«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

La feria de la bullipollez

24 de enero de 2023

Vamos a llamarla así, aunque la etiqueta de marketing municipal y marchamo oficialista que da pie a esta columna rece Madrid Fusión. En lo que fuera Villa, Corte, Castillo Famoso (Moratín) y, según Cela, poblachón manchego se inauguró ayer, lunes, la vigésimo primera convocatoria de la pasarela anual de bullipolleces, feliz neologismo de mi invención, que año tras año organizan, sin asomo de autorictas gastronómica ni de sensatez culinaria, los funcionarios no sé si del Ayuntamiento o de la Comunidad. Tanto monta. De lo que sí estoy seguro es de que ese mercadillo de tonterías supuestamente comestibles se zampa un buen pellizco de los impuestos locales que apoquinan los sufridos vecinos o más bien súbditos de la capital del Reino.

Doy por hecho que mis no menos sufridos, aunque no súbditos, lectores saben de sobra hacia donde dirijo hoy el punto de mira de mis venablos travestidos de vocablos. Vaya por delante que nada tengo contra los Master Chefs inscritos en la nómina de lo que inicialmente se llamó, oh, la, la, nouvelle cuisine y fue luego rebautizada con el eufemismo de cocina creativa. Al contrario: son listillos y gente, por lo general, simpática que se gana la vida a costa de los esnobs, de los derrochones, de los ricachones, de los isidros y de los zambombos dispuestos a deglutir lo dicho, bullipolleces, con tal de que se las vistan de seda igual que a la mona que mona se queda aunque le pongan polisón, peluquín de rubia de bote, medias de Calcedonia, ligueros de Intimissimi, zapatos de Manolo Blahnik y tatuajes de caníbal precolombino. 

Llegas a uno de esos restaurantes, te traen una carta cuyos platos exquisitos y escasitos calzan nombres que parecen metáforas de Góngora, te acoges al menú de degustación y vas tanteando con disimulo la cartera mientras el maître (de nuevo oh, la, la) te propina una minuciosa conferencia con notas a pie de página sobre los exóticos ingredientes de lo que te sirven y de cómo los han cocinado. ¡Oiga, por favor –piensas con cara de alumno zote que escucha desde su pupitre una disertación de Wittgenstein–, que yo sólo quería saciar el apetito y no preparar una oposición a notarías! Pero, en el ínterin, mientras tu santa o la chica mona a la que querías impresionar te mira con cara de sorna desde el asiento contiguo y llega a la conclusión de que eres un bullipollas, tú te esfuerzas vanamente en percibir el efluvio de lichi y nuez masai con un toque de alcachofa balinesa y mijo subsahariano en el primer sorbo del vino rosé (tercer y penúltimo oh, la, la) que el sumiller ha seleccionado y ponderado.  

Pero no se confíe, amigo… Aún falta el dessert, terreno fertilísimo para la cursilería y para la diabetes. 

Tras todo eso, después de aflojar la mosca y hasta el moscardón, siempre le quedará el consuelo de prepararse en casa unos huevos fritos con chorizo de Cantimpalos y de cocinar con el fuego a tope y mucha mostaza la guía Michelin, que es, lo reconozco, de suma utilidad si se utiliza al revés. O sea: para no entrar nunca, lo que se dice nunca, en los restaurantes que recomienda. 

Y, por supuesto, no se le ocurra ir en estos días a Ifema, que es el lugar elegido para que los gastrocidas aireen y despachen sus bullipolleces. De nada. 

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