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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El llamado orden internacional

Nada más desordenado, y hasta caótico, que el llamado “orden internacional” de nuestras pesadumbres. Otra incongruencia es que no se organiza “entre las naciones” o pueblos, sino, subrepticiamente, entre los Gobiernos. Es una reducción con poco sentido, pues, precisamente, nuestro mundo actual concede todas las facilidades para que se comuniquen las personas y las instituciones de país a país. Sin embargo, sigue habiendo fronteras, pasaportes y embajadas.

Por un lado, nos tienta el deseo de volver a la Edad Media europea, en la que las escasas relaciones eran, verdaderamente, entre los pueblos o naciones, bien que, a través, de la nobleza. Hoy, habría que confiar más en las aristocracias del mérito, no en las de la cuna. El inconveniente es que no hay una sola manera clara de medir el mérito.

En el mundo, pululan todo tipo de regímenes y de ideologías en el poder. Aunque, bien mirado, la mayor parte de los doscientos (más o menos) Gobiernos de la Tierra se podrían etiquetar con una u otra forma de “socialismo”. Bien es cierto que cada uno interpreta la etiqueta a su manera. El elemento común a todos los “socialismos” es un cierto carácter autoritario, disfrazado con el propósito benéfico de igualar las muchas diferencias sociales. Se trata de que el Gobierno cuida, sistemáticamente, del bienestar de los súbditos, ahora, llamados “ciudadanos”. Eso significa que el Gobierno es el gran sujeto económico; para ello necesita una cantidad creciente de impuestos. Es un monto que, difícilmente, se rebaja, año tras año, en ningún sitio. 

Por encima (o por debajo, según se mire) de los Gobiernos, funciona el equivalente de la antigua nobleza. No es tanto una aristocracia del mérito, sino una espesa trama de fundaciones, asociaciones sin ánimo de lucro, grandes empresas transnacionales y una gran variedad de grupos de influencia, interés y presión. Todo ello confirma el carácter elitista (y, por ende, autoritario) de la gobernación del mundo (mejor decir “gobernación” que “gobernanza”). Los foros de las Naciones Unidas y equivalentes se hallan dominados por muy pocos Gobiernos, los de los países ricos. Tal esquema es, manifiestamente, oligárquico. De poco vale la apariencia formal de democracia, con que se engalanan casi todos los Gobiernos.

El resultado se halla más cerca de lo caótico que de lo ordenado. La prueba es que, todavía, son corrientes las intervenciones militares

No existe, que sepamos, otro plantea habitado en el universo. Sin embargo, nos gusta hablar del “mundo”, como si la Tierra fuera para todo el orbe. En los tiempos que corren, se impone hablar de “globalismo”, al suponer que la Tierra fuera un inmenso globo. Es la vieja idea masónica de la superación de los Estados nacionales en pos de una supuesta fraternidad general. La realidad nos dice que la Tierra se halla parcelada en múltiples Estados, incluyendo cada uno estratos sociales bien diferenciados. Para complicar, aún más, el tablero de juego, hay, todavía, regiones y colonias, que aspiran a convertirse en Estados con todas las de la ley; nunca mejor dicho. Como puede verse, la complejidad resultante supera, con mucho, una partida de ajedrez, que es el modelo tradicional para el juego político. Por eso, me reafirmo en que el resultado se halla más cerca de lo caótico que de lo ordenado. La prueba es que, todavía, son corrientes las intervenciones militares, producto típico de la soberanía de los Estados. Ahora, púdicamente, se llaman “misiones de paz”, entre otros eufemismos.

En definitiva, por mucho “globalismo” que se desprenda de los discursos oficiales, el llamado orden internacional es, más o menos, el de los últimos siglos. Es el que imponen los países ricos, a través, de sus Gobiernos.

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