«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Bohemia y extravagante

2 de enero de 2024

Recomenzar. Que todo sea nuevo. Que el deseo encuentre las ganas, que las campanadas hagan su magia, que haber dado otra vuelta al sol nos confiera la voluntad que nuestra esencia nos negó. Que se cumplan los rituales de la suerte y las listas de propósitos cargadas de ausencia de motivos. Romper con todo de una vez, rezarle al lampedusismo o, en su versión pía y conservadora, «virgencita que me quede como estoy».

Poner el contador a cero, restaurar a niveles de fábrica, volver a la casilla de salida desde la que, ahora sí, todo saldrá bien.

Los adultos necesitamos líneas de partida, fechas en el calendario y pesos y medidas, como un niño reclama límites. Está en nuestra naturaleza cercar el dolor para hacerlo asumible, ponerle puertas al sufrimiento, dar un pistoletazo de salida a la felicidad, buscar porqués a la alegría y excusas para la celebración. Ponerle coto a la exuberancia de los placeres.

No en vano, la palabra del año 2023 según FundéuRAE es «polarización». La elección de la misma siempre es un pelín tendenciosa, una sutil regañina, un intento de sacar los colores a los que se portan mal. Sin embargo, y dejando a un lado que en esta columna ya nos hemos declarado otras veces muy polarizados frente a la infamia y la estupidez, es evidente que el ser humano fracasa cuando se difuminan las fronteras morales y se desdibujan los extremos; cuando se derriban los diques de contención de la verdad, dejando que ésta se mezcle y acomode al relativismo de nuestros días.

Durante el invierno de hace noventa años, una nova pudo ser detectada en la constelación de Hércules. Técnicamente se trataba de una categoría de estrella variable cataclísmica, conocida como polares intermedias. Pero, con motivo de su desaparición pocos meses después, un genio, un poeta, un sublime periodista anónimo —el mejor de todos nosotros— redactó la siguiente nota de prensa: «La estrella Nova Hércules, que no se ha sujetado a ninguna de las leyes astronómicas desde que apareció en el firmamento en el pasado mes de diciembre, y que fue considerada por su brillantez como una estrella de primera magnitud, ha desaparecido ayer, consumido su fuego, según dicen los astrónomos, víctima de su conducta bohemia y extravagante».

Todo bien en esa estrella cataclísmica y polar. A buen seguro, polarizada para la RAE y las gentes de —nuevo— orden. Pura inspiración para el resto.

La belleza de la noticia galáctica no le pasa desapercibida a César González-Ruano que, en su artículo de ABC* de mayo de 1935, escribe: «Hay, hasta en el mundo enorme y mágico del firmamento, hasta en la sociedad astral, vidas así. La estrella Nova Hércules responde al mejor estilo romántico. Las principales proposiciones románticas están en el comportamiento de esa estrella rebelde y desordenada, que no se sujeta a las leyes astronómicas, que contra viento y marea —¡celestiales vientos, celestiales mareas!— por su propia luz, por su brillantez, es considerada como estrella de primera magnitud».

Con el año recién estrenado brindo por vidas así. Por la bohemia y la extravagancia de la independencia. Por la generosidad de consumir nuestro fuego calentando a otros. Por no sujetarnos a la vileza de un orden en el que no resonamos. Por hacer nuevas todas las cosas —los católicos reseteamos nuestra naturaleza caída cuando nos da la gana— sin quitar la vista del retrovisor. Por los que nos recogen después de lo vivido y de lo fallado.

Por los amores que, como lamentó Idea Vilariño, ya no. Por los amigos que vuelven y brillan. Por arder más que brillar. Por que, cuando desaparezcamos como una nova que no sobrevive a su propia luz, sea haciendo una digresión al relato de los tiempos. Que hayamos entendido que la lealtad se debe a otros, pero que la integridad es un pacto con uno mismo. Brutalmente solos, incondicionalmente amados. Desgastados sin reparar en la catástrofe, incidiendo en la «desesperada fiebre de darse y abrasarse sin reservas» —Ruano de nuevo—; despreciando la calderilla burguesa y el fuego de fogón.

Que la rendición incondicional, que diría Roosevelt —o Ulysses Grant—,  sólo sea ante Uno.

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