Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Si hay algo que ha dejado claro esta pandemia es la utilización de una crisis sanitaria para la expansión de las políticas totalitarias, contrarias a la libertad y enemigas de la persona. En todas partes, el Estado ha sido el principal beneficiario. De China a Estados Unidos. En los regímenes que ya eran totalitarios, con una vuelta más de tuerca en la subyugación de sus súbditos; en las democracias, poniendo en jaque el discurso liberal, aumentando la injerencia en todos los sectores, de la economía a la educación y la prensa, saltándose todas las reglas del juego democrático e imponiendo por la fuerza medidas restrictivas y, como en la caso de España, ilegales. Y quien habla del Estado, habla de esas instituciones supranacionales, como la UE, que de no hacer nada, pasó a centralizar las compras de vacunas y, finalmente, a erigirse en el juez de quién debe tener derechos civiles o no a través de su pasaporte covid.

Pero además del Estado, los gobiernos también han hecho todo lo posible para expandir sus poderes. Su primer recurso, gobernar a golpe de decretos y órdenes ejecutivas, de espalda al legislativo. En nuestro particular caso, agravado por las sentencias del Tribunal Constitucional que han condenado al actual Gobierno por violar reiteradamente el marco constitucional.

Por miedo, obediencia a los poderes públicos o simple apatía, los españoles hemos sido unos santos

Aún más, la perversión política ha alcanzado cotas que hasta hace nada eran contempladas como algo totalmente inaceptable. Mientras que parecería que no hay presupuesto para mejorar nuestro sistema de salud, claramente deficiente en momentos de tensión aguda, el Gobierno se gasta el dinero de Europa en cosas como “la perspectiva de género de la producción del café”, para cuyo estudio de amiguetes, se asume, se ha ido 1.000.000 de euros según el propio BOE.

Pero hay más. La utilización partidista también ha quedado claramente expuesta. No sólo el Gobierno de Sánchez ha jugado con las vacunas, primando a sus socios y castigando a las regiones que, como Madrid, le resultan díscolas, sino también con las normas relativas a los confinamientos. Y no sólo. Ahora el PP de esa Génova arrestada por Casado, pero en la que finalmente se encuentra a gustito, decide cancelar las cenas de Navidad de sus afiliados escudándose en los potenciales riesgos de la nueva ola de coronavirus y el miedo a la nueva variante Ómicron. Pero todos saben os que sus decisiones tienen poco que ver con la protección y la salud de los suyos, sino con el deseo de castigar a Isabel Díaz Ayuso, la verdadera líder de la oposición.

Aquí, todos y todas juegan con nuestra salud y quieren sacar partido de la situación. Normalmente a través del miedo, bien esparcido por unos medios de comunicación absolutamente irresponsables y al servicio mediático del poder. Pero el miedo ha pasado a ser pura histeria con la supuesta amenaza de la Ómicron. Antes de que se produjera la, de momento, única víctima de esta variante, ya se habían vuelto a cerrar fronteras, exigir más tests, imponer nuevos confinamientos y amenazar con mayores restricciones si la población no se comportaba según las nuevas reglas de los gobiernos.

Y, sin embargo, si algo ha hecho la población en general en estos dos últimos años ha sido seguir a rajatabla las recomendaciones sanitarias y las normas restrictivas, incluso siendo ilegales, como en España. Por miedo, obediencia a los poderes públicos o simple apatía, los españoles hemos sido unos santos.

Pero nuestro deseo de pasar página cuanto antes -demostrado por el altísimo índice de vacunados- no se va a ver satisfecho. Pero no a causa del virus, sino por la manipulación de la situación sanitaria desde los poderes políticos. Y es que además de muchos de nuestros abuelos, lo que ha muerto en España es la decencia. ¿Para qué sirve un Tribunal Constitucional que condena a un Gobierno pero cuya sentencia no tiene consecuencia alguna?  ¿Para qué sirve una Monarquía que está presa del chantaje permanente por las acciones, cuando menos reprobables, del Rey Emérito? ¿Para qué sirve una justicia que es desoída, como en el caso de Juana Rivas, porque lo único que busca el Gobierno es un rápido y ejemplar indulto, incluso sacrificando la seguridad de un niño? ¿Para qué sirven las leyes si nadie las hace cumplir allí donde sólo interesa la impunidad, como en Cataluña?

¿Para qué sirve un Tribunal Constitucional que condena a un Gobierno pero cuya sentencia no tiene consecuencia alguna?

Dice el Gobierno que hay que desjudicializar la política, en clara referencia a las acciones jurídicas de Vox, la única formación que mantiene viva la esperanza de que un cambio será algún día posible. Pero el Gobierno, con la complicidad del PP de casado, no ceja en politizar la justicia. Precisamente para anularla y salvarse de los varapalos que le esperan. Aunque visto su comportamiento, da igual. Se saltan lo que haga falta. Y no pasa nada.

Dicho todo lo cual, pónganse la tercera dosis y hagan vida todo lo normal que puedan. Y que tengan unas muy felices Navidades. Que a lo mejor, el año que viene a estas alturas, estamos con que El Niño Jesús nunca nació, los belenes son una tradición patriarcal y los turrones unas bombas calóricas a suprimir.

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