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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Cociente intelectual y otros parámetros

Una de dos: los españoles (yo me excluyo) son tontos de remate o masoquistas de manual. Lo segundo tendría un pasar; lo primero, no.

A esa conclusión he llegado tras dos años de observación de su conducta desde la atalaya del confinamiento sanitario. Ya me lo maliciaba yo tiempo atrás, pero todo lo sucedido desde que Rajoy entregó el gobierno al político más ramplón y más felón de nuestra historia, digno émulo de Fernando VII y de la Reina Castiza, me lo confirma.

Contengan los lectores su irritación por la contundencia de tal juicio. Sé que generalizo, ya que es imposible escribir o, meramente, opinar sin caer en ello, pero soy consciente de que lo hago y de que al hablar de los españoles no estoy metiéndolos a todos en el mismo saco. Pongamos que hablo sólo de la mitad: ésa que, según los sondeos (incluyendo los que no son de Tezanos), sigue dispuesta a votar a Sánchez y a los podemitas o sus marcas blancas, así sea al precio de que los picaespañas separatistas sigan loncheando y fileteando el país con el dinero que sale de nuestros bolsillos y con la ayuda de las herramientas que nuestras instituciones, el BOE, el consejo de ministros y las más altas instancias judiciales les proporcionan. 

Cuando la mitad de las manzanas que caben en un cesto están podridas, mal destino aguarda, por saludables que parezcan, a las que no lo están. La podredumbre es contagiosa, aunque lo sea por mera contigüidad, promiscuidad y ósmosis, y la buena salud no, de modo que… 

Al fin y al cabo, como escribió en castellano el poeta Joaquín Bartrina, que era catalán, «y si habla mal de España… es español». Yo lo soy, Esta columna, por si duda hubiere, lo demuestra. 

Hay que ser muy burro para ignorar la evidencia de que la prosperidad y la libertad son parámetros sociales mucho más vigorosos en los países administrados por la derecha que en los oprimidos por la izquierda

Ortega, en frase repetida por muchos (y yo entre ellos) hasta la saciedad, sostenía que ser de derechas o de izquierdas es una de las infinitas maneras que el hombre tiene a su disposición para ser un gilipollas. El adjetivo lo pongo yo. Permítanme que cargue un poco la suerte. Los filósofos y las chicas, en la época de Ortega, no decían palabrotas. Ahora las dicen, dentro y fuera de las Cortes, hasta los diputados.

Voy a pechar con la osadía de disentir de Ortega en contra de mi costumbre, ya que soy cada vez más orteguiano en el sentido en que lo era José Antonio y Julián Marías. Sólo son gilipollas o tontos de remate quienes a estas alturas, visto lo que ha sucedido en el mundo con posterioridad a la revolución de octubre, siguen siendo o sintiéndose de izquierdas. Los de derechas también pueden serlo, pero no mecánicamente y en todos los casos, sino por méritos propios. 

Hay que ser muy, pero que muy burro, para ignorar la evidencia de que la prosperidad y la libertad son parámetros sociales mucho más vigorosos en los países administrados por la derecha que en los oprimidos por la izquierda. No falla. Números son números y obras son amores. 

No es una cuestión ideológica, sino aritmética. Dos más dos son cuatro por mucho que los wokes y demás ralea se empeñen en que no somos quienes por ley de genitalidad, de coeficiente intelectual, de tradición cultural o de codificación moral somos, sino quienes nos gustaría ser.

Aquí se escribió el Quijote, se pintaron Las Meninas y se descubrió América, pero eso fue hace varios siglos, y los siglos no pasan en balde

Una simple ecuación procedente del ámbito fiscal, que es donde de forma más vistosa se pone de manifiesto la distancia que corre entre la derecha y la izquierda, lo ratifica. A más impuestos, más pobreza; a menos impuestos, más dinero en los bolsillos y en las herencias. ¡Pues no van ahora los sanchistas y los yolanditas ¡huy. qué miedo! y anuncian, con toda su carota de cartón piedra y la autoridad de sus santos cojones, que van a subir las gabelas generales y a reimplantar en todos los taifas autonómicos donde esté bonificado ese latrocinio de triple imposición que es el impuesto de patrimonio, de  donaciones y de sucesiones! ¿Y no hay que ser muy, pero que muy idiotas, para empezar a votar o seguir votando a partidos que incluyen como plato estrella en sus menús electorales semejante barbaridad que ya no se sirve ni de iure ni  de facto en ningún país civilizado? 

Pues bien… La izquierda, stricto sensu, ya sólo colea en España, en Estados Unidos y en las dictaduras comunistas de la Iberosfera. Ni en China, ni en Japón, ni en el Sudeste Asiático, ni en la India, ni en el Islam, ni en el África Negra, ni en Rusia y sus países satélites, ni en el resto de Europa, lo hace. Por eso me atrevo a decir, y ya corro hacia el búnker calándome hasta las orejas una boina blindada e insonorizada, aunque no sororizada, que el cociente intelectual, sexual, cultural y moral de la mitad de mis compatriotas es uno de los más bajos del mundo.

Ya, ya… Aquí se escribió el Quijote, se pintaron Las Meninas y se descubrió América, pero eso fue hace varios siglos, y los siglos no pasan en balde. Lo siento, chicos. No vamos a más. Vamos a menos. 

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