«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Gallega en Madrid. Periodista apasionada por la información, defensora de la libertad y de España. Redactora Jefe en El Toro TV y al frente de 'Dando Caña'.

El último del Peugeot

6 de noviembre de 2026

Un ministro fuera. El presidente de Adif, fuera. La UCO, dentro. Menos de cuarenta y ocho horas. Y faltan siete días para que arranque la campaña electoral del 29-N.

Durante meses pretendieron hacernos creer que la podredumbre de Transportes se agotaba en la desfachatez ramplona de Koldo García y en las sombras nocturnas de José Luis Ábalos, hoy en Soto del Real con condenas de 19 y 24 años. Después intentaron vendernos que el colapso ferroviario, con 115 muertos en menos de diez meses entre Adamuz y Urda, se saldaba entregando la cabeza del ministro. Tampoco. El jueves pasado, Moncloa aseguraba que Urda no tenía nada que ver con la gestión de Óscar Puente. El viernes, Puente descartaba dimitir. El martes dimitió por dignidad y empatía. Conmovedor. Sólo que la dignidad no se presentó sola: llegó acompañada de un PSOE que se hundía en las encuestas y de unos militantes que se decían por WhatsApp aquello de «si no se va, estamos muertos». Se deshicieron del ministro creyendo que con su cabeza lavaban la culpa de un sistema deshecho.

Les duró dos días. El miércoles por la tarde caía Luis Pedro Marco de la Peña. Y el jueves por la mañana, la Guardia Civil asestaba el golpe que nadie en Moncloa había metido en el guion. Por orden del juez Ismael Moreno, que acababa de abrir una nueva pieza secreta del caso Koldo, los agentes registraron la casa de Ábalos y salieron de ella con cajas. Reclamaron documentación en Adif. Y detuvieron a seis personas, entre ellas la pareja del exministro, Andrea de la Torre, y un viejo conocido del sanchismo cordobés: Cristian Corvillo. Han quedado todos en libertad, pero el juez busca presuntas mordidas en la obra pública, y el nombre de Corvillo no aparece por primera vez en un papel de la UCO.

Resulta entre cómico e indignante escuchar al presidente del Gobierno, recién salido de la Cumbre Iberoamericana: «Ninguna de esas personas tiene nada que ver conmigo». Ninguna. Moncloa remató la faena: Corvillo nunca fue chófer de Sánchez, y presume de tener identificados a todos los conductores que ha tenido el presidente. Qué memoria tan selectiva. Porque en un vídeo de Córdoba, del 25 de abril de 2017, sale otro nombre. Sánchez sube al escenario y da las gracias a quienes han hecho posible el acto con su «trabajo silencioso, no conocido»: «Gracias a Teba, a Cristian, Alfonso…». El trabajo era tan silencioso que ha hecho falta que la UCO se presente en Adif para que España entera empiece a preguntarse en qué consistía.

Pedro negó tres veces. Lo dice el Evangelio y lo confirma la hemeroteca. Negó a Koldo, que pasó a ser «anecdótico». Negó a Leire Díez, de cuyas andanzas nunca supo nada. Y este jueves negó a Corvillo, que no tiene «nada que ver». Sólo que aquel Pedro lloró amargamente cuando cantó el gallo. Éste, cuando canta la UCO, despacha el asunto en una rueda de prensa y sigue a lo suyo. Y añadió, para tranquilizarnos, que todo esto no es nada nuevo. Tiene razón, presidente. Ese es exactamente el problema.

Esta embestida no es un hecho aislado. Desvela una grieta en la arquitectura misma del poder sanchista. Puente no era un ministro cualquiera, sino uno de los últimos baluartes del sanchismo de combate. Antes cayeron los demás: Ábalos, muñidor de pactos y todopoderoso secretario de Organización, devorado por la corrupción de su ministerio; Santos Cerdán, el hombre de Waterloo, a la espera de juicio; Paco Salazar, apartado tras las denuncias de acoso antes de consolidar su ascenso; e incluso José Luis Rodríguez Zapatero, abrasado por su imputación. A Sánchez le quedan Bolaños, Óscar López y unas carteras técnicas incapaces de disimular que el círculo de decisión se ha evaporado.

No es Óscar Puente. No es José Luis Ábalos. No es Koldo García. No es Cristian Corvillo. Es Pedro Sánchez.

Aquel Peugeot que el aparato de propaganda nos vendió como la gran travesía de la dignidad política ha terminado convertido en el coche escoba de la corrupción institucional. Repasen la tripulación. Ábalos, en Soto del Real. Koldo, en Soto del Real. Cerdán, pendiente del Supremo. Y ahora Corvillo, el quinto hombre de la leyenda, sacado de su casa por la UCO. Ya no eran cuatro los del Peugeot, sino cinco. Y la aritmética no perdona: de todos los que se subieron a aquel coche para asaltar el poder, solo queda uno por rendir cuentas. Esas no las pide la UCO. Las piden las urnas, el 29 de noviembre. Porque el Peugeot, señor presidente, era suyo. Y a su dueño, a estas alturas, ya no le queda nadie a quien negar.

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