Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Jackson Pollock: un pintor blanco hetero

«Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia». Empapado en alcohol, la noche del 11 de agosto de 1956, Jackson Pollock perdió la vida al estrellar su Oldsmobile-88 verde contra un árbol. Instantes antes, el principal representante del Expresionismo Abstracto pisó a fondo el acelerador, evocando de algún modo las palabras reproducidas, integradas en el Manifiesto Futurista firmado por Marinetti en 1909. 

Aquella libertad enfrentada a un mundo presuntamente mecánico resulta hoy inoperante, pues la pálida mano masculina que dejó caer la pintura sobre la tela, apenas representa a un colectivo –culpable- que cerró el paso a aquellos que nunca tuvieron sitio donde antaño habitaron las musas y hogaño las cuotas.

Recientemente, Pollock ha regresado a la actualidad por el hecho de que el Museo Everson de Siracusa ha sacado a subasta una obra suya titulada «Red Composition», producida en 1946. En estricta observancia de los preceptos sostenidos por los movimientos Black Lives Matter y Me Too, las ganancias obtenidas con la venta servirán al museo neoyorkino para comprar obras de artistas negros y de mujeres, permitiendo que la colección se ajuste a los estrechos márgenes impuestos por la corrección política. 

«Red Composition» es una de las primeras obras en las que Pollock empleó el goteo –dripping para los entusiastas del barbarismo-, técnica que le otorgó la enorme popularidad de la que aún goza. Propiedad de Peggy Guggenheim, el cuadro, después de pasar por varias manos, fue donado al Everson en 1991, apenas dos años después de la caída del Muro de Berlín. La venta, inscrita dentro de un contexto plenamente reconocible, rabiosamente antitrumpiano, no requiere de muchas explicaciones, ni siquiera de las dadas por Elizabeth Dunbar, directora del museo, que justificó la pérdida de esta obra por el deseo de construir «una colección que refleje la asombrosa diversidad de nuestra comunidad y garantizar que siga siendo accesible para todas las generaciones venideras». En definitiva, la maniobra obedece a criterios puramente ideológicos, los ligados a la llamada «discriminación positiva», que convierten la obra de un pintor blanco heterosexual, que se mató en compañía de su amante Ruth Klingsman y de su amiga Edith Metzger que, como él, murió esa noche, en prescindible. De las paredes del Everson desaparece la obra ejecutada por un hombre de tal condición, pero también un ejemplo de un estilo cuyo auge no fue, en absoluto, ajeno a poderosas corrientes estéticas que pugnaron, debidamente dolarizadas en el caso de Pollock, durante la Guerra Fría.

En efecto, de igual modo que ocurre con los nada espontáneos movimientos, con su enorme carga escénica y mediática, adscritos al BLM y al Me Too, el chorreo de don Jackson también contó con un gran respaldo económico. Frente al realismo socialista soviético, la gestualidad no figurativa que impregnaba sus lienzos era el mejor contrapeso y el mejor exponente de un arte cargado de subjetivismo que pretendía simbolizar la libertad capitalista frente al determinismo que operaba tras los Urales.

Hundida la Unión Soviética, eclipsados sus satélites, sólo el fetichismo y los intereses de un mercado marcado por la opinión de críticos y comisarios ha podido mantener a Pollock, en su momento sostenido por un entramado de fundaciones al servicio del Congreso por la Libertad de la Cultura, en el sitio que, por motivos geoestratégicos –que no todo fueron desfiles y cabezas nucleares- le correspondió. Otros son ahora, con su correlato plástico, los frentes ideológicos que, bajo la difusa etiqueta del globalismo, se han abierto. Aquella libertad enfrentada a un mundo presuntamente mecánico resulta hoy inoperante, pues la pálida mano masculina que dejó caer la pintura sobre la tela, apenas representa a un colectivo –culpable- que cerró el paso a aquellos que nunca tuvieron sitio donde antaño habitaron las musas y hogaño las cuotas.

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