«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

El campamento de los santos

1 de octubre de 2026

No todo empieza como tragedia para repetirse luego como farsa. A veces son solo dos farsas consecutivas, suficientemente alejadas en el tiempo. Un revival algo menos creíble que la performance original.

La Acampada Maricarmen tiene algo de apelación a la amnesia selectiva, de que la gente recuerde sólo la esperanza infantil de ese otro mundo que es, dicen, posible, y olvide cómo terminó: con la elevación inmobiliaria del secuestrador del movimiento y una mayoría del PP tan absoluta, tan sin precedentes, que solo el partido nihilista podía convertirla en una derrota política.

Pero el prestidigitador de la Moncloa no puede dejar de sacar conejos de la chistera. Está en la posición del ciclista, que si deja de pedalear se cae. Así que apuesta por el absurdo de apoyar una movilización contra una ley socialista por una señora que se beneficiaba de una ley franquista, todo muy loco.

Pero le podría funcionar, yo ya me creo todo, visto lo visto. La democracia inicia su fatal decadencia cuando el pueblo encuentra en la urna el camino hacia el tesoro, cuando descubre que puede usar el voto para conseguir el dinero ajeno. Supuestamente, de los muy ricos, pero los ricos no son por lo general ricos porque sean imbéciles, así que quien acaba pagando es el estrato más productivo y amplio de la sociedad, la evanescente clase media. Es común, así, que la democracia acabe siendo una alianza entre los grandes potentados y los beneficiarios de las ayudas para desplumar a la empobrecida clase media mientras ésta no entienda el tocomocho.

Las redes sociales son un afortunado veneno para estos paripés: en seguida sabemos las condiciones socioeconómicas de la falsa revuelta, que se revela lo que es: aprovechar la estética de la revuelta, que nos han aleccionado a ver siempre como un fenómeno positivo, desde la Toma de la Bastilla al Mayo del 68, para el medro personal de un puñado de actores.

Si las masas fueran, como esperaban los ilustrados, racionales tras tener acceso a la alfabetización, la acampada se vería universalmente como el fracaso de Sánchez, casi el más patético. No creo que haya una sola persona estadísticamente normal que mire ese campamento de los santos y se diga: «¡Exacto! Esa es la España en la que quiero vivir».

En un sentido, es como un editorial de El País de fase reciente, esos en los que cogen el último indicio de nuestro descenso al Tercer Mundo y nos lo revenden como una tendencia de moda con su nombre en inglés y todo, desde el infame coliving (no tener casa) al air-drying (no tener secadora).

Ignoro el número de españoles que quieren vivir en Lagos, pero me temo que no es cero. El tercermundismo tiene adeptos, sospecho que por aburrimiento y sentido de culpa colectiva. E, imagino, la importación masiva de Tercer Mundo como población sustitutoria, como si entre la generación de Maricarmen y los «nuevos españoles» no hubiera absolutamente nada.

Pero no, España no es diferente. El tercermundismo ha triunfado en Nueva York, no en una república bananera, en la figura de su exótico alcalde, el comunista musulmán Zohran Mamdani, cuyos elogios hacia Sánchez deberían hacernos temblar.

En su columna más reciente en estas mismas páginas, mi maestro García-Máiquez juzgaba un error el vídeo de Sánchez jugando con Mamdani al baloncesto con pelotitas de papel. Tengo mis dudas. Vivimos en el mundo gobernado desde Tiktok.

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