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Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

La fealdad es política

28 de noviembre de 2023

Escribo a cuenta del cambio —y el des-cambio— del escudo del Senado que ha perpetrado —y des-perpetrado— el Partido Popular, con su mayoría absoluta en la cámara y su andar como pollos sin cabeza en la vida. Ya sabrán que el emblema, fasto, integrador de la simbología tradicional del Estado, fue reemplazado por una especie de croquis escolar, de fachada a mano alzada, que pretendía «reducir el estrés visual». Se preguntaba Enrique García-Máiquez el otro día en esta cabecera que para qué. A mí me asaltó la duda de quién se lo habría llevado calentito. Pasada esa primera impresión, fue obvio que se trataba de otra muesca en el revólver de la posmodernidad.

La posmodernidad es formidable. Nos echamos unas risas a su costa, pero ella siempre ríe mejor porque ríe la última. Algunos pensamos que las sociedades popperianas y baumanianas, que ya han pasado del estado líquido al gaseoso, engendran monstruos. Instituciones centenarias de enorme fuerza simbólica se vacían de contenido, mutan o se disfrazan, según los designios de múltiples think thanks, políticos, lobbies, sectas, clubes, minorías y filántropos metidos a crear la perfecta sociedad distópica.

El asunto del escudo reenvíaba a la desazón que transmitían los anuncios publicitarios del ministerio de Irene Montero. Recordarán la sordidez de las casas, los cuerpos y las vidas que nos mostraban. La asfixia de atmósferas enrarecidas, la desesperanza de las paredes desconchadas y la celebración de la soledad, la insalubridad y el aislamiento. La repulsa es la misma ante la estética de Rosalía, o cualquier otra estrella de la música, desharrapada, con talento y sin clase. Colaboradores necesarios para elevar a la categoría de fascinación juvenil unos falsos colmillos vampíricos o una esclerótica inyectada en sangre.

La fealdad es buscada y es política. No es inocua, no es casual. Ni siquiera produce un daño visible. Actúa como una gota china sobre el alma, socava el espíritu lenta e imperceptiblemente. La fealdad embrutece del mismo modo que muere la rana hervida: gradualmente, adaptándose al medio y sin ser consciente del peligro.

La usurpación de lo bello altera la necesidad de aspiración y elevación a la que estamos llamados. Donde te hablen de «visibilizar realidades»  y de acabar con lo «normativo», ahí, ahí te están robando tu capacidad de esfuerzo, de superación, de reacción. Te están dejando inoperante e inerme. Están desactivando tu sentido de detección de la demolición de una sociedad y el consecuente declive de una civilización.

La belleza cuesta esfuerzo, zarandea, sobrecoge. La belleza predica. En El final del Affaire (Graham Greene) la protagonista dice: «La gente sigue amando a Dios, ¿no? Toda la vida, sin verle». No es cierto, nos dio la belleza para que le pudiéramos ver. La fealdad apaga su estallido, el incendio de lo sagrado, dejando al hombre solo, temeroso ante la grandeza, cobarde ante su libertad.

Explica Javier Ruiz Portella en El abismo democrático (Ediciones insólitas, 2020) que ese vaciamiento es colmado con buenismos e igualitarismos. Perdidas las tradiciones y los mitos, la exuberancia y la liturgia, el heroísmo y la sacralidad de la naturaleza, los santos y el misterio, quedamos cubiertos de harapos, engreídos y atiborrados de objetos, artilugios y diversiones. Incapaces de reconocer un destino, un arraigo, un enemigo o una patria.

Y así con todo. Escribía Máiquez también acerca del arte contemporáneo. La capitalidad del arte de París se traslada a Nueva York para que éste se convierta en puro commodity, producto de inversión que nace y muere como tal. Desde mi punto de vista, cuando no es una provocación burguesa de poca monta, es un producto de especulación o de minoración fiscal. No seré yo quien critique exprimir hasta el extremo las posibilidades para sortear la capacidad extractiva de Hacienda. Sí haré un duelo por la pérdida de su capacidad para transformar vidas y revelar certezas.

En el momento de lucha espiritual que habitamos, en estos tiempos en los que el Mal se pasea como en casa, en los que la ofensiva a todo lo que le es ínsito al ser humano encuentra un resquicio en lo vulgar, pensemos en la belleza como un deber.

No se traiciona lo bello sin que lo verdadero quede indemne. Por eso, la contrarrevolución cultural, entre otras cosas, será estética o no será.

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