A la escritora argentina Ariana Harwicz la han cancelado de un festival literario en Granada. Hay cancelaciones que mejoran a la invitación. La razón de su exclusión ha sido no tanto ser judía como opinar cual judía o como dirían ahora, como una sionista. Pasa como con el fascismo: no es suficiente con no ser sionista, hace falta ser antisionista y al parecer, la novelista en ese punto había resoplado. Es una cancelación sincera.
Al cantante irlandés Ed Sheeran también le han cancelado, incluso a nivel familiar. Podríamos hablar de abandono. Ya había bastante razones para cancelar a Sheeran, pero fue una contracancelación por haber cancelado él previamente, por recomendación u orden del dueño de un estadio, a un telonero propalestino pelma e impertinente como todo telonero propalestino.
Hay un cruce occidental de cancelaciones, las clásicas por antisemitismo y las nuevas, galopantes, por sionismo, porque se está produciendo el intento de una colosal transferencia de culpa. El woke habría sido estos años un intermedio en el que el esquema de víctima-victimario, que aspiraba al status del judío, se universalizaba y valía para todo.
La relacion nazi-judío estructuró en cierta forma la política desde la 2GM. Los polos morales.
Resulta paradójico, y se ha señalado en Alemania, que la propia culpa alemana sirviera estos años como transición identitaria. En lugar de acabar con la alemanidad, se convirtió en una identidad que consistía en no tenerla, en no proclamarla, en la condición vergonzante de culpables. Hasta producir una superioridad moral por inversión. Esa superioridad que emana de la Unión Europea, con ribetes de masoquismo.
La izquierda la imitó y ha sido el modelo ideológico y moral en Occidente.
Ahora, la derecha se va liberando, recupera poco a poco una identidad y pierde el complejo nacional. Resurgen derechas soberanistas, realistas, además proisraelíes. Y ante la superación del viejo esquema que ya no paraliza, se intenta una especie de transferencia de culpa, usando a los judíos para ello. A los que eran víctimas, se les quiere hacer culpables, y a la izquierda le sirve para dividir el mundo en un norte colonialista y un sur global que vive simbólicamente en Gaza, pues «Todo es Gaza». Las derechas nacionales, antes sospechosas de fascismo, ahora lo serán de connivencia sionista. Se activa un nuevo ‘artefacto’ para su neutralización.
La izquierda se hace administradora del patrimonio moral y de las credenciales. Y sin descartar el viejo antisemitismo específico y obsesivo, para el nuevo señalamiento bastaría cualquier forma de contacto que por acción u omisión permita imputar el cartel de «partidario del genocidio». Llegados al extremo, las personas serán clasificadas con la posición sobre Gaza en términos de «condena al genocidio: sí o no». El que condene, estará en el «lado bueno de la historia». El término genocidio es importante para poder prolongar la equivalencia nazi-sionista.
Así, una izquierda que fue antinazi, ahora muta en antisionista, manteniendo en su prístina idealidad la bandera del Occidente ilustrado, nunca culpable de nada.