Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Nos estamos acostumbrando a ver iglesias ardiendo con la monotonía con la que vemos un documental sobre la sabana después de comer. Como cristiano se impone el perdón a los pirómanos, lo cual no está reñido con un humanísimo deseo de que en la próxima ocasión prueben a prenderse las pelotas. No es, ni por asomo, un deseo de venganza, sino simple curiosidad pirotécnica, esa inconfesable sospecha de que podrían hacer bang-bang y sentar el precedente de un bonito espectáculo para la próxima Bienal Internacional de Arte Contemporáneo. 

Detrás de las iglesias calcinadas en Chile están los mismos que saquearon comercios en Estados Unidos, como si el color de la piel tuviera algo que ver con los electrodomésticos de alta gama que se llevaban a sus casas como colofón a la revuelta. Son la izquierda, extrema o no tanto, incapaz de vivir de su propio discurso, respirando siempre en el odio a los demás, y despreciando la cultura con toda la tozudez de su corazones podridos, mientras portan sin rubor, días después, el pretendido cartel de representación y defensa cultural. Buen momento para recordar que, desde Europa hasta América, si alguien tiene derecho a reivindicar la defensa de la cultura es la iglesia. Sin los cristianos la cultura de Occidente sería poco más que el bosquejo infantil de un bisonte en una cueva.

Cómo decirle a esa chica que en su aspaviento en Instagram cree conquistar el mundo, que a un cristiano, con fe nacida en el Cristo doliente asido a un madero y reconfortada en el circo romano entre las dentelladas de los leones, no puede impresionarle ni un poquito el incendio y las consignas vintage de su revolución caviar.

Las iglesias en llamas son la imagen de la barbarie. A su inmenso valor espiritual, al atentado contra lo más íntimo de millones de personas en todo el mundo, se suma el desprecio por su valor cultural, por la belleza artística, por lo que significa en nuestras sociedades la herencia cristiana, y por el esfuerzo y el sudor de sus propios antepasados, quienes con brillante ilusión y fe viva la alzaron para dar gloria a Dios y ayuda a los suyos, y a las generaciones venideras. 

La izquierda se prende fuego por los pies cada vez que le sale el revolucionario que lleva dentro, cuando instala guillontinas a la puerta de la Casa Blanca, cuando predica el odio de la mitad contra la otra mitad, cuando tumba monumentos de San Junípero Serra, cuando roba en los comercios de su propia gente, cuando se alinea con el hampa de las urbes para llenar de fuego y escombros la gran ciudad. Son los extremistas, pero también los infiltrados, de esa pandemia moral que es el comunismo, el socialismo cubano-venezolano, y todas las conexiones internacionales de ese gran aparato totalitario al que cada vez le vemos con mayor precisión los cuernos y el rabo.

Con la vana esperanza de que los bárbaros un día rompan a leer, me ha venido a la mente una de tantas célebres obras destinadas a explicar el origen de lo que conocemos culturalmente por Occidente. En Cómo la iglesia construyó la civilización occidental –siempre demasiado poco leído- de Tomas E. Woods hay una buena colección de muestras del modo en que los cristianos crearon, aglutinaron, conservaron y mejoraron el núcleo de todas las cosas que realmente amamos de nuestro modo de vida: de la libertad al arte, de los derechos humanos a la caridad, de la universidad a la economía y la ciencia. Consciente el autor de los endebles conocimientos de quienes todavía prenden fuego a Iglesias y desprecian la herencia cristiana, da en la diana en una advertencia previa que podría ser también epitafio universal: “todo empezó enseñando a los bárbaros; y a los bárbaros nos dirigimos en este momento”.

Con los cuernos en los dedos -por si a algún miope se le priva en el raciocinio el origen satánico de su conducta-, y ataviada como un marciano, una siniestra miserable ha dado la vuelta al mundo al fotografiarse en una de las iglesias chilenas durante el incendio, festejando las llamas en ordinaria actitud. “La única iglesia que ilumina es la que arde”, dice la ocurrente miliciana en Instagram, junto a la foto del púlpito ardiendo en un templo bellísimo roto en escombros y carbones. Inevitable no pensar qué pobre es su victoria. Incapaz como es de comprender que lo representa esa iglesia, en llamas o sin ellas, es la civilización, la civilización frente al terror. Que el triunfo que el cristiano espera no es más que el que retumba en los coros en ese cántico cuaresmal “Victoria, tu reinarás / oh cruz, tu nos salvarás”. Cómo decirle a esa chica que en su aspaviento en Instagram cree conquistar el mundo, que a un cristiano, con fe nacida en el Cristo doliente asido a un madero y reconfortada en el circo romano entre las dentelladas de los leones, no puede impresionarle ni un poquito el incendio y las consignas vintage de su revolución caviar. Al cristiano el bien le puede hacer llorar, pero ante el mal solo confirma serenamente estar en el lado correcto de la Historia, no por sus méritos, sino por la gracia de Dios. Para nuestra pirómana trending-topoic debe ser descorazonador descubrir algo así.

Deja una respuesta