«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Una defensa del insulto, la ofensa, y el exabrupto

1 de octubre de 2026

Hace un par de días, mientras me dirigía a la cafetería del tren, choqué con una señora demasiado ancha que llevaba unos tacones demasiado estrechos. Su tacón se clavó en mi pie con violencia y, en medio del silencio del vagón, surgió mi exabrupto con fuerza atronadora. El taco espontáneo es natural y beneficioso para la salud. Estoy convencido de que, de habérmelo guardado, me habría dolido mucho más, y lo que es peor: la señora no habría excarcelado su tacón de mi dedo meñique. 

El exabrupto es espontáneo, divertido, útil y relajante. Es posible que sea un poco grosero, pero supongo que también la grosería cumple una función social. El taco que expulsamos ante un pisotón sale directamente del punto de dolor a los labios, sin pasar por el cerebro. Eso lo vuelve simpático e inofensivo. Difícilmente podría resultar molesto.

Mención aparte merece el insulto. Puede ser grosero o no. Todo depende del talento del emisor. Porque, a fin de cuentas, el insulto requiere cierta inteligencia. Sé que algunas personas van a asustarse por esto, pero el insulto es el mayor agente de paz de la Humanidad. Si no pudiéramos insultarnos con cierta naturalidad, tendríamos que resolverlo todo mediante agresiones físicas y eso, además de ser agotador, lo odio, porque suele terminar arruinándome el traje. Y eso sí que es una grosería. 

Por otra parte, pienso sobre todo en el ámbito político, el insulto es una manera económica de definir personalidades y acciones de un modo eficaz. Cumple una función casi enciclopedia, consistente en ponerle nombre a la mediocridad o maldad de un político. Si no pudiéramos recurrir de vez en cuando al insulto, la definición estaría incompleta, y al final terminaríamos siendo demasiado benevolentes con quienes no lo merecen.

Obviamente, no me refiero al abcd de los insultos. Esos no sé si son groseros, pero son aburridos. El insulto de éxito requiere de ingenio y un cierto sentido del humor. El receptor de un insulto sólo se enfada si cree que tu descalificación proviene de las tripas y no del cerebro. Si hilas bien el insulto, el receptor incluso podría hasta sentirse orgulloso. Guardo en la memoria un par de ocasiones en que un cierto político español contactó conmigo para decirme que nunca le habían llamado algo tan gracioso en una columna. El insulto es también un arte.

En los tiempos de la corrección política, la decadente barrera woke intentó marginar el insulto, excepto las tres o cuatro expresiones comodín que la izquierda dedica a la derecha con aburrida reincidencia. El wokismo llegó a prohibirnos utilizar palabras perfectamente normales como hombre, mujer, negro, o chino. Todo eso me ha hecho pensar que, como columnista, mi trabajo se volvería completamente anodino si tuviera que escribir como los progresistas pretenden que escriba. No me he pasado 30 años leyendo libros sin descanso y aprendiendo el arte de la escritura periodística para no poder utilizar ahora el 90% de los adjetivos del diccionario porque un árbitro progre y autoproclamado me levante el dedito al grito de «no, no, así no». 

Hay quien alega que un cristiano no debe caer en la ofensa a otro porque es una falta de caridad. Sin embargo, lo justo es admitir que si un político es un inútil o un incompetente, ocultarlo no sólo es otra falta de caridad —hacia los votantes que tienen derecho a saber que están votando a un idiota— sino también una falta a la verdad. Dos pecados por el precio de uno. De modo que, aunque mis teólogos de cabecera no están de acuerdo en este punto, hay que insultar más y mejor. 

Por último, el insulto es también un ejercicio de libertad. En el ámbito político y periodístico nunca se trata de nada personal, sólo negocios. En estos últimos años, en fin, he dedicado todos los calificativos despectivos del diccionario (y otros tantos de acuñación propia) a Pedro Sánchez, por ejemplo, pero siempre lo hago hacia su condición pública de presidente del Gobierno de España, nunca hacia su condición privada de alimaña traidora tallada en bótox flotante en un mar de estupidez, maldad, e incompetencia.

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