, todo por complacer al jefe supremo, cuya mente es ya objeto de especulaciones. 

Guerrilla entre independentistas. Es éste un conflicto que viene de lejos y tiene como objeto máximo el control del nacionalismo (los queridos presupuestos o lluvia de millones) por las dos partes en liza, Esquerra y Junts. En la tesitura de un gobierno en Madrid tan débil como casquivano, el juego bélico consiste en ver quién de los dos le zurra más y mejor a Sánchez, quién le humilla con mayor saña en el propósito de sacar tajada. De todos modos, la pelea en la familia indepe es grata noticia. Primero porque nunca ha sido una verdadera familia, ya en los años treinta las derechas catalanistas y los de Esquerra se llevaban a matar. Y en segundo término porque la circunstancia unitaria del procés no va a repetirse. Junqueras pasó por la trena mientras Puigdemont cantaba, guitarra en mano, Take me home, country roads (Carreteras, llevadme a casa) en el palacete belga, escena inolvidable. Y Junqueras es historiador, esa profesión empeñada en la memoria.

Incansable. Yolanda Díaz, que va a la suya entre visitas al Papa y haciendo con nota los deberes del progresismo patrio, sigue engordando la más excelsa literatura política que dio esta nación. «La esperanza nunca defrauda», ha dicho en una especie de cándida confesión sobre las dificultades actuales del Gobierno. Ella es muy aplicada, porfía en sacar adelante leyes, esperpentos o engendros de la peor naturaleza concebidos bajo la voluntad de «mejorar la vida de la gente». Lo terrible no es que un cargo político desconozca la ironía. Mucho peor es que pueda aplicársele de un modo tan inequívoco.

Sánchez, ese hombre. En esencia, casi todo está dicho sobre el presidente. Sobre la condición del mismo, desde aquel primigenio suceso de la urna falsa tras una cortina, en el comité de PSOE. Así nos advertía el candidato que, para él, Maquiavelo fue un simple aprendiz del arte político de enredar. Escribe Miquel Giménez que “pasará a nuestra historia con toda seguridad como aquel que más contumazmente traicionó a su país y a sus leyes. Es tal la vesania y lo perverso de su acción política que, sumada a su capacidad innata para la traición, incluso los asesinos de Viriato, los execrables Aulax, Ditalco y Minuro, se horrorizarían ante este golpe de estado por la puerta de atrás”.

No son demócratas. El pedigrí comunista, autoritario de Podemos no causa sorpresa. Es un caso de franca sinceridad desde aquellos parlamentos del joven Iglesias echando flores al terrorismo etarra. Ahora, Belarra continúa la obra revolucionaria, o sea, la agitación y el desmoronamiento de la legalidad. De la democracia, en suma. Prueba del pedigrí, Ione ha dejado escrito esta semana lo que, en el fondo y en la forma, une tanto a estas izquierdas desbocada: «El debate no va de si te parece bien o no la amnistía, el debate va de si vence la democracia o García-Castellón y sus secuaces del poder judicial». Donde se lee «democracia» debe entenderse «tiranía», estos divertidos eufemismos.

Prietas las filas. Progresistas y xenófobos catalanes operan al unísono. Puigdemont decía esta semana que «un sistema judicial donde jueces, fiscales, policías, periodistas compiten para subvertir la democracia mientras el fiscal general de turno siempre mira hacia otro lado». 

Delitos y faltas. Lo publicaba nuestro querido Carlos Marín-Blázquez: «Es fácil de entender: si gobiernas y quieres prescindir de los jueces es porque estás cometiendo o consintiendo algún delito». O, también, porque tienes la perspectiva de asegurar un statu quo que te permita delinquir sin la siempre molesta y puntillosa judicatura. 

Fachosfera. Término que ha hallado fortuna al ser ya sancionado por el jefe. Todo lo que no son ellos, divina progresía, queda englobado en el mundo oscuro y corrupto que habitan los fachas, la «fachosfera». Antes se referían a la «caverna», pero la etiqueta estaba muy desgastada de tanto usarla. 

Hasta en la sopa. Desde tiempos pujolistas, los gobiernos de la Generalidad tuvieron muy presente la importancia de la propaganda. Destinar grandes sumas de dinero, vía presupuesto de comunicación, para comerle el coco al personal, amén de fomentar así el servilismo de unos medios siempre en apuros financieros. La fórmula era  perfecta. Y como casi todo lo malo viene de Cataluña, los actuales mandamases del Reino han decidido emular el asunto. Destinando 138 millones en publicidad institucional, se convierte el ejecutivo sanchista en el mayor anunciante.

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