«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Creciente islamización

30 de mayo de 2026

Oriana Fallaci (1929-2006) lo pronosticó hace años: «Los quince millones de musulmanes que hoy viven en Europa (¡quince!) son solamente los pioneros de las futuras oleadas. Y créeme: vendrán cada vez más. Exigirán cada vez más. Pues negociar con ellos es imposible. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio. Cualquiera que piense lo contrario es un pobre tonto».

Es probablemente la cita más famosa de La rabia y el orgullo (2001). Hasta circula por internet. El libro fue escrito después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. No en vano vivía en Manhattan. Luego todavía publicó una segunda parte: La fuerza de la razón.

El año pasado sugerí a un editor de La Esfera de los Libros que los reeditaran porque tenían los derechos de autor. Felizmente me hicieron caso. Reaparecieron ambos el año pasado con el título conjunto de «El coraje que necesitamos».  La única pega es que no han incluido un prólogo para situar a la autora en su contexto. Habrían vendido más. Pero son de rabiosa actualidad. Nunca mejor dicho.

Ni que decir que, a la periodista italiana, le dijeron de todo cuando abrió la boca: racista, xenófoba e incluso islamófoba. Expresión que entonces empezaba a ponerse de moda. Y hasta facha. A ella que era de izquierdas. Hasta había combatido a Mussolini a su manera. De adolescente, llevaba mensajes entre diferentes grupos de la resistencia ocultos en su bicicleta. Si la hubieran pillado, la encierran o la fusilan.

No sólo eso. Para publicar ambos libros, sacrificó su vida. Tras el 11-S, interrumpió el tratamiento contra el cáncer que, a la postre, la llevó a la tumba. Y empezó a escribir como una posesa encerrada en su apartamento. Veinticinco años después, los hechos le han dado la razón. Era una visionaria. Como buena periodista, tenía olfato. Incluso nadaba a contracorriente. La verdad ante todo.

Viene todo esto a colación por las informaciones publicadas a raíz de la fiesta del cordero, una de las celebraciones más importantes del islam. También conocida como fiesta del sacrificio. Basta haber leído este LA GACETA en los últimos días entre cesiones de espacios públicos, modificaciones del horario escolar en institutos públicos y hacer la vista gorda con el degüello de tantos animales.

Cito algunas: «Una multitud de más de 6.000 musulmanes se reúne en un parque de Alicante». «Un instituto público de Cataluña adapta su jornada escolar y permite no asistir a clase ni hacer exámenes». Marruecos anuncia el indulto de casi 1.400 presos, entre ellos 20 condenados por terrorismo. Sospecho que muchos vendrán a España.

Quizá la más significativa es la de El Gobierno de Ceuta (PP) habilita ocho mataderos públicos y autoriza el sacrificio de más de 4.600 corderos. Aunque, en Cataluña, no vamos a la zaga: Ignacio Garriga denuncia desde Vic (Barcelona) la creciente islamización y exige no ceder espacios públicos para la fiesta musulmana del cordero.

Sin olvidar los robos: Casi 100 corderos robados en Cataluña antes de la fiesta musulmana del Eid al-Adha. Incluso en mi municipio, Martorell (Barcelona), han pillado a un marroquí que guardaba 62 de estos animales en pésimas condiciones en una nave industrial. Dieciocho de ellos han aparecido muertos.

Cuando yo era pequeño, todavía había asistido a la tradicional matanza del cerdo, del cual se extraían luego butifarras y embutidos. Por la presión ambiental, posteriormente se prohibió. Lo que no se entiende es que se haya ilegalizado esta tradición autóctona y, en cambio, se permita la matanza del cordero de cara a La Meca y sin evitar el sufrimiento del animal, como exige la tradición islámica.

Mucho me temo que esta proliferación de noticias sólo significa que Fallaci tenía razón. Lanzó su advertencia cuando había 15 millones de musulmanes en Europa; ahora hay unos 45 millones. Nadie lo sabe exactamente. Entre llegadas, nacimientos y los de segunda o tercera generación.

Antes, en las autopistas catalanas, cuando llegaba el buen tiempo, colocaban unos carteles gigantes en letras árabes. Para indicar la dirección de Algeciras a todos los magrebíes que se dirigían a esta localidad andaluza antes del paso del Estrecho. Ahora los han dejado todo el año.

Y el otro día, también en la AP-7, me fijé en una valla publicitaria…. con un llamativo rojo chillón. Aparecía una pareja magrebí —por supuesto, ella con velo— que anunciaba un ferry a Tánger. Lo bueno es que la valla en cuestión no estaba colocada en dirección a Andalucía, sino a Francia. Prueba irrefutable, aunque sea anecdótica, de la creciente islamización del Viejo Continente.

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