Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.
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Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.

Yo nunca fui muy de perros, esa es la verdad. Y ya de gatos, ni te cuento. Recuerdo que una vez me llamó un compañero pidiéndome permiso para no venir ese día porque tenía que sacrificar a su perro con 14 años y no podía con la pena. 

¡Claro!, le dije, no te preocupes, si necesitas algo ya me dices, y colgué pensando que sorpresas te da la vida, una persona tan equilibrada emocionalmente y sin embargo tan vulnerable…”En fin, todos tenemos nuestras rarezas”.

Cuando valoras  “adoptar a un perro” (ojo con eso, el dueño de un perro nunca aceptará haberlo comprado) piensas en lo que te va a costar, los paseos que le tienes que dar, el olor de la casa, el veterinario, las vacunas, llevarlo en coche en los viajes, adiestrarlo, los muebles y las paredes…En tu lista de pros y contras suelen ganar los contras y el perro se queda en la perrera, con el criador, con el amigo que ha tenido 7 de golpe. Piensas que la decisión más madura es esa y que realmente fue un capricho.

No hay una sola noche que llegue a casa agotado, triunfador o fracasado, que no me esté esperando en la puerta con ojitos brillantes

En mi caso nunca fui muy de perros. Pero fueron varios años de tener la casa vacía, solitaria, silenciosa entre conversación y conversación, que nos niños no venían, de sentir que te vas haciendo mayor y que, de tu capacidad de dar cariño, Hacienda se va llevando el 70%. Fueron varios años de éxito profesional, de ese que cuelgas en la percha del salón cuando llegas a casa, porque en el pijama no se pueden colgar las medallas. Esas cosas que te trascienden, que tienes ansias de más, y no sabes qué es, y la respuesta sabes que no es sencilla porque todo en tu vida anda bien, y sin embargo no…no… hay algo que no.

Recogimos a Chop un día de febrero, y me cabía en una mano.

Mi perro es el mejor perro del mundo. Es la mejor “persona” que conozco. Y, como suele pasar con las grandes personas, me ha hecho a mí mismo mejor persona

La primera noche durmió en la cocina. Y se sintió tan sólo y tan desubicado que a las tres de la mañana hubo que ir a consolarlo hasta que se durmió porque no paraba de llorar. Era la primera vez que se veía a oscuras, y no detectaba ningún olor conocido, ni a su madre, ni a su camada, solito en un universo que olía a café y naranjas. Y así varias noches, semanas, hasta que un buen día, como quien no quiere la cosa, nos adoptó. Así, como suena, en serio, nos adoptó en su manada. Decidió que éramos su manada. Nos lo dijo de una forma imposible de explicar, entre miradas, juegos, gruñidos y ladridos. Dejar de marcar la cocina (ésta es mi casa, y en mi casa no se hace pis), empezar a pedirte de forma inconfundible que le sacaras a la calle, elegir sus rincones donde el suelo está más frío o más caliente, da más o menos el sol, está más aislado o en compañía. Definitivamente, Chop nos adoptó y dejó de llorar por las noches. No hay una sola mañana en la que, recién levantado vaya legañoso a la cocina a por mi café, que Chop no esté celebrando un cuarto de hora como si viniera de la guerra. No hay una sola noche que llegue a casa agotado, triunfador o fracasado, que no me esté esperando en la puerta con ojitos brillantes y lamiéndose la lengua, porque me ha olido desde el garaje (y vivo en un segundo piso). Ni una. Decir que mi perro es el mejor perro del mundo es pretencioso, ¿verdad?. Mi perro es el mejor perro del mundo. Es la mejor “persona” que conozco. Y, como suele pasar con las grandes personas, me ha hecho a mí mismo mejor persona. Soy mucho más consciente del sufrimiento ajeno. Tras pasarme veinte años sin derramar una lágrima, he llorado, y me he enternecido, y he sentido verdadera admiración ante las obras de Dios que antes me pasaban desapercibidas. Una vez me quité la coraza de tío duro que me pongo cuando salgo de casa y le dije a un dueño de perros de toda la vida lo que me había cambiado la vida esa bolita de pelo blanco que ahora pesa 42 kilos. 

Decía Winnie de Pooh “Qué suerte tengo de tener algo que hace duro decirle adiós”

Te entiendo, me dijo, pero hay una cosa que no puedes olvidar. 

¿Qué?, pregunté, pensando que me recordaría que no es más que un animal y que no debía dejarme llevar demasiado. 

Que un día se te irá, Marcial. Es así, así ha sido siempre, estamos condenados a sobrevivir a nuestros perros, y esa es la última lección de vida que nos dan. 

Y es cierto. Chop me ha enseñado a dar cariño, a intentar entender las señales de la gente aunque no me hablen, me ha enseñado que lo importante es “mi manada”, me ha tenido noches en vela preocupado por su estómago. Yo le adiestraba quince minutos al día, y él me adiestraba a mi las otras 23 horas. Pero hoy pienso en que un día desaparecerá, un día se apartará de nosotros, buscará su rincón lejos, como hacen todos los perros, para no molestar, y morir. Y tendré que llamar a mis compañeros para decirles que no puedo con la pena, y entonces me doy cuenta. Decía Winnie de Pooh ““How lucky am I to have something that makes saying goodbye hard.” (“Qué suerte tengo de tener algo que hace duro decirle adiós”). Y será su última lección.

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