'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
Kiko Méndez-Monasterio es escritor y periodista. Ha sido director de La Gaceta desde 2015 hasta 2017. Madrileño de 1972. Reaccionario de siempre. Después de que sus relatos fueran premiados en distintos certámenes literarios –Camilo José Cela, Decano Pedrol, Jorge Ortúzar...– publicó una recopilación titulada Lo nuestro y lo triste y una primera novela, La calle de la luna, que Horacio Vázquez Rial celebró de esta manera: “Hay aquí un escritor de verdad. Y juro que no son muchos”. Los domingos, en Radio Intereconomía, dirige la tertulia Los últimos de Filipinas.

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Kiko Méndez-Monasterio es escritor y periodista. Ha sido director de La Gaceta desde 2015 hasta 2017. Madrileño de 1972. Reaccionario de siempre. Después de que sus relatos fueran premiados en distintos certámenes literarios –Camilo José Cela, Decano Pedrol, Jorge Ortúzar...– publicó una recopilación titulada Lo nuestro y lo triste y una primera novela, La calle de la luna, que Horacio Vázquez Rial celebró de esta manera: “Hay aquí un escritor de verdad. Y juro que no son muchos”. Los domingos, en Radio Intereconomía, dirige la tertulia Los últimos de Filipinas.

Carnavales

27 de febrero de 2014

Decía Ramón de Campoamor que su alma no entendía el baile desenfrenado ni el amor sereno. No lo decía así, claro, lo escribía mucho mejor, que el tipo era un poeta grandísimo, aunque ahora es poco leído porque hay quien se empeña en llamarle cursi y en decir que era un escritor para señoritas. Tengo para mí, como muy seguro, que los mejores escritores del mundo son los escritores para señoritas, pero ese es otro asunto, y el caso es que tenía mucha razón Campoamor en no entender el baile alocado ni el amor calmoso. En la misma línea, en lo ininteligible para las almas sensibles, deben incluirse las fiestas de Carnaval, porque resulta difícil entender esa necesidad imperiosa de exaltar lo zafio, lo grosero y lo anónimo. Puede que en otras épocas -más recatadas en morales y costumbres- tuviera algún sentido guardar unos días para la transgresión y hasta el desenfreno, pero hoy te cruzas con el desfile y si no caes en la fecha puedes creer que es cualquier manifestación perrofláutica, un congreso de concursantes de realitys televisivos, o una convención de tuiteros disfrazados para proteger su anonimato.

También es verdad que Don Carnal es el único personaje de la tradición católica que hoy podría presentar un programa de la tele, y quizá por eso tiene tantos partidarios incluso entre quienes reniegan muchísimo de lo castizo y lo tradicional. Para ellos son los disfraces y los desfiles de esta fiesta reinventada, que fluctúa ente lo vulgar y lo rijoso, y que últimamente se viste de ritmos latinos y cálidos, que es algo así como cantar ópera en los toros. 

A mí sólo me gusta el carnaval de Venecia. Quizá porque lo prohibió Napoleón y siempre es bueno llevarle al corso la contraria, y quizá también porque la fetidez del ambiente carnavalesco puede disimularse, de alguna manera, diciendo que es el agua estancada de los canales. “Dos cosas que nunca ha comprendido mi alma: bailar con frenesí y amar con calma.” Así lo decía Campoamor. Y a eso habría que añadirle el carnaval.

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